Diario de la pandemia: la muerte de la política

Agapito Maestre

Poner un poco de orden, dar forma, extraer claridad de la confusión de la vida política española es tarea de algunos seres honestos. ¡Honestidad! Qué cosa contendrá esa bellísima palabra. Sea lo que sea no lo hallarán en TVE. Leo los periódicos y algunos artículos me salvan, aunque algunos autores estén ya condenados por su cultivo de lo maldito. Algunas columnas me provocan hilaridad y otras consiguen que me deleite por su proporcionada organización intelectual del mundo. Aunque la mayoría de sus autores mienten como bellacos, reconozco que su estructura de pensamiento, perdón, quería decir su organización de la propaganda y la ideología es exhaustiva  y hasta estética. Goebbels al lado de esta gente, que come en la mano de Redondo, es una hermanita de la caridad.

Los periódicos pueden leerse como novelas de ficción no siempre mediocres.  No desesperen, queridos lectores, y sigan leyendo periódicos. Es una forma barata de combatir la soledad y la cólera del español sentado. Y, sobre todo, lean a los más exagerados… Suelen ser los más acertados, porque tratan de remitir la verdad a la belleza y viceversa. La una no es sin la otra. El canon clásico de que no hay verdad sin belleza ni belleza sin verdad suele dar resultados. Ya sé que el clasicismo no cotiza en la bolsa valores periodísticos, porque se le considera extremo. Exagerado.  Auténtico. Por otro lado, nos da ocasión de ridiculizar a  los melifluos, los adaptados y los profesores que murmuran a todas horas: España es un país de exagerados.

¡Quién sabe si sobra alharaca y falta ponderación! Puede que seamos unos fanáticos. La murmuración siempre tiene su efecto. No creo sin embargo en los caracteres nacionales nada más que para levantar acta de nuestra cobardía. España es un país de cobardes. Hablamos de la justicia universal, mientras ocultamos nuestra falta de coraje para rebelarnos contra las injusticias más terribles que están a nuestra vista. Pero gracias a las hipérboles, a las grandes y atrevidas generalizaciones, alcanzamos a veces la sobriedad de la verdad. España, sí, es hoy  un país irrelevante en el conjunto de las naciones europeas. No es ni siquiera nación. Tenemos un gobierno que elude sus responsabilidades hasta el punto de que huye de su bandera, la oculta y escupe sobre ella. Un Consejo de Gobierno que no se identifica con los símbolos nacionales es cualquier cosa menos lo que pretende representar. No hay que abundar en el asunto. Todos sabemos  exactamente de lo que hablamos.          

Sí, una banda de aventureros, utilizando los resortes de lo poco que queda de Nación, se ha hecho con los mandos de los aparatos del Estado para conducirnos al abismo. Vivimos en el desastre mejor organizado de la UE. Los tipos de la banda  hacen y deshacen a su antojo sin límite alguno. La Oposición, los de VOX, está excluida por pedir cordura. El Jefe del Estado, Felipe VI, es vilipendiado por Sánchez-Iglesias por defender la Constitución. Y así se suma y sigue, pero el aguerrido pueblo español traga con todo lo que le echen, porque está domesticado por los partidos políticos, los sindicatos y la basura mediática. La pandemia de la Covid-19 ha llegado, pues, para situarnos en nuestro verdadero lugar en el mundo. Bastan dos datos para que nadie se llame a engaño. Somos el país con más muertos del mundo por el coronavirus y, además, el proceso de vacunación apenas valdrá para nada, porque es tan lento que no tendrá efectos para alcanzar la inmunidad de rebaño que pretenden las vacunas.

Y tragedia sobre tragedia. Todavía hay gente que se hace la sorprendida, especialmente viejos socialistas, porque Sánchez-Iglesias sean los pastores de un  país de seres humanos que caminan cabeza con cabeza como el ganado lanar. Terrible. Del sufrimiento puede salirse más fuerte, incluso los más nobles consiguen creer en Dios, pero en España ni se sufre ni se padece…Vivimos arrastrados sobre la inmundicia. Nadie quiere saber de verdad qué pasa en España. Nadie escucha al otro. Todos tenemos la solución para quitarnos las argollas. Mentira. Vivimos como esclavos.

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