Diario de la pandemia. ¿Televisión o cine?

Agapito Maestre

Me decía ayer un hombre culto, jubilado del periodismo, que los medios de comunicación, especialmente la televisión, son los culpables de los males políticos y culturales de nuestro país. Puede ser. Yo no lo tengo tan claro, pero no le enmendaré la plana a quien, durante un tiempo considerable, dirigió una importante cadena de televisión de nuestro país. También ayer Ramón Pérez Maura, otro buen periodista, se quejaba de los medios de comunicación, porque "en lugar de hablar de la catastrófica gestión de la pandemia, tanto desde el punto de vista sanitario como desde el económico, los medios se pasan el día jaleando las declaraciones de una comisionista de vida un tanto disoluta que no aporta prueba alguna para sostener sus acusaciones". Son dos ejemplos para ilustrar la existencia de un periodismo crítico en España.

Por eso, precisamente, porque hay voces críticas entre los creadores de "opinión pública" me resisto a culpabilizar a la prensa de todos nuestros males. El mal está en otra parte. ¿Por qué no mirar la actual "cultura española", rebajada a un estado de degradación tal que admite cualquier cosa como "cultura"?, ¿por qué no fijarse en el desprecio de la llamada "cultura española" por lo grande y lo noble?, ¿por qué no criticar el trato que al saber y a su evaluación da el Ministerio de Universidades? Muerta la Universidad y la Cultura en manos del poder. Hay que ser muy obtuso, o peor, muy canalla para depositar alguna esperanza en la llamada "cultura española" y en sus universidades.

La "cultura española", la oficial, tiene gravísimas dificultades para ubicar a sus mejores creadores. En realidad, desconoce por completo quién es un creador. Su falta de criterio es tan desastrosa como la carencia de inteligencia de su mundo político. Los grandes creadores españoles, hoy como ayer, están al margen. Como diría Américo Castro, genial conocedor de nuestra historia literaria y cultural: "Falta proporción y congruencia entre la intensidad de los impulsos y la firmeza y validez de los resultados conseguidos". No nos engañemos, pues, con la expresión "cultura española"; los actuales jefazos, directores, líderes, o como quiera se llamen, de las instituciones culturales no son muy diferentes de quienes mandan en los medios de comunicación. Son unos mediocres. Desprecian lo valioso y nos ensordecen con sus gritos de quejas vacuas.

Nada de eso nos impide buscar a los mejores entre los músicos, los poetas, los novelistas, los ensayistas, los editores, los actores, los dramaturgos y cineastas… Es menester buscarlos para cultivarse, y alegrarse, cuando alguno de los nuestros es rescatado del olvido. Es el caso de una película de la Transición, Corridas de alegría, de Gonzalo García Pelayo. Celebro de corazón que dos artistas jóvenes, dos mujeres con talento, traten de hacer un remake de esta joya del cine español. Ojalá les salga bien el proyecto. Por si les valiese para algo, aquí les ofrezco un par de razones más sobre la importancia de esa película, cuando aún creíamos que era posible una cultura española. El talento de García Pelayo para hacer simultáneo lo radicalmente dispar nos recuerda que el cine es un género estilístico en sí mismo. Corridas de alegría es un ejemplo para aprender y disfrutar del extraordinario manejo que tiene este director de una clave del cine de todos los tiempos: la representación de la simultaneidad de dos series de acontecimientos diferentes y espacialmente separados.

Tengo la sensación, o mejor dicho, la sospecha de que esta película de Serie B es una fuente de inspiración de un director norteamericano de Serie A, Tarantino. Esta hipótesis nada tiene de extraño. Tarantino regentó durante mucho tiempo un videoclub. Fue su principal escuela de cine. Aprendió tanto en este negocio de alquiler y ventas de películas que consiguió recuperar para la opinión pública películas mal clasificadas como Serie B. Desconozco si logró poner en su sitio Corridas de alegría, pero de una cosa estoy seguro le encantó y fue fuente de su inspiración. Su espíritu está presente en Érase una vez en Hollywood, la última y quizá la obra más lograda de Tarantino. El alma de esta película se mantiene unida a un cuerpo, una carne, que también recuerda a Corridas de alegría. No faltan en la película de Tarantino elementos clave del film de Gonzalo: la amistad entre dos hombres, un cochazo enorme para desplazarse a cualquier lugar, música por todas partes, y humor, mucho humor de estirpe cervantina, que nos revela al ser humano en su tragedia y en sus miserias, pero en vez de lamentarlo, o llorarlo, se ríe.

Tarantino y García Pelayo nos hacen reír de verdad. Nos reímos de lo grotesco de la humanidad sin despreciarlo. Forma parte del "sentido" de la realidad. Aparece ante nuestros ojos como algo normal. La ridiculez, las miles de situaciones estrafalarias e irrisorias vividas por los mortales, forman parte también del misterio de la vida. La desmitificación, en cierto sentido el descrédito, al que ha sido sometido, en el último siglo, el ser humano no consigue arruinar el humor, la risa y la alegría de vivir. Reímos frente al abismo. La risa, que ahora evoco cuando no tengo ganas de reír, es la prueba principal de que todos sus esfuerzos cinematográficos, es decir artísticos, están dirigidos a mantener juntos el cuerpo y el alma sin renunciar, sin claudicar, a misterio alguno de la existencia, incluido el de la risa. Quienes hayan visto estas películas no dejarán de reconocer que el "ser del hombre, el ser humano, es ser cómico". Esta evocación de la risa, del humor, no es fragmentaria o, al menos, no pretende ser un aspecto parcial de la existencia, sino que pretende afirmar una imagen completa de la humanidad… El hombre, sí, es grotesco. Irrisorio.

Y, a pesar de todo, hemos de de recurrir, otra vez, a los versos de Jorge Guillén:

"Saben. El mundo está bien
Hecho. El instante lo exalta".

El mundo, sí, está bien hecho… Una pareja de amigos, centro de la narración de las dos películas, un coche muy grande, que se desliza por Los Ángeles, conducido por Brat Pitt, y mejor conservado que el guiado por Javier García Pelayo, un trilero de Sevilla sin suerte, desde el que contemplar el mundo a la par que escuchamos música, y el humor, la risa surgida del misterio de lo ridículo, son solo unos cuantos detalles o denominadores comunes para acercarnos a estos dos directores no sólo para compararlos sino también para buscar una pauta capaz de actualizar lo más inactual, lo permanente, de estos regidores. Pero nada de eso, confieso públicamente mi aviesa intención, tendría importancia, si previamente no reitero que el espíritu y la carne de una película maravillosa de Serie B, del año 1982, Corridas de alegría, están recogidos en una cinta extraordinaria de Serie A, Érase una vez en Hollywood, de 2019.

A continuación