Enseñanzas del 'far west'

Jesús Laínz

¡Cómo pasa el tiempo! Este maldito año del virus se han cumplido treinta del estreno de una de las mejores películas de la historia: aquella Bailando con lobos de Kevin Costner que ganó siete Oscar, entre ellos los de mejor película y mejor director. La hermosa historia narrada, la excelente interpretación y la ya clásica partitura de John Barry hicieron de ella una obra maestra. Y tanto entonces como hoy, puede servirnos para reflexionar sobre asuntos de creciente actualidad.

Pero regresemos para ello a 1990, en concreto al día en el que el abajo firmante fue a verla a una de esas imponentes salas lamentablemente desaparecidas de nuestras ciudades. A la salida, una revelación. Una señora enfundada en un abrigo de visón compartía con una amiga el placer experimentado:

–Ya era hora de que se dijera la verdad y se pusiera a cada uno en su sitio. Porque así exterminaron los bestias de los blancos a los pobres indios.

Ya era hora, pues, de que se dijera la verdad, pero no porque la erudita señora del visón supiera cuál era la verdad, sino porque se trataba de la verdad que ella deseaba oír. Porque su satisfacción por ver a los blancos haciendo el papel de malos era sólo un caso más del autoodio tan eficazmente inoculado en Occidente desde hace un siglo y cuyas erupciones más explosivas han ocupado los telediarios desde la trágica muerte de un negro a manos de un policía blanco en los Estados Unidos.

Pero la señora del visón no había entendido nada. La película no trataba de indios buenos y blancos malos, como lo demostraba la presencia tanto de indios malos como de blancos buenos. El contraste ofrecido por la película, al parecer poco comprendido, era el existente entre, por un lado, el comportamiento honorable de los indios y su vida en armonía con la naturaleza, y, por otro, la degradación espiritual de los blancos, su materialismo y su relación con la naturaleza basada en la explotación. Pero esto no tenía nada que ver con ser blanco o indio. Ni los blancos se comportaban mal por ser blancos, ni los indios bien por ser indios. Los pieles rojas se comportaban así porque eran una comunidad tradicional, aún aferrada a sus creencias, sus costumbres y su forma ancestral de vida. Por el contrario, los blancos estaban desarraigados de su tradición, se movían por motivos materialistas, su comportamiento demostraba la pérdida del sentido transcendente de la vida y concebían la naturaleza como un objeto que explotar sin freno, como se mostraba en la cruenta escena de la cacería de bisontes. El mismo esquema, por cierto, con el que se rodaría trece años más tarde El último samurai protagonizada por Tom Cruise.

El poder de sugestión del cine es incomparable: puede provocar en millones de personas reacciones muy profundas, tan profundas que el raciocinio tiene pocas posibilidades de participar en ellas. La señora del visón era un claro ejemplo: si hubiera sido capaz de razonar, se habría dado cuenta de que su recién estrenada simpatía por la sociedad piel roja y su rechazo por la blanca no respondían a su realidad personal. Ella y el visón con el que abrigaba su blanquísimo cutis no tenían nada que ver ni intelectual, ni espiritual ni vitalmente con los indios con los que creía identificarse, sino con los degradados blancos a los que con tanta alegría repudiaba.

Por lo que se refiere al exterminio, dos escenas de la película fueron las que más hondo llegaron al corazón de los espectadores: la primera, la del indio recibiendo con silenciosa resignación la noticia de que después de aquellos segundos hombres blancos que habían llegado a sus tierras –los primeros habían sido, siglos atrás, los portadores de cascos metálicos, los españoles–, llegarían muchos, muchísimos más, tantos como estrellas en el firmamento; y la segunda, el texto sobreimpreso con el que terminaba la película, explicando que, pocos años después de los hechos narrados, desaparecería para siempre la gran cultura de los indios de las praderas.

Despiadado destino, sin duda, el de los pueblos condenados a desaparecer bajo la marea de otros más fuertes y prolíficos. Cientos de millones de europeos y americanos se acongojaron ante las pantallas, y muchos de ellos lamentaron su parte de responsabilidad, con efectos retroactivos, por pertenecer a la estirpe causante de aquella desaparición.

Lo sorprendente de la cuestión es que esa congoja no se experimenta ante la posibilidad, cada día más evidente, de que vuelva a suceder lo mismo en nuestros días, pero esta vez con los malvados hombres blancos como víctimas. Pues también ahora, tantos como las estrellas del firmamento, cientos de millones de personas van dirigiendo sus pasos hacia unos países occidentales vaciados por la comodidad y el aborto y principales promotores de su propia desaparición. Y del mismo modo que hace siglo y medio desapareció la gran cultura de los indios de las praderas, lo que se considera, naturalmente, una calamidad, lo que puede desaparecer esta vez es la gran cultura de la filosofía, las catedrales, las sinfonías, la pintura, el derecho, la libertad, la razón, la ciencia y la exploración extraplanetaria, cultura hace ya tiempo condenada por la conciencia universal y cuya memoria está siendo maldecida y derribada a marchas forzadas en estos precisos días. Y, salvo algunas excepciones instantáneamente reprobadas por fascistas, a nadie parece importarle.

Alguna explicación tendrá que darse alguna vez sobre tan curiosa –y suicida– doble vara de medir.

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