La iconoclastia obsesiva

Amando de Miguel

Recibieron el nombre de iconoclastas los fanáticos seguidores de una secta en los siglos posteriores a la caída del imperio romano. Andaban obsesionados por acabar con el culto a las imágenes (pinturas, esculturas), común al mundo romano y al cristiano. Desaparecieron en el siglo VIII, pero fueron sustituidos por el rigor aún más acusado de los musulmanes y luego de algunas sectas protestantes. La idea maniática era la de evitar caer en la idolatría pagana.

En estos atribulados tiempos de la peste china, por aquello de las coincidencias, se ha generalizado en el mundo occidental una especie de iconoclastia con tintes racistas. Se define con ocasión de vituperar el racismo, incluso con efecto retroactivo. La ocasión fue el incidente de un homicidio de un hombre negro por un policía blanco en Estados Unidos. En seguida se destapó con virulencia la fiebre del conflicto racial. Había que acabar con los símbolos de las personalidades históricas que habían sido testigos del sistema de la esclavitud establecido por la raza blanca sobre los indios o los negros. La estrambótica asociación ha significado el placer de las masas para derribar la estatua de Colón, de Teodoro Roosevelt, de Juan de Oñate y (asómbrense) de Fray Junípero Serra. Este último fue un misionero protector de los indios de California. Como tantos otros fenómenos de masas, lo que empezó en Estados Unidos se ha contagiado a Europa. España no se podía quedar atrás.

De proseguir con tal obsesión iconoclasta, es de prever que sean derrumbadas en España las estatuas del Cid Campeador, Alfonso XII, Cascorro o Menéndez y Pelayo, entre otros muchos personajes célebres. La peregrina razón sería que en los tiempos en que vivieron tales personajes hubo alguna forma de esclavitud o de explotación de las masas trabajadoras. Claro que, de seguir con la misma lógica, en España se podría llegar a destrozar la estatua de Trajano o el busto de la Dama de Elche. Hasta podrían condenarse al fuego la mitad de los cuadros del Museo del Prado, entre otros. Puestos a imaginar, habría que borrar el fresco de la Capilla Sixtina en el que Miguel Ángel plasmó el momento de la creación del hombre. Resulta que esa primera criatura humana aparece como un apolíneo varón de raza blanca. Hoy sabemos que los primeros homínidos procedían de África y seguramente eran negros.

Al final, podemos llegar al disparate colectivo respecto a la historia. Comentaré solo un detalle que acabo de verificar. Es el de una afamada tertulia de radio, en este caso orientada a dilucidar esta cuestión de la nueva moda iconoclasta. Uno de los contertulios, un tal Palacio, pontificó con todo el énfasis que Jorge Washington luchó ardorosamente por librar a los negros de la esclavitud. Ninguno de los demás contertulios, todos ellos personas cultivadas, se atrevió a contradecir tamaño desatino. Y es que los dedos se nos antojan huéspedes: no hay que dar ocasión de aparecer como racistas.

Que conste que en nuestra época se ha impuesto una vaga estética iconoclasta en muchos terrenos, en España y en otros países. Por ejemplo, en las nuevas iglesias católicas cunde un estilo minimalista que prescinde de las imágenes todo lo posible. En la vida cívica es patente el horror a la exhibición de los símbolos del Estado; por ejemplo, el escudo nacional, que corresponde al jefe del Estado. Se denigran el símbolo del águila, que está presente en muchos otros escudos de los Estados de la cultura occidental, y que en España introdujeron los Reyes Católicos.

Sospecho que esta nueva manía de la iconoclastia racial es algo más que un episodio aislado y efímero. Representa la coronación de un movimiento más profundo. Obedece a un agrio desprecio por la cultura, la historia, el pasado. Es el triunfo de la mediocridad.

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