Los pecados capitales revisitados

Amando de Miguel

Los teólogos de la Edad Media, culminando con Santo Tomás, recogieron la tradición del cristianismo primitivo y acuñaron definitivamente los siete pecados capitales. Se llaman así no porque sean especialmente graves, sino porque son el fundamento de otros muchos vicios más concretos. Hoy los llamaríamos básicos, y la verdad es que siguen estando vigentes. No hay que ampliar el número mágico de siete.

Aparte de teologías, lo que hoy compete a la grey mundana es redefinir los famosos siete pecados y aplicarlos a la vida colectiva. Apasionante tarea.

El pecado de soberbia es el típico de los que mandan en todos los terrenos (ahora se dice "ámbitos"). También se pueden aplicar a los que aspiran a mandar, que son legión. Parece que el gran objetivo de la vida activa es tener a alguien por debajo del sujeto. Cualquier ascenso en la escala ocupacional se manifiesta en sobresalir por encima del escalón inferior de subordinados, colaboradores, asesores, ayudantes, etc. El soberbio gusta de ser reconocido por los demás como ocupante del ápice de una pirámide, aunque sea modesta. Las ínfulas de la vanidad se manifiestan hoy en el uso de los artefactos más sofisticados de comunicación, el último modelo. No se trata tanto de vivir bien, sino de que los demás nos reconozcan en esa posición de pequeño privilegio. Se puede manifestar en el gusto por exhibir las marcas de los productos que se consumen, desde la ropa al coche.

La avaricia parece un pecado raro, literario, prepóstero. La población actual lo que quiere es gastar, no atesorar. Pero el verdadero placer, hasta llegar a lo morboso, está hoy en la conducta sistemática de comprar más barato que los demás. Ese suele ser el motivo oculto de muchos viajes turísticos, de jugar a la bolsa, de aprovechar las rebajas.

La lujuria es un deseo irrefrenable de satisfacer la sexualidad, el placer del tacto. En nuestro tiempo se ha generalizado, hasta el punto de que se confunde la sexualidad con el sexo. No hay novela, película o cualquier otro género de entretenimiento que no explote el impulso de la sexualidad. La permisividad en este campo es más alta que nunca. Sin embargo, sigue existiendo la prostitución, hoy más floreciente que en otros tiempos. Es una paradoja difícil de explicar.

La ira es la versión clásica de lo que hoy entendemos mejor como violencia, sea verbal o física. Es otro elemento que penetra en muchos argumentos de ficción. Hay formas soterradas de violencia muy generales, pero a las que no se les concede atención. Por ejemplo, la que se ejerce contra los inmigrantes o las personas mayores.

La gula parece un vicio antiguo, cuando predominaban las hambres generalizadas. Hoy se concreta en la obsesión por las exquisiteces culinarias hasta un punto de afectación o de ridículo. La ambición de llegar a ser un cocinero famoso es el equivalente actual de la ilusión de antaño por ser ingeniero o pertenecer a un gran cuerpo del Estado.

Se ha dicho que la envidia es el pecado más característico de los españoles, y es verdad. Es un extraño pecado que no parece que produzca placer alguno, pero, si bien se mira, el vicio está en percatarse de que los demás le envidien a uno. Otra manifestación es la creencia muy general de que, si uno se enriquece, lo hace necesariamente a costa de los demás.

La pereza o desgana resulta consustancial con el aumento del nivel de vida. El ideal de los españoles de hoy es esforzarse lo menos posible (fuera del deporte) y ganar lo máximo. El ejemplo extremo es el de la corrupción política o empresarial.

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