No va a haber Paracetamol

Rosa Belmonte

Han rescatado en Twitter el vídeo que Soraya Sáenz de Santamaría se hizo en el aeropuerto durante las primarias. "Pensando en esta queen y su premonición del coronavirus", escribe @Nicormg. Y esta queen decía: "Buenos días, estamos en el aeropuerto, camino de Almería. Vamos a la farmacia porque Antonio tiene jaqueca. Pero para dolor de cabeza el que le vamos a dar Pedro Sánchez. No va a haber Paracetamol en el mundo". Errata Naturae ha publicado en España En el corazón del bosque. Dos hermanas de 17 y 18 años que viven en una casa en el bosque y han vivido sin ir al colegio ni al instituto. Pero con las comodidades de la vida moderna. Con electricidad. Con lavadora. Pero los cortes de electricidad esporádicos empiezan a ser más largos. Y un día no hay ni electricidad, ni gasolina, ni aviones. El sueño de Greta, vaya. Una de las hermanas lee todo lo que puede (quizá vuelvan a convocarse pruebas de acceso a Harvard). La otra quiere ser bailarina y ensaya a diario con la música en la cabeza. Lo tienen todo pese a que el mundo conocido se haya derrumbado.

Tengo un amigo que cuando me quejo de idioteces me dice lo que decía su padre: lo que necesito es lavar a mano todas las mañanas un capazo de ropa. Estas dos hermanas lo tienen que hacer a la fuerza. No me convence mucho. Tampoco el lirismo de Jean Hegland. Ni tampoco creo que su novela me vaya a salvar la vida. Es verdad que en estos tiempos de incertidumbre, una tiende a tratar de entender el mundo. ¿Pero para quién la vida no es incertidumbre? Menuda tontería de señoritos es esa de Gil de Biedma de que la vida iba en serio. Y claro que no imaginábamos que nos podía pasar lo del coronavirus. Pero cosas peores pueden pasar, al menos personalmente. No sé, que te aplasten contra una valla en el estadio Heysel de Bruselas. O en el Madrid Arena. Pero es verdad que estamos en un lío gordo.

Y a lo mejor cuando se acabe el lío cambia algo más allá del gran cambio y estupefacción actual, de que la vida cotidiana se haya roto. Más allá de la emergencia sanitaria, la enfermedad, la muerte y el confinamiento. Paolo Giordano (La soledad de los número primos) ya ha escrito un libro sobre la epidemia, En tiempos de contagio (lo publicará Salamandra). A mí que me cuenten lo que está pasando no me interesa. Me pasa como a John Lithgow en Cosas de marcianos cuando se extrañaba de la información meteorológica. ¿Por qué no se asoman a la ventana? También es verdad que con esos diarios de confinamiento que se están publicando en los periódicos dan ganas de leer el guión de Shoah. Menudos rollazos.

Quizá me interese más que me cuenten lo que ha pasado dentro de diez años. Tras el 11-S se reeditó El miedo en Occidente (un libro que Jean Delumeau había publicado en 1978). "Buscaban en mi libro, un volumen de historia, las claves para comprender la actualidad", contaba Delumeau entonces. Hace meses se volvió a reeditar en España. Es un libro de historia no centrado en la geopolítica o en la economía, sino en los sentimientos. En el miedo. No había un texto que contemplara el miedo en conjunto. Entre el siglo XIV y el XVIII. Sí lo había, por ejemplo, sobre La Grande Peur de 1789. Delumeau habla de los miedos naturales (al mar, a las catástrofes, a las epidemias…) y de los miedos culturales (al otro, al judío, al musulmán, a la brujería y, por tanto, a la mujer). Hasta el siglo XVIII se temía a las inundaciones, al hambre, a las epidemias, al turco, a las revueltas, a los idólatras, a los herejes… Durante el siglo XX se temía más a las guerras.

Las inseguridades del presente tienen que ver con catástrofes medioambientales, violencia urbana, crisis económicas, paro, empleo precarios, guerras nucleares y, sí, riesgos epidemiológicos. Y de pronto ese riesgo epidemiológico lo hemos visto en persona, globalizado. Y la epidemia trae a la vez crisis económica, paro, empleos precarios…La sensación de miedo hace recordar las pesadillas del pasado. Por eso el libro de Delumeau es tan actual, aunque hable de las pestes pasadas, "cuando se salía a la calle en periodo de contagio con una máscara en forma de cabeza de pájaro cuyo pico estaba lleno de sustancias odoríficas". Y de fondo, el miedo, arma que han utilizado todos los regímenes.

Quien tuviera certidumbres ha dejado de tenerlas porque, aunque tratemos de controlar algo, estamos en manos del azar, de lo imprevisible. Y los miedos nuevos algo se parecen a los viejos. La muerte como fenómeno visible ha vuelto. El mundo había dejado de ser apocalíptico hacía bien poco. Si a alguien se le había olvidado la fragilidad de la existencia, ya sabe.

Y esto me lleva a otro libro también de actualidad, uno de 2013, reimpreso en junio de 2019. Se trata de Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden (Paidós), de Nassim Nicholas Taleb (el de los cisnes negros). Dice el ensayista libanés que "hay cosas que se benefician de las crisis; prosperan y crecen al verse expuestas a la volatilidad, al azar, al desorden y a los estresores, y les encanta la aventura, el riesgo y la incertidumbre". Y sostiene que no hay una palabra para designar lo contrario de lo frágil, así que lo llama antifrágil. Una propiedad que está detrás de todo lo que ha cambiado con el tiempo para bien. Dice que a lo antifrágil le encanta lo aleatorio y lo incierto. Sostiene que la incertidumbre es algo aleatorio, necesario, y propone que las cosas se construyan de forma antifrágil porque lo antifrágil es inmune a los errores de predicción. A veces parece una ida de olla pedante, un libro de autoayuda, pero es entretenido en estos tiempos de incertidumbre y de querer explicaciones y optimismo.

Pero esa brujería de Soraya de que no iba a haber Paracetamol en el mundo da que pensar, que a mí el otro día me dieron una caja de Gelocatil de diez unidades en la farmacia porque me dijeron que el Paracetamol (el genérico) se lo quedaba la autoridad.

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