Claude Lanzmann: Solo existe la vida

Santiago Navajas

Ha muerto Claude Lanzmann a los noventa y dos años de edad. Cineasta francés de origen judío fue uno de los documentalistas más importantes del siglo XX. En la lista de la revista Sight and Sound su obra más importante, Shoah (1985), aparece en segunda posición solo por detrás de El hombre de la cámara de Vertov. Shoah es un documental apasionante de más de nueve horas de duración en el que se alternan testimonios de "resucitados" (como llama Lanzmann a los supervivientes de los campos de concentración), planos de los paisajes que rodeaban a dichos campos y entrevistas "robadas" con cámara oculta a algunos dirigentes nazis. Es famoso un travelling desde el vagón de un tren que pasa junto a un polaco que hace un gesto pasándose la mano por el cuello. Algo así es posible que vieran los que iban al exterminio sin saberlo.

Eso sí, en Shoah no hay ni documentales de archivo ni fotografías de la época porque Lanzmann era un furibundo enemigo de las imágenes que captaron el horror. Un iconoclasta ideológico. Cuando se estrenó en Madrid, en una sala comercial en 1988, un grupo de fascistas organizó una batalla campal a la puerta del cine y al día siguiente hubo que interrumpir otra proyección por un aviso de bomba. Hoy, por el contrario, se ha convertido en un "monumento" de tal prestigio que ha llevado al típico crítico a la tópica petición de hacerlo "de visión obligada en los colegios de cualquier parte para críos de cierta edad". Nueve horas de documental a ritmo pausado quizás no solo sea excesivo para adolescentes acostumbrados más bien a videojuegos que a películas en blanco y negro, sino que el propio Lanzmann propuso ponerse en la puerta de lo cines para preguntar a los espectadores si iban a ver la película por algún tipo de "obligación", y que si la respuesta fuese que sí, él mismo les prohibiría la entrada.

Narcisista en grado sumo, Lanzmann se tenía en muy alta opinión. Y lo cierto es que su curriculum era impresionante: jefe de Les Temps Modernes en tiempos de Jean Paul Sartre, le gustaba alardear de que había sido amante de Simone de Beauvoir unos años (la madura existencialista le escribía "Chéri, mi amor absoluto, mi niño adorado, no hay palabras para describirte mi amor"). Por cierto, vendió este mismo año a la Universidad de Yale las cartas que le envío la filósofa porque las leyes francesas de herencia las pondrían en manos de la hija de la Beauvoir, a la que Lanzmann odiaba. De esas compañías extrajo una manera de discutir tan intempestiva que resultaba vulgar y maleducada, así como unos puntos de vista teóricos desde el punto de vista cinematográfico y político que resultaban fanáticos y superficiales. Por ejemplo, su negativa a mostrar imágenes explícitas del Holocausto que habría que dejar, según él, "en off". Tesis que refutó Alain Resnais en otro de los grandes documentales sobre el genocidio judío: Noche y niebla. También pretendía que no había que intentar explicar las razones que llevaron a los nazis al poder y a Hitler a cometer el asesinato masivo, como si explicar y comprender fuesen sinónimos de justificación.

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Lanzmann y Benjamin Murmelstein

Todo ello revelaba una fascinación de Lanzmann por las imágenes al mismo tiempo ingenua y supersticiosa. Lo que le llevó a realizar otro documental monumental. En El último de los injustos (2013) Lanzmann charla amigablemente durante más de tres horas con la personalidad poliédrica, fuerte e inteligente de Benjamin Murmelstein que fue hasta el final uno de los miembros del Consejo Judío de administración del campo que eran tan odiados por los propios judíos que el rabino de Roma le negó el permiso para ser enterrado en tierra judía. Murmelstein se zafa hábilmente del interrogatorio, por otra parte amable, del cineasta francés, que intercala paseos suyos contemporáneos por los lugares relacionados con el campo de concentración o con escenas de la vida judía, como el canto del Yom Kippur, la fiesta del perdón judía. Murmelstein, realista y consecuencialista, pragmático y utilitarista, se compara a sí mismo con un dinosaurio y con Sancho Panza. Al tipo le encanta hablar entre el narcisismo y la prosopopeya. Lanzmann, que no es un prodigio de modestia y humildad, parece contagiarse de la egolatría de Murmelstein y rompe con uno de sus dogmas: dejar que las imágenes hablen por sí mismas y se convierte en co-protagonista de este proceso de beatificación del que fue considerado casi universalmente un demonio.

Lanzmann no creía en la "otra vida". Contaba en una entrevista que los judíos del Sonderkommando (batallón de trabajo) de Auschwitz enterraron un diario escrito en yiddish del horror en los campos. Uno de ellos se preguntó por qué seguir viviendo en esas circunstancias terroríficas y se responde: "porque el mundo entero vive. Solo existe la vida". Y precisamente así hizo que titularan en la televisión francesa un documental sobre su vida: "Sólo existe la vida". Ha muerto un día después de que se hubiese proyectado Las cuatro hermanas, testimonios que no encontraron hueco en el original Shoah. Será sin duda un magnífico epílogo a una vida extraordinaria.

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