Diario de la pandemia: El Sócrates de Brines

Agapito Maestre

Si dejamos fuera a Aquilino Duque, el escritor español mejor asentado en su tierra para contemplar el mundo, nadie mejor que Francisco Brines merecía el premio Cervantes. Yo le hubiera dado el Nobel. Ningún poeta español de nuestra época ha espoleado con tanto acierto poético, exacto, el caballo de la vida. Nadie como Brines nos ha hecho sentir el dolor de “amar, pensar, mirar, sentirse vivo”. Esas grietas, quizá heridas trágicas, son sentidas en los momentos decisivos de la existencia. Brines es el poeta trágico más importante de España. Sin pedantería alguna, y más allá de cualquier forma de frivolidad intelectual, nos ha mostrado la conciencia escindida del hombre actual, el conflicto con el entorno y consigo mismo y la vivencia sincrética de tiempos y conocimientos.

La vida, como escribiera en uno de sus primeros poemas, “es un atajo/ para nada, sólo para llegar”. De esto no se libra ni la “vida” de la Filosofía. Su fundador, Sócrates, termina proscribiéndola. Entonces, ¿por qué tienen tantos humos los filósofos ante cualquier otro saber?… Basta un poco de valentía al hombre sencillo para reconocer su equivocación por la causa de su vida. El hombre normal en plena madurez, o al final de sus días, en un presente precario al borde de la muerte, se abre a la evidencia poética. Trágica. Somos efímeros testigos del afán de inmortalidad, a todas luces ilusorio, que cualquiera pudiera tener. ¡La razón de una vida acaba en tragedia! Toda vida entregada a una causa es un fracaso, empezando por el fracaso de la filosofía.

Las razones más nobles de que muriera Sócrates
fueron, pues, estas (débiles, sin embargo, al sereno entender de la historia futura):
engendra, muchas veces, acerba crueldad
la mirada del puro,
pues no ve que del justo principio se deriva el error en ocasiones;
y en el ojo del puro se adhiere red tupida
que impide distinguir en los discípulos la verdad del espíritu.

Impresionantes son todos los versos dedicados por Brines a La muerte de Sócrates. Este poema, junto al titulado En la República de Platón, representan la crítica poética más honda que se ha hecho en nuestro tiempo a la vanidad del filósofo, o mejor, a todo aquel pensador que no es consciente de su limitación. La angustia y la infelicidad del hombre ante el dolor del tiempo, la vejez, la enfermedad o la muerte, en fin, las miserias de la condición humana acaban por sobreponerse a todo intento de sociedad ideal montada sobre la sabiduría, la justicia o el afán de perfectibilidad social. Sócrates renunció en sus últimos momentos a la filosofía. El fundador de la filosofía es puesto a prueba por su propio descubrimiento. Su vida, entregada solo y exclusivamente a la filosofía, es cuestionada. Negada.

El comienzo del Fedón, de Platón, le daría la razón a Brines. ¡No hubiera sido mejor dedicarse a la música! La respuesta de Sócrates no admite dudas. En la hora de su muerte renuncia por completo a la filosofía, y trata de cumplir con el deber religioso de componer un poema dedicado a los mismos dioses que le habían recomendado dedicarse a la música. El diálogo del Fedón es inequívoco sobre este asunto; a pesar de las mil formas utilizadas por la “filosofía” oficial para ocultar que la música no es filosofía, Sócrates no se engaña y reconoce su error: debería haberme dedicado a la poesía. A la música. Brines capta con sagacidad a Sócrates y arremete con poesía contra quienes asocian la “sabiduría”, la filosofía, con la verdad, el bien y la belleza. Al contrario, “la filosofía”, la construcción de un mundo ideal y utópico, es nociva. No hay felicidad posible en la razón. La verdad de Sócrates no conduce a la emancipación. Brines recoge con precisión la duda de los últimos momentos de Sócrates, en el Fedón y los lleva hasta sus últimas consecuencias.

El escepticismo socrático se vuelve radical. Vital. “El nombre de la vida es el engaño”. Este verso sintetiza la poética de Brines. Entre la vida y el engaño se mueven la esperanza y la ignorancia. Quien transgrede esos límites, se pervierte. Entra en la esfera del conocimiento. Peligro. El conocimiento es trágico. La opción por la vida es un pacto, una mera apuesta, como nos mostró en su Ensayo de despedida. No es nihilismo claudicante, sino afirmación moral por continuar aquello que se sabe perdido, pero alguna vez fue valioso. La poesía de Brines en un envite por la vida muy cercano al vitalismo de la tragedia griega.

También Sócrates, en la hora de su muerte, se percata de la tragedia y se convierte en el crítico más grande de la filosofía, de la Razón, de todos los tiempos. Brines lo expresa en este “seco relato”, uno de los más grandes poemas existencialistas de nuestra época, a Sócrates lo mataron, porque confundieron sus razones con la voluntad de mandar. Ni siquiera sus discípulos fueron capaces de “distinguir” la verdad del espíritu socrático. No fueron capaces de separar el modelo de la virtud del comportamiento real de los hombres. Pensaron con tanta “pureza” que derivaron crueldad y maldad del espíritu de verdad de Sócrates. Lo mataron, sí, porque si no morirían ellos.

Y, sin embargo, Sócrates sabía
que su Estado no habría de existir sobre la tierra,
pues sólo era un modelo de virtud
para ayudar al hombre a que ordenase la conducta del alma.

Eso es algo que ni siquiera comprendió Platón, especialmente el Platón que cantó al filósofo-rey, quien afirma, a pesar de su portentoso relato del Fedón, no haber estado en las últimas horas del maestro. ¿Dónde estuvo Platón en ese terrible final? Quizá huyó despavorido, asustado, ante la terrible verdad de los últimos momentos de Sócrates: la filosofía no vale nada. ¡Quién sabe!

Lo cierto es que, desde la muerte de Sócrates, la mayoría de los filósofos, especialmente académicos, siempre escondieron su cobardía en la voluntad de poder. Nunca aceptaron la verdad socrática resaltada por Brines: “Sólo sé que no sé nada”. Brines en sus dos grandes poemas dedicados a Sócrates, a la filosofía, no hizo otra cosa que explanar artísticamente las palabras de Ortega y Gasset sobre los límites de la facultad más exquisita del hombre:

La inteligencia no debe aspirar a mandar, ni siquiera a influir y salvar a los hombres. No es ésta la forma en que puede ser más provechosa sobre el planeta. No es adelantándose al primer rango de la sociedad a la manera del político, del guerrero, del sacerdotes, como cumplirá mejor su destino, sino al revés, recatándose, oscureciéndose, retirándose a líneas sociales más modestas. La inteligencia, que es la cosa más exquisita del Cosmos (…), sólo puede ascender a plena dignidad de sí misma si llega a comprender su esplendor y su miseria, su virtud y limitación.

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