El púgil que escribía versos

Emilio Campmany

Soy hijo de Jaime Campmany. Y por eso, de crío, tuve la suerte de conocer a Manolo Alcántara. Los dos fueron grandes amigos, poetas, periodistas y buenos conversadores. Cualquiera podía, si quería, leer lo que escribieran, pero muy pocos oír lo que hablaban. Uno de esos pocos fui yo. A mí me gustaba estar en las conversaciones de los mayores. Me dejaban con dos condiciones, que me ocupara de las copas y del café y que no abriera la boca. Escaso peaje para tan gran privilegio.

Entre los muchos amigos de mi padre, yo tenía a mis ídolos, Pedro Crespo, Adriano Gómez-Molina, Juan José Rosón… y tantos otros. Uno de ellos era por supuesto Manolo Alcántara. A veces boxeaba conmigo, jugando, y yo apreciaba la profesionalidad de los gestos. Otras, se dirigía a mí como si fuera un adulto, un igual y me encumbraba a la conversación de los mayores tras recibir permiso de mi padre mediante una mirada condescendiente. Se hablaba de todo y también de política, claro, y de políticos, naturalmente. Pero lo que yo recuerdo, lo mejor de Manolo Alcántara y de otros, pero muy especialmente de él, era el desapego, el alejamiento, la distancia, que, a veces, se transformaba en ingeniosa crueldad y otras, las menos, en indulgente compasión. El asunto del día no era más que eso, el asunto del día. Mi padre y él se reían de los engolados periodistas que escribían ex catedra, ignorantes de que su artículo no iba a ser enmarcado ni colgado en ninguna pared sino que estaba destinado a envolver el pescado al día siguiente. Para ellos, unos y otros, políticos de aluvión y periodistas de pomposa escritura, no eran más que artificios de una noche, petardos rompiendo el silencio, nada digno de recordar. La poesía era otra cosa. Pero no la de ellos, sino la de los poetas que admiraban, dando igual desde qué trinchera hubieran escrito. En ellos era natural eso que los escritores de izquierdas no hacen nunca, reconocer el talento donde estuviera.

Manolo Alcántara era un gran columnista, el último de una gloriosa generación. Fue también un gran poeta, un notable púgil, además de un magnífico cronista de boxeo. Pero, sobre todo, fue un gran conversador, que es como decir un gran observador de la vida, para recibir con naturalidad lo bueno que ésta trae y despreciar sin aspavientos las muchas estupideces y vanidades ridículas con las que viene. Su manera de entender la vida, la política, y todo se puede fácilmente conocer si cuento que, durante una acalorada discusión acerca de la escasez o abundancia de talentos de no recuerdo quién para ocupar tras una crisis de Gobierno no sé qué cartera, Alcántara redujo la cuestión a su natural irrelevancia preguntando: "A ver, ¿quién era ministro de Agricultura cuando Antonio Machado escribió Campos de Castilla?". Y tenía razón. Hoy, si mi padre me hubiera dado permiso con su severa mirada, yo le contestaría con otra pregunta: "¿Y quién era ministro de Industria cuando Cebrián escribió La rusa?". Seguro que Manolo me habría mirado con sus diminutos ojos centelleantes y, tras chasquear la legua sonriendo de soslayo, me habría pedido que le preparara otro gin-tonic de Larios.

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