Sánchez copia a Mitterrand y parte a las derechas

Pedro Fernández Barbadillo

Como casi toda innovación electoral, los debates entre candidatos en televisión comenzaron en la patria de la democracia de masas: Estados Unidos.

La campaña electoral de 1960 mostró la novedad de los debates directos entre los candidatos de los dos principales partidos, el vicepresidente Richard Nixon y el senador Jack Kennedy. En esa misma década aparecieron los anuncios políticos, del que el más conocido es el emitido por la campaña de Lyndon Johnson contra Barry Goldwater: la margarita. Un ejemplo de cómo la progresía recurre al miedo para movilizar al electorado.

En los 80, los debates más célebres fueron los que tuvieron como protagonista a Ronald Reagan frente a James Carter y Walter Mondale. Reagan mostró un sentido del humor que rompió entre mucha gente la imagen de los republicanos construida a partir de Nixon como gente hosca y áspera.

En los 70, los debates llegaron a Europa continental. François Mitterrand protagonizó varios, contra Valery Giscard d’Estaing y Jacques Chirac. En 1974, Giscard le espetó "usted no tiene el monopolio de la generosidad", frase que arrojó al barro a la soberbia de la clase moralmente superior. Chirac se negó a sentarse frente a Jean Marie Le Pen en la segunda vuelta de las presidenciales de 2002. En cambio Emmanuel Macron aceptó el duelo con Marine Le Pen en 2017, donde la preparación del 'enarca', financiero y ministro ridiculizó la propuesta de la candidata del FN de sacar a Francia del euro.

Rajoy, el más voluble

En España los primeros debates los realizaron en la campaña de 1996 Felipe González y José María Aznar. Después, han dependido de los intereses de quien ocupa la presidencia del Gobierno, ya que en nuestro sistema político la partitocracia decide cuáles son los derechos de los ciudadanos.

Mariano Rajoy se negó a debatir con el candidato Rodríguez Zapatero en la campaña de 2004, pero en la 2008 éste, ya presidente, aceptó pelear con el gallego. En 2015, Rajoy se escabulló y mandó a un inédito debate entre cuatro a su mujer de confianza, Soraya Sáenz de Santa María, contra Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. En 2016, Rajoy cambió de opinión, por lo que hubo dos enfrentamientos con Sánchez y otro a cuatro.

Estos debates, que se preparan con la minuciosidad de un viaje espacial, no tienen la importancia que los políticos y, sobre todo, los periodistas y los consultores, les atribuyen. Son como los debates parlamentarios, donde el orador sabe que no va a convencer a los diputados de los otros partidos que le escuchan, que luego se limitarán a apretar el botón siguiendo la señal del jefe de bancada, y por ello pronuncia frases para los titulares de los telediarios y los periódicos. Los objetivos de los políticos intervinientes en los debates televisivos se limitan a reforzar a los adictos y persuadir, o al menos a no desagradar, a los indecisos que pretenden captar.

Estos debates se han convertido en una exhibición de impostura cuando se ve a los candidatos saltar de un asunto a otro como los prestidigitadores con sus trucos. Según toque hablar de agricultura, fiscalidad, defensa, directivas comunitarias o marina mercante, los políticos rebuscan en su carpeta para sacar el argumentario que le ha preparado su equipo y pronunciarlo con la mayor convicción.

Lo más importante, en mi opinión, es que los candidatos se creen un marco. El candidato gobernante aspira a mantener respetabilidad y seriedad, mientras que el aspirante pretende asentarse como una persona merecedora de confianza, con carácter y que no es una creación de una consultora de comunicación. Por eso, como en los 'combates del siglo', el aspirante o desconocido sale al ataque y quien defiende el título o el palacio suele ponerse a la defensiva esperando que los nervios del rival le permitan un golpe a la barbilla o una frase demoledora.

El PSOE, el 'voto útil' para parar a Vox

¿Por qué Pedro Sánchez abandona RTVE, "la televisión de todos", y coloca a Santiago Abascal, candidato de VOX, en un debate a cinco en una cadena privada? Es una maniobra política, copiada de la que realizó el socialista François Mitterrand en los años 80, recién llegado a la presidencia de Francia. Éste se planteó cómo mantenerse en el poder indefinidamente y la solución consistió en inflar un partido de extrema derecha que le quitase votos a la derecha. Por eso, el Elíseo ordenó a los medios de comunicación públicos que invitasen a sus debates a Jean-Marie Le Pen, un político tan fracasado que ni había podido presentarse a las elecciones presidenciales de 1981.

En 1983, Le Pen empezó a aparecer en las televisiones, como Pablo Iglesias 30 años más tarde, donde expuso sus soflamas contra la inmigración y la delincuencia. El resultado fue que en las elecciones al Parlamento Europeo de 1984 el FN sacó el 10% del voto. Más tarde, la izquierda hasta cambió la ley electoral para la Asamblea por un sistema proporcional que dio al FN 35 diputados.

El plan de Sánchez y sus asesores Iván Redondo y José Félix Tezanos es el siguiente. En primer término se quiere presentar al PSOE como el 'voto útil' de la izquierda entera, para salvarla del ogro Abascal, que viene a suprimir subvenciones a los chiringuitos y mantener las corridas de toros. "Si no quieres a un pupilo de Trump en el Estado español, vota a Sánchez" será el mensaje subliminal del debate, que puede acabar de hundir a Iglesias, cuyos votantes declaran en las encuestas más animadversión y hasta odio contra Vox que el que le tienen los socialistas. La 'alerta antifascista' decretada por Iglesias se está volviendo en su contra. Si el enemigo está a las puertas, corramos a cerrarlas y quien tiene las llaves es Sánchez.

En segundo término, Moncloa quiere dificultar la ‘alianza andaluza’. Pablo Casado y Albert Rivera serán colocados en la posición más incómoda. Estarán obligados a vigilar sus mensajes y palabras para, por un lado, no quedar como ‘fachas’ si coinciden con Abascal en asuntos como la violencia de género, el golpe de estado en Cataluña, o la memoria histórica; o, por el otro, desorientar a su electorado al coincidir con la izquierda en una defensa de las políticas y consignas culturales que han irritado a la derecha en estos años. ¿Qué pueden decir Casado y Rivera sobre la cuestión de las verjas de Ceuta y Melilla?, ¿reforzarlas como pide Vox o desmantelarlas como reclama la izquierda? Es el fruto de carecer de ideas propias durante años.

Si los candidatos de PP y CS plantan cara al discurso progre, todavía hegemónico en España, pasarán por ultra-derecha; pero si se someten a él, como hacen en las entrevistas de La Sexta, darán la razón a Abascal cuando les llama "derechita cobarde" y "veleta naranja". El riesgo para ellos de no ganar nada y perder una cantidad apreciable de votantes es alto. En cambio, para Abascal, el hecho de estar ahí, sin tener un solo parlamentario en el Congreso, supone una victoria.

En resumen, Sánchez y Abascal acuden al debate como ganadores e Iglesias como derrotado. Casado y Rivera se presentan nerviosos como jóvenes en su primera entrevista de trabajo, a la que van porque su madre les ha llevado.

El entierro de la izquierda

Pero las consecuencias de la decisión de Sánchez se sentirán en los próximos meses.

La primera lección que se saca del estudio de la historia es que casi nadie saca lecciones de la historia. El cínico experimento de Mitterrand resucitó el FN y hundió a la izquierda francesa, primero al PCF y ahora al PSF. En 2002, Le Pen echó de la segunda vuelta al candidato socialista. Y después de las elecciones de 2017 el Partido Socialista, que quedó quinto en las presidenciales, tiene solo 29 diputados en la Asamblea.

Estamos viendo que en Francia, Alemania, Holanda, Austria y Suecia la socialdemocracia se está aplicando la eutanasia. También en España.

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