¿Queda alguien para protestar?

Carlos Díaz-Pache

Tras el ascenso del nazismo al poder, el pastor luterano Martin Niemöller escribió su famoso poema "Primero vinieron…", en el que criticaba el silencio cobarde de los intelectuales alemanes que no denunciaron el totalitarismo que iba señalando a distintos grupos sociales simplemente porque no formaban parte de ellos. El poema concluye amargamente: "Luego vinieron por mí pero, para entonces, no había nadie más que pudiera protestar".

Hace tiempo que vivimos un nuevo señalamiento totalitario que impide el debate de las ideas, que condena a grandes grupos sociales y provoca la censura o autocensura en los medios de comunicación por miedo a ser acusados de algún delito de odio. Los hombres somos machistas, los blancos somos racistas, quienes no somos de izquierdas somos fascistas, y solo la izquierda hegemónica puede hablar de diversidad sexual sin ser tachada de homófoba.

Salvajes derriban estatuas ante la pasividad o con la complicidad de los poderes públicos, aterrorizados ante la posibilidad de ser tildados de racistas; obras maestras del cine son retiradas de los catálogos por un revisionismo retrospectivo de los valores morales; algunos libros son apartados de las librerías porque contienen ideas intolerables para algunos; grandes investigadores son despedidos por citar estudios científicos intachables y escritores, periodistas y políticos toman nota de la ferocidad de la crítica que recibirán si se salen del marco intelectual obligatorio.

Durante años, esa persecución política y mediática no fue contestada salvo por algunos heroicos intelectuales, inmediatamente despedidos, apartados o condenados al ostracismo. La cacería ha tenido que llegar hasta sectores de la izquierda global para que surja una respuesta como la publicada en Harper’s Magazine. Un manifiesto de intelectuales como Noam Chomsky, Salman Rushdie o Francis Fukuyama que alerta del clima intolerante que impide el libre intercambio de opiniones y el debate; las ideas contrarias, denuncian, se silencian, en vez de contrarrestarse mediante la discusión y la persuasión.

El manifiesto parte de posiciones de izquierdas, de personas seguramente sorprendidas por haber sido alcanzadas por esa ola de intolerancia de la que se creían a salvo, mientras el acoso y la censura se centraba en otros grupos sociales o atacaba posiciones ideológicas distintas a las suyas, tal y como denunciaba Niemöller hace casi un siglo.

En España, un centenar de científicos, académicos, escritores y periodistas, entre los que destaca Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura y destacado defensor de la libertad, han suscrito una carta en apoyo al manifiesto de Harper’s para fortalecer la democracia y el Estado de Derecho. Critican las represalias contra quienes han denunciado los abusos de movimientos como el #MeToo o el antiesclavismo new age.

La discusión respetuosa y el debate de las ideas deben seguir siendo elementos que identifican a la civilización frente a la barbarie. La sociedad abierta debe seguir defendiéndose de sus enemigos, que pretenden devolvernos a los tiempos de la tribu, con los gritos y la violencia de los radicales escudándose en la defensa de causas justas. Retirar estatuas de Cristobal Colón, Isabel la Católica o Thomas Jefferson no es combatir el racismo sino ocultar la Historia. Tratar de silenciar una posición política con insultos o acusar a alguien sin pruebas y pedir que sea inmediatamente repudiado por todos nos devuelve al Far West, al linchamiento organizado, y elimina de un plumazo los avances de la arquitectura institucional del Estado de Derecho, con su separación de poderes, su presunción de inocencia y el resto de herramientas que garantizan la libertad de todos y la resolución pacífica de los conflictos.

Es una pena que hayamos tenido que esperar a que la intolerancia llegase también a la izquierda para que un gran número de intelectuales hayan reaccionado, pero merecerá la pena si conseguimos entre todos aislar a los intolerantes, revertir sus ataques y recuperar la razón.


Carlos Díaz-Pache, diputado del Partido Popular en la Asamblea de Madrid.

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