La codicia, mal del siglo

Amando de Miguel

La lista de los siete pecados capitales debe de tener algunos miles de años. Nadie ha intentado ampliarla. Resulta bastante completa. Hay uno de ellos, la codicia, que goza de una gran popularidad. No olvidemos que los pecados capitales lo son porque producen ciertas satisfacciones. Es evidente la de enriquecerse, hacer dinero. Pero la codicia empieza verdaderamente cuando los ricos quieren serlo más. No desean tener más dinero para gastarlo, pues a partir de cierta cantidad ya no hay forma de adquirir más cosas. Algunos ricos se vuelven codiciosos porque se comparan con otros que tienen más dinero. Como es lógico, los contrastes no terminan nunca. El ansia de la codicia seguramente se acrecienta con el divorcio, con la sensación de fracaso en otros aspectos de la vida.

En nuestros días aumenta peligrosamente el instinto de codicia, las continuas comparaciones con los que tienen más recursos. Si jugamos a la lotería o equivalentes, si soñamos con dar algún pelotazo, es para lograr lo que otros no tienen. La codicia es una manifestación de la necesidad de que los demás nos reconozcan. Es muy legítima, claro está, pero lo malo es cuando resulta tan fuerte que se desatiende la ilicitud de los medios para satisfacerla.

Naturalmente, hay diversos criterios para manifestar la desigualdad humana. Antes contaba más la estirpe, el apellido, la herencia, la raza. Pero ya dijo el sabio de Sancho Panza: "Dos linajes hay en el mundo que cuentan sobre los demás: el tener o no tener"; se entiende, dinero, propiedades. ¡Qué no será hoy! Uno ya no es nadie si no tiene alguna cuenta bancaria en otro país, a poder ser en algún paraíso fiscal. Lo fundamental no es tener como hacer ver que uno posee más que los demás. De ahí la importancia de lo que se llama consumo ostentarorio, es decir, para distinguirse. Por eso se exhibe la marca del coche o de la ropa. Por eso se envía a los hijos a aprender inglés a otro país. Por eso las vacaciones se convierten en un gasto necesario. Mi impresión es que la mayor parte de los viajes de ocio se producen para que vean los demás que han tenido lugar. En su día se inventó la tarjeta postal para lograr ese fin. Hoy es más práctico el enviar fotos desde los sitios lejanos a las personas cercanas, además, en tiempo real. Así se da mucha más envidia, que es de lo que se trata. Se me olvidó decir que los siete pecados capitales están todos relacionados entre sí. Todos proceden de la cápita, de la cabeza; son pecados de pensamiento.

Una consecuencia necesaria de todo lo anterior es el auge de la corrupción política, esto es, servirse de los recursos del erario para enriquecerse personalmente. Siempre ha existido, claro está, pero hoy alcanza cotas desusadas. Primero, porque cada vez hay más de donde robar. No es casualidad que todos los partidos políticos se empeñen en aumentar el gasto público, incluso aunque digan lo contrario. De hecho, sigue subiendo constantemente desde hace más de un siglo. La coartada es que así se cubren mejor los gastos sociales. Hay otra razón más sutil. La corrupción se generaliza porque no merece un gran castigo social. La pueden criticar sinceramente los partidos o grupos que no han llegado al poder; pero, en cuanto se aproximan a él, se contraminan. Está en la naturaleza de las cosas, en las mentalidades dominantes.

La codicia y otros males son consecuencias menores de una crisis mucho más general que la que se dice económica. Es una crisis moral. Simplemente, muchos no hacemos siempre lo que debemos. Recordemos la arenga de Nelson en Trafalgar: "Que cada uno cumpla con su deber". Tendríamos que ponerla en práctica más a menudo, aunque resulte molesta.

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