Grandeza y patología del feminismo

Santiago Navajas

El existencialismo, el liberalismo, el feminismo... son tipos de humanismo. Pero que el feminismo sea un humanismo no significa que se deba reducir a dicho concepto. El feminismo tiene entidad propia, ya que su campo específico, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, tiene una larga tradición, un presente conflictivo y un futuro prometedor pero en absoluto despejado. Aunque el feminismo ha ganado terreno, la situación de las mujeres sigue siendo manifiestamente mejorable en gran parte del mundo. En Occidente ya no es estructural el sistema de discriminación hacia las mujeres (como tampoco a los negros o los homosexuales), pero sigue habiendo inercias machistas (racistas y homófobas) que hay que eliminar. El feminismo liberal es especialmente necesario porque, si se rinde o elimina, los feminismos radicales de izquierda, que son una patología del feminismo, serán los que se convertirán en hegemónicos, lo que repercutirá en una pérdida política, social y moral para todos, mujeres y hombres.

Hay una querencia a abandonar el término feminismo en manos de la izquierda, ya que se identifica en primera instancia con el activismo vinculado a partidos socialistas. Sin ir más lejos, la huelga estudiantil feminista convocada para el pasado viernes se proclamaba "antirracista y antifascista", además de contraria a "la educación franquista" y el pin parental. De modo que, si no quieres involucrarte en manifestaciones donde se ondean banderas de la Unión Soviética, tendrás que desmarcarte del feminismo hegemónico. Por ello algunos plantean que se hable mejor de igualitarismo de género, o cualquier otra formulación que evite mencionar el término feminista. Pero eso sería una claudicación. En la batalla cultural, no solo no hay que dar ni un solo paso atrás, sino que se ha de redoblar la apuesta. Se ha demostrado que el concepto feminismo liberal escuece, así que hay que insistir en el mismo y ahondar en el sectarismo del propio de la izquierda, feminismo de género de Irene Montero, Carmen Calvo y demás miembras de la secta que patrocina la lucha entre hombres y mujeres, así como la androfobia.

Es tal el dominio mediático del feminismo de género que incluso Inés Arrimadas hace una defensa del feminismo liberal, basado en la igualdad entre hombres y mujeres, al tiempo que se hace fotos en las que no aparece ni un solo hombre, asumiendo el dogma de que los hombres no pueden ser feministas sino simplemente "aliados". Entre las mujeres que sí aparecen en la foto del feminismo liberal de Ciudadanos está Marta Bosquet, la consejera de Igualdad de la Junta de Andalucía, que no tuvo ningún reparo en defender, votar y, ahora en el poder, mantener la liberticida Ley de Igualdad que perpetró la siniestra Susana Díaz, además de comparar los asesinatos de mujeres con los cometidos ¡por ETA! El sometimiento intelectual y de imagen de Arrimadas y Bosquet a los dogmas del feminismo de género muestra la fuerza del tsunami desatado por parte de la izquierda para vencer en la batalla cultural.

Aunque el feminismo ha ganado terreno en Europa, Canadá, Estados Unidos y Australia, desde que grandes feministas liberales, como John Stuart Mill y Clara Campoamor, reivindicaron y lucharon por sus derechos, la situación de las mujeres sigue siendo de segunda o tercera clase en gran parte del mundo. El tiro en la cabeza que un talibán propinó a Malala Yusafzai por atreverse a ir a la escuela es un síntoma de la opresión que todavía sufren las mujeres en los países islámicos. Aunque también hay problemas en Occidente. Cientos de trabajadores del periódico de izquierdas The Guardian han pedido la cabeza de Suzanne Moore, una de sus articulistas, por reivindicar que las mujeres-biológicas se deben diferenciar de las mujeres-por-género (trans) en, por ejemplo, prisiones y competiciones deportivas. Ampliar categorías puede ser discutible, pero tratar de silenciar el debate es lo habitual en el feminismo macartista, la seña de identidad de un feminismo de género cada vez más paradójicamente machista en su persecución a mujeres que no se someten a los criterios de la vanguardia del matriarcado. Por el contrario, el feminismo liberal no solo no coarta los discursos, censura a los disidentes y estigmatiza a los que no resultan políticamente correctos en tribunales populistas (de Plácido Domingo a Woody Allen), sino que incentiva la crítica racional, anima la discusión pública desprejuiciada, amplía la ventana de Overton y favorece las soluciones basadas en hechos y no en la ideología. Como muestra el caso de la empresa H&M, donde siete de cada diez jefes son mujeres. Una de ellas lo explica muy bien: "No se trata de ser una líder femenina, sino de ser una líder. Punto". Sin cuotas, sin condescendencia, sin victimismo, sin sobreprotección. Simplemente dejando operar la economía de mercado, cuya dinámica racional opera contra los sesgos antiproductivos, como es el caso del machismo.

Sin embargo, cabe, en primer lugar, celebrar los avances. Y entre todos ellos, precisamente, el de la escolarización femenina. En su libro Factfulness, los Rosling plantean diversas preguntas a distintos grupos de humanos y también a un grupo de chimpancés. En primer lugar, y en referencia a los países pobres, ¿cuántas niñas finalizan la educación primaria? Las posibles respuestas son el veinte por ciento, el cuarenta por ciento y el sesenta por ciento. La segunda pregunta es, respecto al mundo entero, si los hombres de 30 años han asistido al colegio una media de 10 años, ¿cuántos años han ido al colegio las mujeres de esa misma edad? Las posibles respuestas son nueve, seis y tres años. Es revelador que mientras que el 33 por ciento de los chimpancés acertaron la primera cuestión (el sesenta por ciento de las niñas), solo el siete por ciento de los humanos (y el cuatro de los españoles) lo hicieron.

La relevancia crucial de la educación reside en que al tener más formación las mujeres pueden diversificar su fuerza de trabajo, ser más innovadoras y empoderarse en el mercado. Y no hay mejor aliado del feminismo que el capitalismo, pues favorece el crecimiento económico y, por tanto, incrementa la oferta de empleos. También el capitalismo es aliado del feminismo en cuanto que las mujeres forman un nicho de mercado con necesidades y deseos que suponen incentivos a la innovación tecnológica, la ampliación de derechos y las oportunidades de negocio.

Al incrementarse la formación se facilita que las mujeres tomen decisiones sobre sus vidas, como la de tener menos hijos para poder invertir más tiempo, dinero y energía en su educación. Lo que, a su vez, repercutirá en todo el proceso y vuelta a empezar, pero a un nivel superior. A partir de 1970, el mundo cambió radicalmente cuando las mujeres pasaron de tener entre cinco y seis hijos de media a tener solo dos (y medio). La ampliación de los mercados en el capitalismo permitió que millones de mujeres encontraran trabajo. Por otro lado, y de manera complementaria, la tecnología (de los anticonceptivos a los productos de higiene íntima) permitió a la mujer mucha más autonomía tanto moral como política y económicamente. El incremento de la riqueza ya no presionó a las familias a desembarazarse de las niñas, y las mujeres además pudieron asistir a clase tanto como los hombres, ya que han estado escolarizadas una media de 8,79 años, por 9,32 años los hombres.

Frente al feminismo de género, que pretende imponer una ingeniería utópica de carácter autoritario y condescendiente –por ejemplo, tratando de que las mujeres elijan carreras académicas no por sus preferencias sino por sesgos estadísticos de grupo–, el feminismo liberal defiende que las mujeres sigan sus preferencias sin que tengan que soportar a los comisarios religiosos tradicionales y las activistas políticas habituales diciéndoles lo que tienen que hacer. Y es que el problema fundamental en Occidente es que el feminismo hegemónico ya no está en manos de humanistas sino de activistas. Ya no está en el lado ilustrado de la Historia sino en el reverso de la postverdad. En lugar de volcarse en el feminismo alarmista, incentivado para dar más poder a las burócratas, no a las ciudadanas, se trata de hacer reformas moderadas que estén al servicio de unas necesidades específicas y no de los prejuicios ideológicos de las iluminadas de turno. A más feminismo liberal humanista, menos feminismo activista de género.

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