Oliver Sacks, el neurólogo humanista

Santiago Navajas

Cuando cumplió dieciocho años su madre le regaló una declaración de desprecio. Le dijo que era una abominación y que ojalá no hubiera nacido. No, no era la madre de Jack el Destripador sino de Oliver Sacks. Y su crimen, su pecado, era ser homosexual. Corría el año 1946 en Londres. Eran malos tiempos para los derechos de los gays. Seis años después Alan Turing fue condenado por serlo a sesenta años de prisión y a ser castrado químicamente. El genio de las matemáticas que había descifrado el código Enigma durante la II Guerra Mundial terminó suicidándose comiendo una manzana rellena de cianuro. Hasta 1994 el gobierno del Reino Unido no excluyó la homosexualidad de la clasificación de enfermedades, siguiendo a la Asociación Psiquiátrica Americana que había eliminado el término de su manual de referencia, el DSM III, en 1986. Un poco después, en 2013 la reina Isabel II concedió el perdón a Turing por una sentencia "que ahora sería considerada injusta y discriminatoria".

Sacks se decantó por la neurología quizás porque era, junto con la psiquiatría, la rama de la medicina donde mejor podía conciliar su gran pasión, la ciencia, con su natural tendencia humanista. La herida que le infligió su madre por su condición sexual estuvo durante mucho tiempo abierta. Adicto durante parte de su vida a diversas drogas hizo de la necesidad, virtud y cuando lo declararon incapaz para la investigación en neurología se volcó en el tratamiento clínico de los pacientes de enfermedades mentales.

Decía mi profesor de matemáticas en el instituto que no es igual morir que perder la vida. Oliver Sacks ha muerto a los 82 años de un cáncer. Pero su vida ha sido un camino largo, pleno de aventuras, pleno de conocimientos. Se ha hecho famoso por sus relatos de casos clínicos, desde un hombre que confundía a su mujer con un sombrero al niño autista que no olvidaba absolutamente nada, pasando por el asesino que no recordaba nada de su crimen o el hombre que sobrevivió al rayo que lo convirtió en un genio de la música. O él mismo, cuando a raíz de un accidente de montaña era incapaz de reconocer su propia pierna como suya.

Fueron los críticos los que mejor vieron sus puntos débiles: su tendencia al protagonismo, a potenciar el relato emocional por delante del análisis clínico, y a ser tan compasivo y emocionante que a veces se parecía más a un relato de ficción de Haruki Murakami que a un caso médico de su admirado Alexander Luria. Sólo que como en el caso de su paso de la investigación a la clínica, Sacks era un maestro en convertir sus círculos viciosos en virtuosos.

Su nivel de empatía era muy alto. A su capacidad de escucha se le unía un gran potencial de ponerse con la imaginación en el lugar de los "otros": los dañados, los estropeados, los perdedores en la lotería de la enfermedad mental. Era capaz de ponerse en su lugar porque también él había sufrido la mirada de rechazo por ser "diferente". Por otra parte, transmitía a sus pacientes una fuerza de vivir a pesar de estar marcados por el estigma de lo que la mayoría considera ser una abominación. Había comprendido que la enfermedad puede ser un estado tan vital como el de la salud. Que al igual que en el póker, el éxito no reside tanto en la bondad de las cartas que te toquen en suerte como en el aplomo, la audacia y la astucia a la hora de jugar cada mano.

Pero la clave definitiva de la superioridad de Sacks residía en su visión filosófica de la enfermedad. Una visión que no era nada ingenua ya que se basaba en un profundo conocimiento de las investigaciones filosóficas sobre esa cosa llamada mente de Hume, Spinoza, Kierkegaard o William James. Lo que mejor caracterizaba a Sacks era ser un "open-minded", alguien con la mentalidad suficientemente abierta para no ver en los enfermos neurológicos abominaciones sino prodigios. Unos prodigios dolientes que, sin embargo, a pesar del sufrimiento interior y el rechazo exterior, luchaban para mantener una identidad a lo largo del tiempo y en contra de aquello que amenazaba con desintegrarlos. Cuando de la mano de Sacks nos introducimos en el mundo del autismo, el síndrome de Tourette, el mal de Capgras y otros trastornos neurológicos en lugar de sentir horror insano o piedad condescendiente nos sentimos como Miranda en La tempestad

"¡Oh, maravilla! ¡Cuántos seres admirables hay aquí! ¡Qué bella humanidad! ¡Ah, gran mundo nuevo que tiene tales gentes!"

La obra de Sacks es, bajo su apariencia de cuentos de hadas para adultos, radicalmente revolucionaria. Porque trata de normalizar al que era considerado por la sociedad como un freak pero sin necesidad de cambiarlo. La tarea es hacer ver a los "normales" que no sólo hay dignidad en los que son diferentes sino que en ocasiones su discapacidad tiene tanto potencial creativo como, digámoslo así, las facultades del tipo "estándar":

"Hay defectos, enfermedades y trastornos que pueden desempeñar un papel paradójico, revelando capacidades, desarrollos, evoluciones, formas de vida latentes, que podrían no ser vistos nunca, o ni siquiera imaginados en ausencia de aquéllos. Es la paradoja de la enfermedad, en este sentido, su potencial "creativo""

Al final, no fueron las drogas ni el psicoanálisis lo que consiguió que Sacks reuniese las piezas de una identidad torturada sino el amor. Encontró en el escritor Bill Hayes una persona con la que compartir sentimientos, diálogos, gustos y pasiones. Alguien al que confesar que amaba su rostro, su cuerpo, su mente y su poesía. Y recibir una respuesta en reciprocidad. No sabemos cuáles fueron sus últimas palabras pero sospecho por sus últimos artículos que como en el caso de Ludwig Wittgenstein, otro filósofo al que conocía muy bien y que también padeció en secreto la incomprensión por su identidad sexual, estas pudieron ser: "Decidles que he tenido una vida maravillosa".

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