Entre la calle Gravina y San Quintín

Agapito Maestre

El 11 de agosto de 2021 el Brujo de Villahizán, ilustre odontólogo en la capital del reino, después de bañarse en la playa de Liencres, lee el testamento de don Marcelino, un extraordinario y preciso documento, pensado para asegurar la integridad de su biblioteca, que tantos "sacrificios y desvelos" le había costado reunir, y que nunca saliese de su ciudad, Santander. Menéndez Pelayo es, efecto, un escritor con ciudad. Y, además, tiene, como me decía César Alonso de los Ríos, "casa en Santander, y en ella se le sigue rindiendo culto. A él y a los libros, que fueron su pasión". El testamento es una joya. Recoge con rigurosidad lo dictado por una de las cabezas mejor amueblada de España. Lega el sabio al Ayuntamiento de Santander, bajo ciertas condiciones intelectuales, jurídicas y de sentido común, toda su biblioteca, junto con el edificio que la acogía.

La lectura de un documento tan bien redactado en sus pormenores, que incluso establece cómo se ha de seleccionar por Oposición al responsable de la biblioteca entre las personas pertenecientes al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecas de España, ha impulsado al doctor Cidad a visitar la biblioteca. No ha podido reprimir sus ganas de visitar Santander. Deja la lectura y se planta en media hora ante la casa de don Marcelino en la calle Gravina. Pesa el mito. Está emocionado. Una placa de mármol recuerda en letras de bronce el significado de este conjunto monumental: "Por gratitud a la ciudad de Santander mi patria de la que he recibido durante toda mi vida tantas muestras de estimación y cariño lego a su excelentísimo ayuntamiento mi biblioteca juntamente con el edificio en que se halla" (M. Menéndez y Pelayo). La visita, sin embargo, es imposible. Está prohibida la entrada. No es por la peste del coronavirus, sino por "reorganización del servicio y preparación de las obras de rehabilitación de las instalaciones".

El cartel de cierre lleva colgado tres años, pero a los responsables del Ayuntamiento de Santander parece no preocuparles el asunto. Aún no se les ha caído la cara de vergüenza. Nadie sabe cuándo empezarán las obras, aunque los técnicos han previsto que durarán dieciséis meses. Cerrado a cal y canto el templo del saber montado por don Marcelino durante toda su vida, mi amigo se conforma con una visita virtual a través de la página web de la institución. Resaltan las imágenes de las salas principales llenas de estanterías repletas de libros, aparentemente bien ordenados y clasificados. Después del "visionado" de un correcto vídeo, mi amigo enfila el camino que lo lleva a la península de La Magdalena, y se da un garbeo por donde estuvo la casa de Galdós.

Salvo el nombre en la puerta de la nueva construcción, San Quintín, nada queda del viejo caserón de don Benito. Y tampoco hay ninguna señal que deje constancia de los años vividos en este lugar. Durante más de cincuenta años, Galdós pasó buena parte de su vida en Santander. Aquí escribió muchas de sus mejores novelas. Aquí recibió a Emilia Pardo Bazán, Azorín y otros grandes de la literatura española. Por aquí paseó cotidianamente con su amigo José María Pereda. Aquí trabó gran amistad con Menéndez Pelayo y Amós de Escalante. Aquí vivió el más grande novelista de España, después de Cervantes, pero no existe nada que nos recuerde su paso por San Quintín. Sin comentarios.

Azorín escribió en su época una crónica excepcional de su visita a Galdós en San Quintín. El título no podía ser más sencillo: En San Quintín con el maestro Galdós. Todo en ella es tan poético, o sea tan real, como el siguiente fragmento sobre tres personajes únicos de nuestras letras:

-Voy -dice don Benito- a despedir a unos señores.

Cuando vuelve, observa que yo estoy escribiendo en unas cuartillas.

-¿Dibuja usted, Azorín?

-Estoy tomando notas de todo esto que nos ha contado Mascías.

-Conque ¿en qué quedamos, Rubín, en este asunto de la pata? -torna a preguntar el maestro jardinero.

Don Benito está hondamente preocupado por la muerte del susodicho animal. ¿Será preciso matarla esta noche, o bien aplazar la ejecución de la sentencia hasta mañana? Va llegando el crepúsculo. Una densa gasa de niebla comienza a esfumar las lejanas montañas; el mar pierde poco a poco su azul intenso… La huerta de ´San Quintín' tiene en uno de sus ángulos una empinada escalerilla por la que se desciende hasta una puerta que se abre sobre el camino. El ferrocarril del Sardinero pasa rozando la casa. Nosotros, desde lo alto, apoyados en el tapial, vemos cruzar, de rato en rato, los trenes.

- A esta hora -dice Galdós- pasa todas las tarde Menéndez Pelayo. Siempre va leyendo en un libro.

Suena el silbato de la locomotora; nos asomamos; pero en este tren no viene don Marcelino. Cuando otro silbido vuelve a repercutir, tornamos a asomarnos y vemos junto a la ventanilla la cara roja y las barbas gualdas de Menéndez Pelayo. Cruzamos unas palabras rápidas; el tren, que se detiene un instante junto al balneario de la Magdalena, torna a correr. Y D. Benito se vuelve hacia Rubín.

-Decididamente, Rubín, hay que matar esta noche la pata. Ya está dictada la sentencia; póngala usted en capilla….

Dichosos somos los españoles por tener la fortuna de poder leer textos como el de Azorín. ¿Cómo explicar su genialidad? Quizá releyendo la crónica para encontrarnos con toda su verdad:

...y éste es el relato de una tarde pasada con el insigne novelista; relato tosco, sencillo, escueto, sin las brillanteces, requilorios, arreviques y pompas vanas con que nosotros, los periodistas, solemos quitar a nuestra prosa el encanto del desaliño, de la vaguedad y de la incongruencia.

Ojalá por este camino azoriniano, marcado por el tiempo que "lo hace todo sin ruido, sin clamores, sin conmociones, lenta y dulcemente", vuelvan a escribirse nuevas crónicas y mejores novelas históricas españolas. El enriquecimiento de la historia, sea mediante el periodismo o por la construcción de ficciones, siempre es difícil, casi siempre se está al borde del abismo de la falsificación, sobre todo si olvidamos a sus dos modelos: Galdós, el novelista, y a su principal crítico, Menéndez Pelayo.

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