Primera Guerra Mundial

La intervención de los Estados Unidos

Emilio Campmany

El 6 de abril de 1917, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. La intervención norteamericana dio la victoria a la Entente. Ahora, no fue ésta su consecuencia más importante. Convertida en beligerante, la poderosa nación americana influyó decisivamente en el orden que se levantó cuando concluyeron las hostilidades. El demócrata Woodrow Wilson impuso su visión, resumida en los Catorce Puntos, un programa destinado a poner fin a la tradicional diplomacia, las alianzas enfrentadas, el equilibrio de poder y el imperialismo colonial, supuestos responsables del terrible conflicto. Así pues, la intervención de los Estados Unidos fue trascendental. Pero en 1914 casi nadie en Washington deseaba enfangarse en los líos europeos, y sin embargo no pudieron escapar de los efectos de la guerra. El bloqueo que Gran Bretaña impuso a las potencias centrales hizo que el relativamente escaso comercio de los Estados Unidos con ellas cesara por completo, a la vez que se dispararon las compras francesas y sobre todo británicas. No obstante ser Norteamérica furibunda defensora de la libertad de comercio y del libre tráfico marítimo, no hubo en Washington demasiadas protestas contra el bloqueo por el cual los ingleses prohibieron de facto a los comerciantes estadounidenses hacer negocios con sus enemigos. La más notable fue la del senador Robert La Follette, de Wisconsin, donde residían numerosos inmigrantes alemanes. Según él, los Estados Unidos debían no sólo ser neutrales, también mantener una justa equidistancia entre los contendientes. En este sentido, el que el Gobierno consintiera que Gran Bretaña impidiera por la fuerza el comercio con Alemania a la vez que se le permitía comprar cuanto quisiera en los Estados Unidos era tanto como defraudar la neutralidad que supuestamente se quería mantener.

Consciente de que el argumento era poderoso, Gran Bretaña inició una importante campaña propagandística en los Estados Unidos. Dicha campaña se centró en denunciar las atrocidades cometidas por Alemania en Bélgica, empezando por la violación de su neutralidad, con el fin de atribuir a la Entente una superioridad moral que justificara el trato de favor que los idealistas Estados Unidos le estaban dispensando. Más tarde, la guerra submarina y el hundimiento del Lusitania hicieron que la opinión pública se pusiera del lado de los ingleses, a pesar de que buena parte de ella era de origen alemán o irlandés. El que la opinión pública aceptara este planteamiento maniqueo sería luego esencial para su respaldo a la intervención en 1917, al hacerlo del lado de los buenos para derrotar a los malos.

No obstante, al principio, el punto de vista que mayoritariamente se impuso fue el de mantenerse al margen aunque dispensando un trato de favor a Gran Bretaña. A partir de 1915, esa voluntad de neutralidad fue puesta a prueba por los submarinos alemanes. Con el fin de responder al desafío, en febrero de 1916 Wilson impulsó una iniciativa de paz consistente en un intercambio de cartas entre el secretario del Foreign Office, Sir Edward Grey, y el asesor principal de Wilson, el coronel House. En ellas se invitaba a Alemania a una conferencia de paz en la que se devolvería la independencia a Bélgica, las provincias de Alsacia y Lorena a los franceses y a los rusos se les daría un acceso a los Estrechos. De ser rechazada la oferta, los norteamericanos amenazaron con entrar en guerra contra Alemania. Berlín se negó a aceptar la oferta, pero, con ocasión del hundimiento del Sussex unos días más tarde, prometió no atacar barcos norteamericanos. Es lo que se conoce como la Promesa del Sussex, y bastó para que Estados Unidos no cumpliera su amenaza.

La guerra siguió influyendo en la política norteamericana. En las elecciones presidenciales de noviembre de 1916, Wilson triunfó presentándose como el hombre que mantendría neutrales a los Estados Unidos. Tras vencer en ellas, pronunció en el Senado, el 22 de enero de 1917, el discurso conocido como el de la "paz sin victoria". En él se atisba lo que luego aparecería mejor sistematizado en los Catorce Puntos. La propuesta fue desdeñada por todos los beligerantes. Inmediatamente después, inició Alemania la guerra submarina sin restricciones, se produjeron los hundimientos de los primeros mercantes norteamericanos y fue interceptado el Telegrama Zimmermann. En éste, el ministro de Asuntos Exteriores alemán encargaba a su embajador en México que transmitiera al Gobierno mejicano su voluntad de respaldar cualquier intento de recuperar por la fuerza los enormes territorios perdidos en el siglo anterior a manos de los estadounidenses en el caso de que Norteamérica entrara en guerra con Alemania. El telegrama fue interceptado por los británicos y entregado a Washington. Cualquier duda que hubiera acerca de su autenticidad fue disipada sorprendentemente por el propio Zimmermann, que reconoció su autoría. Cuando la opinión pública supo del contenido del telegrama y se produjeron los primeros hundimientos de mercantes norteamericanos, Wilson se decidió a declarar la guerra y la opinión pública le apoyó. El Congreso ofreció una débil resistencia.

¿Fue pues el telegrama o la guerra submarina sin restricciones lo que indujo a Washington a entrar en guerra? Ambas cosas influyeron. Algunos historiadores apuntan también a las enormes sumas de dinero prestadas a los aliados, que podían resultar impagadas en el caso de que perdieran la guerra.

Sin embargo, el Gobierno podía haber mantenido en secreto el Telegrama Zimmermann e ignorado los hundimientos limitando el tráfico de sus mercantes y sus intercambios con Gran Bretaña. Lo crucial fue darse cuenta de lo imperioso que resultaba para los Estados Unidos influir en la formación del orden que saliera del conflicto una vez que sus iniciativas de paz habían sido desdeñadas. Wilson quería un mundo en el que una guerra como la que estalló en 1914 ya no fuera posible. Y para eso tendría que ser él quien lo diseñara. Si no se le daba ocasión de conformarlo según su visión en una conferencia de paz que él patrocinara, tendría que hacerlo forzando la victoria del bando que sintiera más próximo para luego imponer sus puntos de vista. Ese nuevo orden mundial permitiría a los norteamericanos prosperar gracias a la paz, el libre comercio y la libertad de tránsito marítimo entre pueblos libres y autogobernados. Para lograr eso es para lo que decidió intervenir Wilson, aunque en la opinión pública pesaran más las agresiones de los submarinos alemanes y las bravatas de Zimmermann.

El idealismo que introdujo Wilson en el conflicto tuvo otra consecuencia importante. A partir de su intervención, la guerra ya no fue entre distintas potencias que luchaban por defender sus intereses, sino que lo fue entre la barbarie y la democracia, entre la opresión y la libertad, y, naturalmente, los Estados Unidos se pusieron del lado de la democracia y la libertad. Este maniqueísmo, muy influido por la propaganda británica, hizo que de un modo hasta cierto punto injusto se vea a la Alemania de Guillermo II como la precursora de la de Hitler, cuando la verdad es que ambas fueron muy diferentes.

El caso es que, alcanzada la victoria, el orden impuesto por los Estados Unidos resultó tan imperfecto que en poco tiempo el mundo se vio envuelto en una nueva y más terrible guerra. Puede que la culpa la tuviera el ingenuo idealismo norteamericano, o el no haber impuesto sus ideas con suficiente energía, o haberse desentendido del cuidado de ese orden cuando, poco después del armisticio de 1918, los norteamericanos volvieron a encerrarse en su caparazón. Luego, al final de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses volvieron a la carga con poco más o menos las mismas ideas, pero tampoco entonces resultó un orden para la paz porque hubo un nuevo enemigo que derrotar, la Unión Soviética.

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