Un torbellino literario

Agapito Maestre

Nunca Marcelino Menéndez Pelayo difamó a doña Emilia Pardo Bazán. Nadie del círculo de amigos del crítico literario más grande de España desacreditó a la señora Pardo Bazán. Jamás la comunidad de diálogo de la República de las Letras de su tiempo, es decir, la Generación de 1868, puso en cuestión la sabiduría, el talento y la brillantez literaria de una escritora tan grande como Valera, Pérez Galdós, Pereda y Clarín. Cosa distinta diría de la Generación del 98 y de la del 14, la mayoría de los autores de esas generaciones fueron arbitrarios y parciales con sus predecesores, porque no fueron capaces de separar su crítica a las políticas de la Restauración con la grandiosa literatura que ese período había dado a España. El dulce Azorín, por poner solo un ejemplo, fue muy duro con el vibrante reportaje de doña Emilia sobre la Exposición parisiense de 1889.

Por desgracia, parte decisiva de los problemas literarios que sigue hoy padeciendo España son consecuencia de ese afán por empezar de nuevo de algunos autores del 98 y de casi todos los perteneciente a la Generación de Ortega, por no mencionar las miles de memeces e improperios contra Galdós y Menéndez Pelayo que hemos tenido que soportar durante la Transición. Dicho en corto y por derecho, quienes rompieron los lazos de continuidad de la cultura española de la Restauración, sin duda alguna, siguen siendo responsables del actual enredo, obstrucción y estancamiento de la llamada cultura española, en general, y de nuestra literatura y filosofía en particular. De ahí que para nosotros, gente que vivimos entre la dejadez y la angustia, la nostalgia y la rabiosa actualidad, la decadencia de la literatura española, sea clave la lectura y relectura de la generación de doña Emilia Pardo Bazán para revitalizar nuestras tradiciones e impulsar la comunidad literaria.

O nos tomamos en serio que la cultura de la Restauración, después de nuestro Siglo de Oro, es el inicio de llamada Edad de Plata de nuestras letras o todo permanecerá en un estado mortecino como el actual… Porque no hay crítica sin contexto, tres asuntos destacaría de la personalidad literaria de doña Emilia para aquí y ahora. Se refieren a la novela histórica, el paisaje de España y la crítica, o mejor, la necesidad de una estética en la obra creativa.

A la espera de mejor juicio, creo que nadie mejor que doña Emilia, según mi real saber y entender, puede orientar a las actuales generaciones para escribir novela histórica; cuando alguien consiga imitar con decencia su San Francisco de Asís, recreación genial no solo de la vida del santo sino de la cultura del siglo XIII, me entregaré con delectación a su lectura; mientras llega ese tiempo, me refugio en doña Emilia y Galdós. Tampoco hallaremos grandes autores, salvo los del 98 que la siguieron sin rechistar, que puedan comparársele a la hora de describir el paisaje; un pueblo que desconoce su paisaje no sabe de dónde viene ni a dónde va; creo que su libro de 1887 sobre La madre naturaleza es aún fuente de inspiración de los grandes pintores y escritores del paisaje de España. Y crítica, sobre todo crítica, es la obra entera de doña Emilia; por eso, precisamente, no comparto la opinión de Azorín cuando dice que "domina avasalladoramente en su obra la sensibilidad a la inteligencia". No, al contrario; creo que no es la sensibilidad, a veces arrolladora y creativa, el signo de su obra, sino su inteligencia el factor decisivo que potencia su investigación sobre la naturaleza, la historia y la vida.

La curiosidad insaciable de esta escritora, junto a su inquietud por saber y aprender, es única entre todos los escritores de su época. En verdad, doña Emilia Pardo Bazán fue un torbellino literario y crítico. Examinó o, al menos, intentó dar su juicio sobre los problemas estéticos de la creación literaria, empezando por el lenguaje. Fue una escritora de gran inteligencia y laboriosidad. Su libro La cuestión palpitante, un ensayo sobre la escuela naturalista en la novela, suscitó una de las polémicas más interesante de la época; participaron en el debate casi todos los autores y críticos mayores y menores del momento, y, entre otras consecuencias, su tan inteligente como provocadora crítica a Pereda, la gran debilidad de Menéndez Pelayo, acerca de su costumbrismo regionalista –que comparaba con un bello huerto, bien regado y cultivado, refrescado por aromáticas y salutíferas brisas, pero de limitado horizonte–, dio lugar a que el santanderino, muy molesto con la crítica, escribiera su novela Pedro Sánchez, escrita en forma autobiográfica, para demostrar su capacidad a la hora de tratar temas no regionales. Independientemente del juicio que nos merezca la novela de Pereda, una cosa es incontestable: gracias a la crítica de doña Emilia, el autor de Peñas arriba escribió no sólo Pedro Sánchez sino La Montálvez, un intento de retratar el alma femenina en medios sociales elevados. A nuestro juicio quizá Pereda no consiguió responder con estas obras a la crítica de doña Emilia, pero es indudable que él no sólo lo intentó, sino que siempre creyó haber derrotado la objeción de la gallega.

La pasión crítica de doña Emilia, su defensa apasionada de la razón literaria, en todos sus libros fue motivo de algunos distanciamientos con los autores de su época, por ejemplo, con don Marcelino Menéndez Pelayo, a quien ella adoraba y estudiaba con delectación. Por cierto, el prólogo de don Marcelino a la segunda edición de su libro San Francisco de Asís sigue siendo una de las críticas más certeras de su entera obra. Leamos, pues, el juicio del sabio y corramos rápido a releer la obra de doña Emilia:

No voy a invocar en apoyo de mi amiga ni los privilegios de dama ni consideración alguna de galantería. Su literatura (…) está por cima de todo eso, y no se puede medir con otros criterios que con los que aplicamos a la literatura más varonil y entera (…) Doña Emilia Pardo Bazán ha encontrado en su propio impulso y vocación incontrastable los medios de adquirir una prodigiosa cultura intelectual (…) Lejos de limitarse la cultivo de las bellas letras (…) se ha internado en los laberintos de las ciencias más desemejantes, más abstrusas y áridas, comenzando por hacerse dueña de los instrumentos de trabajo indispensables para tal fin, es decir, de las principales lenguas modernas y algunas de las antiguas o clásicas. Sucesivamente se ha desplegado su actividad en las más opuestas direcciones, recorriéndolo todo, desde las ciencias del cálculo hasta las ciencias naturales, desde la historia hasta la filosofía, desde la especulación mística hasta la novela realista (…). La mujer que antes de traspasar los umbrales de la juventud (…) ha encontrado en su naturaleza energía bastante para producir tal monumento [San Francisco de Asís], mostrándose a la vez pensadora, narradora, artista de encantador y riquísimo estilo, y, finalmente, no extraña a ninguna de las artes y ciencias, asegurado tiene nombre imperecedero en las letras castellanas, por muchas novelas naturalistas que escriba, y eso que serán buenas, siendo suyas. Yo sostengo que la autora vale todavía más que sus obras, exceptuando ésta. Ha hecho un libro: dichosos los que pueden decir otro tanto.

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