China y sus caballos de Troya

Agapito Maestre

Ya está bien de meterse con Trump. Cállense todos los plumillas que siguen hablando sin ton ni son de Trump. Hablan y escriben como pollos descabezados. Guarden también silencio los estultos que acaban de percatarse del poder mundial de China. Este tipo de gente ni siquiera había reparado en que, desde hace veinte años, no hay barrio en España que carezca de una tienda de chinos. Tampoco se dieron cuenta de las concesiones de Aznar al gobierno chino para comerciar, sobre todo en el sector textil, con España… Cállense de una vez de proclamar imbecilidades. China es poderosa hace tiempo. Es el único país que tenía, desde que cayera el Muro de Berlín, un proyecto de sociedad transparente para el mundo. El proyecto chino de uniformización de la sociedad es conocido, pero ha sido muy poco estudiado por estos pagos.

Y, ahora, muchos se extrañan de que Xi Jimping dicte su doctrina desde el Foro de Davos. Llegan tarde y mal informados. Confundan las causas con los efectos. Xi Jimping no es el efecto de Davos sino al revés. Algunos, entre los que me cuento, venimos advirtiendo de la cosa hace años. Por eso, cuando llegó Trump al poder, pensamos que se abría una nueva etapa al mundo para parar los pies al gigantón comunista, que se había modernizado a través de un falso proceso de descomunistización del Partido Comunista Chino. Dicho en argot: como los partidos comunistas estaban de retirada, después del 89, y apenas eran creíbles, había que volver a la idea de la gran nación China. El partido vendía mal, pero la nación y sus tradiciones eran imparables. Ya a comienzo de los noventa, a los 10 años de la muerte de Mao, los dirigentes comunistas se percataron de que el partido solo podía reforzarse con la vuelta a la concepción de China como gran Nación. La sinología es todo. La imposición del chino mandarín es prioritario, por ejemplo, entre los chinos musulmanes. Algo parecido se puede decir con el catolicismo: se permite el cristianismo por mor de una Iglesia patriótica china y la Santa Sede colabora con su trágico destino, hasta el punto de que firma un Concordato cediendo la facultad de crear Obispos al Gobierno comunista chino. 

En ese contexto, y así lo escribimos varias veces y otras tantas razonamos la cosa, Trump llegó al poder en USA, con una sola idea. Era fácil de entender, era propia de un buen comerciante,  sólo quería lo justo para su país y para el resto del mundo. No venía a detener al totalitarismo chino, Trump solo quería que le dieran lo que le correspondía en justicia. Trump no quería coches baratos construidos por la mano de obra esclava de China, sino automóviles bien acabados por obreros bien remunerados de Denver… Por ahí Trump se enfrentó a China para mantener sociedades libres y plurales, pero fue vencido por el comunismo y la colaboración ideológica de los falsos liberales del capitalismo mundial. Desde que llegó Trump al poder, todos los análisis de su gestión no pasaban del catón ideológico del  nuevo populismo, pero nadie quería ver, o peor, ocultaban lo evidente, los datos reales de su Administración. Sus conquistas y sus relaciones con China trataban de ocultarse. Aún hoy, hay gente tan destrabada que, después de acusar a Trump de payaso populista, creen que  ha sido vencido por el otro populismo norteamericano, que estaría representado por el Partido Demócrata. Por este camino pedregoso de la ideología y la sospecha, vamos a la locura.

La izquierdona totalitaria y la derechona bobalicona

Si no conseguimos hablar de la realidad de modo determinado, nos infectaremos de grosera indeterminación ideológica. Mientras no se repare en algunos sencillos acontecimientos de los últimos cuatro años, difícilmente entenderemos qué está pasando. Quizá el asunto principal de esta etapa sea que Trump llegó al poder para enfrentarse a los chinos. En buena medida consiguió pararle los pies, sin duda alguna, gracias a que supo sacar a USA de todas las guerras del mundo, resolver el asunto de Corea del Norte, conseguir pactos ventajosos entre Israel y los países árabes y, además, logró con gran éxito para su país políticas de pleno empleo. Las conquistas de Trump son valiosas, muy valiosas, pero la ideología, desde que llegó a la Casa Blanca, estaba contra él; aunque hubiera conseguido traer la gloria a la tierra, la izquierdona totalitaria y la derechona bobalicona seguiría bramando contra un estadista políticamente incorrecto, un buen comerciarte del mundo libre.

El enemigo de Trump no sólo estaba en China sino en el interior. No me refiero ahora los dueños del mundo digital, que son terribles y analfabetos, sino a toda esa poderosa industria norteamericana de manipulación biológica que trabajaba en estrecha colaboración con el Instituto de Virología de Wuhan, lugar maldito de donde salió el letal Coronavirus 19, y cuya figura más relevante es Antonio Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias de EEUU, auténtico caballo de Troya del que nunca se pudo desprender la Administración Trump… En fin, reconozcamos lo obvio: China manda y nuestro destino es combatir sus caballos de Troya en el mundo libre.           

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