El diario de la pandemia. ¡La batalla cultural!

Agapito Maestre

Ni la terrible nevada caída sobre Madrid ha logrado silenciar a los estultos. Los tópicos y los prejuicios siguen inundando el espacio público y el privado. Escucho por todas partes la expresión batalla cultural, pero les confieso que, cuanto más la oigo, más perdido me siento. No sé muy bien qué cosa será eso de dar la batalla cultural. Menos todavía entiendo la expresión guerra cultural. Supongo que algunas de mis dudas desaparecerían si quienes utilizan esa expresión, cambiasen la palabra cultura por el vocablo ideología, en la acepción de engaño, mentira y propaganda.

No crea, querido lector, que mi planteamiento es retórico, o de simple cambio de palabras, sino que yo lo vivo en la realidad y, a veces, de modo dramático. Yo que participo en una tertulia de radio, supuestamente cultural, con tres buenos amigos no me percibo en medio de una “batalla cultural”; más aún, jamás me perdonaría engañarlos con falsos argumentos y razonamientos paradójicos. Menos todavía me atrevería a frivolizar, o tratar con hueco humor, sus brillantes aportaciones al diálogo. Tampoco me esforzaría por elevar de tono, es decir, tomarme demasiado en serio sus intervenciones jubilosas y alegres para distender los rigores impuestos por algunos temas del diálogo. La cultura es alegre o no es cultura.

Quien se toma la cultura como un arma de ataque, está arruinándola. Por eso, seguramente, es imposible hablar con determinados grupos políticos y culturales, cuyo único objetivo es el exterminio del que no comulga con su ideología. Sí, hay un tipo de pensamiento exterminador que es la negación del pensamiento. Su único objetivo es exterminar al disidente. Hay incluso imbéciles que quieren eliminar del espacio público “a los fascistas y a los antifascistas” (sic). En fin, yo trataré de seguir diciendo a mis compañeros de tertulia lo preciso. Y procuraré dejar abiertas las puertas para seguir hablando. Pensando. Intentaré no hablar sin ton ni son. Y, sobre todo, no quiero persuadir a nadie para que deje de pensar y siga ciegamente mis criterios.

Lo decisivo no es pensar como lo hace otro, ni tampoco compartir todo lo que otra persona ha pensado por su cuenta, sino repensarlo. Creo que a eso los griegos le llamaban crítica. Pensar lo pensado para dar a luz un nuevo pensamiento. Lo pensando por mis compañeros tengo que hacerlo pasar por el tribunal de mi propia conciencia reflexiva. Eso es algo que exige antes coraje que inteligencia, porque es menester ser muy atrevido para ponerse, en efecto, en la piel de lo que ha pensado otro para hacerlo nuestro, o mejor dicho, repensarlo. Lo importante, sí, no es el saber sino el atreverse a alcanzar la sabiduría de un Platón o un Ortega, de un Azorín o un Baroja, de un Delibes o un Duque. Exactamente el trabajo, el esfuerzo de leer y repensar, de escuchar en silencio lo meditado por los grandes autores, es de lo que nos exime la ideología, que deriva sin duda alguna de la extensión del conocimiento. Es un efecto no querido, perverso, de la democratización del saber.

Sí, la divulgación del pensamiento o mejor, de la sabiduría, que ayer se consideraba que había traído muchos bienes, nadie negará que hoy ha acarreado grandes inconvenientes. Hoy cualquiera se considera un sabio. De la divulgación del saber, como decía nuestro gran Valera, ha tenido por fuerza que originarse un saber imperfectísimo y vicioso. Son esos vicios las causas principales del menosprecio al verdadero saber y las “erradas doctrinas en que este menosprecio se apoya”. No son los medios de comunicación, frente a lo que algún bien-pensante cree, los primeros culpables de este mal, sino la propia política, la filosofía y el resto de saberes y artes que hoy, como en tiempos de Valera, se cultivan en los centros académicos de España. El mal está antes en la Universidad, en la llamada razón académica, que en los medios de comunicación. En otras palabras, si alguien quiere dar de verdad una batalla cultural en favor de la verdad, o sea de la cultura como ejemplar forma de emancipación de los seres humanos, fíjese tanto en las perversidades y tropelías cometidas por la ANECA y el ministerio de Universidades como en la burda ideología de TVE. La crítica de la razón académica, es decir, universitaria debería ser el primer objetivo de quien se tome en serio el dictum de Horacio: ¡Sapere aude!

A continuación