Aturullamiento y confusión

Amando de Miguel

Se suele presumir que el lenguaje se troqueló para comunicarnos cada vez mejor. No es verdad. Mediante las palabras logramos confundir al interlocutor, cosa que a veces nos conviene. En la vida pública esa operación es continua; llega a unos grados de refinamiento escandaloso. Me detengo en un una sola ilustración.

Existen algunas parejas de verbos muy comunes con dos versiones. La primera (A) nos habla de una acción en el grado de intención, de disposición. La segunda (B) nos comunica el resultado. Son dos planos diferentes; por eso coexisten los dos verbos. El problema está en que, cuando el hablante quiere decir A, algunas veces dice B. En cuyo caso, el caos está asegurado. La operación es tan común que ni nos damos cuenta. Ejemplos.

Tenemos los verbos escuchar (A) y oír (B). Claramente, significan dos cosas bien distintas. No hace falta que las aclare. El problema está en que empleamos un verbo por otro, sin caer en la cuenta de la posible confusión. Por ejemplo, mi teléfono de casa tiene algún defecto de potencia o de lo que sea. El hecho es que el interlocutor me dice muchas veces: "Te escucho mal". Me dan ganas de contestar: "Pues escúchame con más atención y me oirás mejor". La acción de oír es el resultado de escuchar y de otras circunstancias. Por ejemplo, los que somos un poco tenientes del oído escuchamos con todo nuestro interés, pero cuando hablan varios al mismo tiempo oímos mal. En la vida pública española se está perdiendo la facultad de escuchar. Se oyen campanas y no se sabe de dónde procede el sonido. Prácticamente ha desaparecido el verbo oír, sustituido por escuchar.

Otra pareja confusa es la de mirar (A) y ver (B). En un museo los turistas cansados puede que vean las piezas, pero no las miran. Lo mismo pasa con muchos programas de televisión. Recuerdo un chiringuito de mi pueblo en donde nos reuníamos a comer algunos amigos. El salón lo presidía una tele con pantalla gigante, dispuesta seguramente para ver partidos de fútbol. Éramos los únicos comensales en el salón. Entre las imágenes y el ruido, la tele nos impedía conversar a gusto. Suplicamos al camarero que apagara el receptor. El argumento era sencillo: "Total, nadie lo está mirando". No hubo manera. Aunque nadie mirara la tele, había que verla.

A los niños pequeños (los llamados "más pequeños", no sé por qué) les cuesta mucho aprender la distinción entre buscar (A) y encontrar (B). Una vez más, les interesa el resultado, no el esfuerzo. Los adultos sabemos que para encontrar el dato adecuado en la señora Google hay que saber buscarlo.

Más grave es la confusión entre querer (A) y poder (B). En el terreno político es muy común la falsa equivalencia entre esos dos términos. La cantinela de "Sí, se puede", en realidad quiere decir que la petición se refiere a lo que quieren, aunque sea la Luna. Nada menos que hay un partido llamado Podemos. Mejor sería la etiqueta de Queremos. En la literatura fascista se empleaba mucho el verbo querer, es decir, la intención, la voluntad. Pero la voluntad no mueve montañas. Resulta voluntarista y pueril confundir lo que se desea con lo que se puede conseguir.

Ya no tengo espacio para comentar otro par de verbos, que hace las delicias al hablar con los catalanes. Es la confusión entre quitar (algo que está puesto) con sacar (algo que está metido). Hay más. Los zamoranos confundimos tirar (transitivo) con caer (intransitivo). No es lo mismo, claro.

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