Conferencia de Yalta

Los argonautas ingenuos

Emilio Campmany

A finales de 1944, Stalin ya tenía de sus aliados capitalistas cuanto podía desear. Lo que más había esperado de ellos era que abrieran a Hitler un segundo frente occidental que aliviara al Ejército Rojo de tener que soportar solo todo el peso de la guerra. Lo ideal habría sido que el desembarco de Normandía hubiera tenido lugar en la primavera de 1943. No pudo ser y en la Conferencia de Teherán (noviembre y diciembre de 1943) Churchill y Roosevelt se comprometieron a que el ansiado segundo frente se abriera durante la primavera del año siguiente, como así fue. De forma que, a finales de 1944, Stalin no tenía ningún interés en negociar nada con las grandes potencias burguesas.

Sin embargo, esas dos grandes potencias burguesas sí tenían mucho que negociar con su aliado anticapitalista. Ocurría sin embargo que ambas tenían objetivos muy diferentes. Churchill estaba desesperado. El Ejército Rojo avanzaba y amenazaba con llegar al Mediterráneo, desde donde la flota soviética amenazaría la ruta principal por la que Gran Bretaña se comunicaba con su imperio, a través de Suez. Para evitarlo, había propuesto a Roosevelt abrir un tercer frente desde el Mediterráneo dirigido formalmente a derrotar a Alemania, aunque realmente concebido para detener el avance ruso. Roosevelt se negó y la ansiada cumbre para negociar con Stalin no se convocaba. Harto de esperar, viajó a Moscú en octubre para negociar directamente con el líder comunista. Hacerlo sin la presencia de Roosevelt tenía la ventaja de poder hablar abiertamente de "esferas de influencia", cosa que el presidente norteamericano nunca habría permitido. Así fue como Churchill salvó a Grecia a cambio de Rumanía y Bulgaria. Para Yugoslavia y Hungría pactaron una influencia pareja, aunque luego ambas fueron sometidas a un régimen comunista, hasta cierto punto independiente en una y totalmente sometido a la URSS en la otra. No se pusieron de acuerdo sobre Polonia porque Churchill no podía abandonar a la nación por cuya defensa Gran Bretaña había entrado en guerra y Stalin no estaba dispuesto a renunciar a la seguridad estratégica que le proporcionaba dominarla. Evitada en principio la amenaza soviética sobre el Mediterráneo, quedaba para Churchill pactar un mapa de Europa en el que hubiera, como secularmente había sido el objetivo de Gran Bretaña, un equilibrio de poder que impidiera que ninguna potencia del continente fuera más poderosa que el resto. Para lograr un equilibrio de poder estable era necesario fortalecer Polonia y que pudiera ser contrapeso de Rusia. Ese sería el principal objetivo de Churchill en Yalta, arrancar de Stalin el permiso para que naciera una Polonia fuerte y democrática, una manera muy adecuada de que los ingleses cumplieran su compromiso con Polonia a la vez que defendían sus intereses nacionales.

El problema era que Roosevelt, como buen heredero del idealismo wilsoniano, no quería saber nada de defender la subsistencia del imperio británico, imponer un equilibrio de poder o repartirse esferas de influencia con nadie. Sus objetivos eran muy distintos a los de Churchill. Por un lado, estaba Japón. Roosevelt confiaba en derrotar al imperio nipón, pero creía que la intervención rusa le ahorraría las vidas de muchos miles de marines. Stalin ya se había obligado a declarar la guerra a Japón en el momento en que Alemania estuviera derrotada, pero el presidente norteamericano deseaba un compromiso más formal. La otra cuestión que preocupaba a Roosevelt era el futuro de las Naciones Unidas. Era esencial que en su creación participara la Unión Soviética, pues de otro modo la institución nacería coja. La URSS tenía que cumplir la misión de policía del mundo junto con sus dos aliados y China y su rechazo impediría a los otros serlo eficazmente.

En esta situación, no es de extrañar que los dirigentes de las potencias burguesas estuvieran empeñados en celebrar una cumbre y que el zar rojo diera largas negándose a viajar a ningún lugar de los muchos que los aliados propusieron. Al final, Churchill y Roosevelt consintieron viajar hasta la propia Unión Soviética con tal de que hubiera cumbre. El lugar propuesto por Stalin fue Yalta, en la península de Crimea, donde la guerra había respetado algunos edificios nobles de la época de los zares. Cuando Churchill supo que tendrían que viajar hasta allí se consideró a sí mismo y a su socio norteamericano como los nuevos argonautas que tendrían que atravesar, como Jasón, el Mar Negro hasta dar con el vellocino de oro. Cuando terminó la cumbre, ambos mandatarios occidentales creyeron que su misión había sido un éxito. Después se vio que el vellocino que Churchill y Roosevelt se llevaron a Londres y a Washington no era precisamente de oro.

Por supuesto, Stalin renovó su compromiso de declarar la guerra a Japón transcurridos dos meses desde que Alemania fuera derrotada a cambio de la anexión de las islas Kuriles y el resto de la isla de Sajalín, al sur de lo que ya poseía la URSS. También se obligó a participar en la ONU y renunció a imponer que cada república soviética tuviera un voto en la Asamblea General. A pesar del desprecio que sentía por Francia desde que vio el poco tiempo que tardaron los alemanes en derrotarla, consintió que hubiera cuatro en vez de tres zonas de ocupación de Alemania para que una de ellas fuera entregada al país galo.

La discusión más espinosa se produjo por tanto a cuenta de Polonia. Churchill insistió en defenderla por las razones expuestas y el wilsoniano Roosevelt no podía consentir ninguna solución que no fuera aprobada por el pueblo polaco. Sin embargo, Stalin convenció a sus aliados de que para él, Polonia era una cuestión prioritaria de seguridad a la que de ninguna manera podía renunciar. Así que, los mandatarios occidentales acabaron aceptando que la URSS se quedara con los territorios arrancados a la desgraciada república eslava tras el pacto Ribbentrop-Molotov bajo el pretexto de que esa frontera se correspondía más o menos con la línea dibujada por el británico Curzon en 1920. Aceptaron asimismo que la frontera occidental de Polonia se desplazara hasta la línea Oder-Neisse a costa del territorio de la derrotada Alemania, que nadie se esforzó en defender. Y consintieron que el Gobierno legítimo polaco fuera el patrocinado por la URSS, conocido como Comité Lublin, en perjuicio del Gobierno provisional en el exilio con residencia en Londres a cambio de la vaga promesa de unas elecciones libres que, naturalmente, nunca se celebraron. Cuando en 1946 desfilaron por Londres las tropas británicas para celebrar la victoria, no hubo allí ningún polaco a pesar de los muchos que habían combatido y muerto con el uniforme británico.

Yalta fue, por tanto, la tumba de Polonia. Churchill salvó a Grecia y de paso la ruta inglesa hacia su imperio a través de Suez. Roosevelt consiguió que el tío Joe se aviniera a participar en su wilsoniano proyecto de Naciones Unidas y a contribuir a la derrota de Japón, aunque, llegado el momento, teniendo los norteamericanos el arma nuclear, no sirvió más que para recoger el botín pactado. ¿No pudieron los líderes occidentales hacer algo más por Polonia? Ingenuos o cínicos, aunque hubieran querido, nada habrían podido hacer por ella. Poco antes de que la conferencia empezara, Zhukov había acampado en la orilla este del Oder, a 50 kilómetros de Berlín. Stalin había renunciado a socorrer a los muchos comunistas que participaron en la liberación de los países occidentales, especialmente en Italia, en Francia o en Grecia. A cambio, exigía manos libres en el este de Europa, donde además campaba el inmenso Ejército Rojo a sus anchas y al que habría sido una locura desafiar en 1945. Desde el punto de vista occidental, puede afirmarse que bastante suerte tuvieron con que Stalin no diera a sus tropas la orden de seguir avanzando una vez que Alemania estuvo derrotada. Y a fin de cuentas, como dijo Roosevelt en enero de 1945, poco antes de emprender viaje a Yalta, con ocasión de su discurso de toma de posesión de su cuarto mandato y citando a Emerson: "La única forma de tener un amigo es comportarse como tal con él".

A continuación