La sociedad, materia novelable

Agapito Maestre

He visitado la exposición de fotografías dedicadas a Galdós, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, para conmemorar el centenario de su muerte. Las fotos son “bonitas”. La muestra es correcta. O sea prescindible. Los encargados de la cosa cumplen con puntilloso rigor las exigencias de la burocracia estatal. El pasado, como diría el castizo, pasado está. La exposición es anacrónica. Nada nos dice para aquí y ahora. Un vídeo en bucle recuerda el Madrid de Galdós y, de paso, se nos dan unas pocas indicaciones sobre el personaje extraídas de la propia obra del novelista.  Algunos actores españoles, por ejemplo, Paco Rabal y Fernando Fernán Gómez, dan voz a esos fragmentos galdosianos. De esos “parlamentos” destacan algunas frases sacadas de su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua. 

"La sociedad presente como materia novelable" fue el título de la disertación de Galdós. Se trata de un asunto de “puras letras”, como reconoce el propio autor, pero su repercusión no puede ser más pública, porque se trata nada más y nada menos de la relación entre el autor y su público. Es un texto crítico de un artista sobre su propio arte de escribir novelas. Mil enseñanzas para aquí y ahora podríamos sacar de esas páginas. Tres son ineludibles recordar para quienes aún creen en el poder emancipatorio de la literatura. Tres son imprescindibles para que los seres humanos no se dejen avasallar por quienes quieren que caminemos cabeza con cabeza. Tres verdades de don Benito son necesarias traerlas a debate público en una sociedad que ha convertido la “literatura” en una cosa de usar y tirar, o peor, algo para sectas y sectarios. Comienza Galdós con una definición certera sobre qué es una novela, continua con una reflexión filosófica sobre la conflictiva relación entre el autor y sus lectores y, finaliza, con una defensa apasionada de la literatura, del arte narrativo, como factor clave para superar la descomposición que vive la sociedad española de su época

¿Qué es la novela? “Imagen de la vida”, responde Galdós, “es la novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción”. ¿Existe hoy, en España, algún novelista que se acerque a nuestra sociedad, si quiera de modo aproximado, al retrato que hizo Galdós de la suya? Lo desconozco. Quizá haya alguno que se le acerque, pero, si hemos de atender al mejor crítico de su época y, seguramente, de la nuestra, don Marcelino Menéndez Pelayo, el novelista de nuestro tiempo tendrán que mirarse en el espejo de Galdós: “Tendrá que comenzar por la Fontana de Oro (…), seguir la serie vastísima de los Episodios Nacionales, inaugurada en 1873, y que comprende por sí sola veinte novelas, en las cuales intervienen  más de quinientos personajes, entre históricos y los fabulosos; muchedumbre bastante para poblar un lugar de mediano vecindario, y en la cual están representados todas las castas y condiciones, todos los oficios y estados, todos los partidos  y banderías, todos los impulsos buenos y malos, todas las heroicas grandezas y todas las extravagancias, fanatismos y necedades que en guerra y en paz, en los montes y en las ciudades, en el campo de batalla y en las asambleas, en la vida política y en la vida doméstica, forman la trama de nuestra existencia nacional durante el período exuberante de vida desordenada, y rico de contrastes trágicos y cómicos, que se extiende desde el día de Trafalgar hasta los sangrientos albores de la primera y más encarnizada de nuestras guerras civiles”. 

La segunda línea de pensamiento del discurso de Galdós se refiere a la fuente de inspiración de su obra: el pueblo español. El modelo y el juez de su novela, según don Benito, es el vulgo. “Dando a la palabra vulgo la acepción de muchedumbre alineada en un nivel medio de ideas y sentimientos; al vulgo, sí, materia primera y última de toda labor artística, porque él, como humanidad, nos da las pasiones, los caracteres, el lenguaje, y después, como público, nos pide cuentas de aquellos elementos que nos ofreció para componer con materiales artísticos su propia imagen: de modo que empezando por ser nuestro modelo, acaba por ser nuestro juez”. A su público don Benito ni lo reverencia ni lo desprecia, sino que acepta el reto de examinarlo: “Nos dice y aun nos manda que le pintemos, pidiéndonos con ardorosa sugestión su retrato para recrearse en él, o abominar del artista con crítica severa. Con él me encaro valerosamente, y de todas veras os digo que el mal ceño de este modelo y su rostro de pocos amigos, me imponen también vivísima turbación, aunque ésta no llega á las proporciones del espanto que siento ante las bibliotecas. La erudición social es más fácil que la bibliográfica, y se halla al alcance de las inteligencias imperfectamente cultivadas”. 

¿Dónde hallaremos hoy un novelista que, lejos de la búsqueda del aplauso fácil de un lector enajenado, sea un crítico serio y riguroso de su entorno? No lo sé. Pero si existiera, sin duda alguna, tendrá que comparar su arte con el de Galdós que, como el de Lope y Cervantes, tiene como principal colaborador al pueblo español, según vuelve a recordarnos don Marcelino: "Los más grandes novelistas (…) han sido también los más populares". Hoy, por desgracia, el pueblo español está peor que disgregado. Quizá no exista. Solo hay sectas. Gente que vive en mundos paralelos. Sectarismo y más sectarismo para que los autores abreven en sus inmundicias.

Y, finalmente, Galdós reivindica el poder de la literatura en general, y de su arte narrativo en particular, para crear espacios de racionalidad pública. Una sociedad puede mejorarse con la novela. A pesar de la falta de unidad política y social, a pesar del presente estado social, “con toda su confusión y nerviosas inquietudes”, dice el bueno de Galdós, “no ha sido estéril para la novela en España, y que tal vez la misma confusión y desconcierto han favorecido el desarrollo de tan hermoso arte. No podemos prever hasta dónde llegará la presente descomposición. Pero sí puede afirmarse que la literatura narrativa no ha de perderse porque mueran o se transformen los antiguos organismos sociales. Quizás aparezcan formas nuevas, quizás obras de extraordinario poder y belleza, que sirvan de anuncio á los ideales futuros o de despedida a los pasados, como el Quijote es el adiós del mundo caballeresco”. ¿Tiene alguna relación este tipo de reflexión de Galdós con la “novela”, por llamarle algo, que se vende hoy en España? Lo dudo

Creo que la actual literatura “española”, como la academia, vive en un mundo paralelo, al margen de los problemas reales de la sociedad, de sus vecinos, del conjunto de lo poco que queda de la “nación”… Se escriben “novelas” para conseguir un premio, o participar en un certamen de no sé que ministerio o universidad. Se escriben novelas para las “mujeres” o para un sector de la población… En fin, literatura “hecha a medida”, “literatura de sastre” no es literatura sino malos entretenimientos para ilusos y sectarios. Al lado de don Benito y don Marcelino, genial comunidad de diálogo la que establecieron estos autores, la literatura española está peor que exhausta, muerta. Tampoco creo que los franceses estén mejor que nosotros… ¿Dónde está el Flaubert del siglo XXI en el país vecino?  En fin, mal de muchos…

A continuación