Rusia abre otro frente

La ofensiva Brusilov

Emilio Campmany

A finales de 1915 parecía que Alemania estaba ganando la guerra. Se lo parecía a los alemanes, que montaron la ofensiva de Verdún en febrero del año siguiente con el objetivo de dar el golpe definitivo. Pero también se lo parecía a los aliados, que decidieron tomar medidas. Representantes de los Estados Mayores de Gran Bretaña, Francia, Italia, Rusia y Serbia se reunieron en Chantilly el 6 de diciembre. Allí se observó que los éxitos de Alemania se debían a que había podido trasladar fuerzas de un teatro de operaciones a otro, donde fueran más necesarias, detrayéndolas de los lugares más tranquilos. Por lo tanto, concluyeron que la mejor manera de derrotar a las Potencias Centrales era que todos los aliados atacaran a la vez, negando a Alemania la ventaja de poder emplear sus reservas sucesivamente en cada frente. Acordaron que tal ofensiva simultánea tendría lugar en marzo de 1916. Sin embargo, antes de que pudiera tener lugar Alemania emprendió por su cuenta la de Verdún. Los franceses reclamaron el cumplimiento de los acuerdos de Chantilly y que el resto de aliados atacara en sus respectivos frentes. Los primeros en hacerlo fueron los rusos.

En el este, el frente se encontraba, tras las victorias alemanas de 1915, en una curiosa situación. Ni rusos ni alemanes habían querido emprender las hostilidades del modo que aconsejaron los más cautos. Y sin embargo, a finales de ese año la situación allí era la que los más moderados habían aconsejado buscar a sus respectivos Estados Mayores. Según ellos, Alemania tendría que, antes de atacar a Francia, haber estabilizado el frente oriental en una línea recta del Báltico al Mar Negro, alejándolo de Berlín. Los más precavidos militares rusos se habían mostrado asimismo partidarios de renunciar al débil saliente polaco, rodeado de enemigos, y fijar el frente en una línea recta algo más occidental de lo que lo era a finales de 1915. Es llamativo, pues, que, habiendo ambas naciones emprendido en 1914 apresuradas ofensivas en contra de los más prudentes consejos, se encontraran al terminar 1915 en una situación parecida a la que resultaría de haberlos seguido.

La abierta disposición de los rusos a acudir a la llamada de los franceses se debía a que Rusia se consideraba el elemento más débil de la Entente, no tanto porque militarmente lo fuera, sino porque la sociedad rusa había empezado a mostrar cansancio, abundaban las deserciones y había un profundo malestar en la población civil. San Petersburgo creía que, si quería estar en el bando de los vencedores, la victoria tendría que llegar pronto. De ahí su disposición a hacer cuanto fuera necesario para adelantarla.

La primera idea fue montar una ofensiva en el norte. Allí, los rusos gozaban de superioridad numérica y, de tener éxito, podrían recuperarse ricos territorios muy necesarios para la economía rusa. No obstante, el ataque del Lago Naroch (marzo de 1916) fue un fracaso, lo que demostró una vez más la superioridad de las tácticas defensivas sobre las ofensivas y la necesidad de disponer de una fuerza abrumadora para tener éxito atacando.

Mientras, en mayo de 1915, Austria-Hungría, aprovechando la tranquilidad que se respiraba en el frente ruso, emprendió una dura ofensiva en el Tirol contra Italia que se llamó en Viena Strafexpedition, es decir, "expedición de castigo". No se trataba de alcanzar concretos fines estratégicos sino vagos objetivos políticos. Desde que se desencadenó la guerra, la obsesión de Conrad von Hötzendorf, el exaltado jefe del Estado Mayor austriaco, no había sido ayudar a Alemania a derrotar a la Entente, sino dar su merecido a Serbia y, de surgir la ocasión, a Italia. La mera existencia de esos dos países, su nacionalismo, su irredentismo, constituía una grave amenaza para la supervivencia del Estado plurinacional, multicultural y dividido en dos reinos que era Austria-Hungría. Por eso Conrad no tenia interés en derrotar a los rusos más que en lo necesario para mantenerlos a raya y que le permitieran machacar a serbios e italianos. Los primeros ya habían sido derrotados. Ahora, en la primavera de 1916, había llegado el turno de Italia. Y así fue como las mejores tropas austriacas se trasladaron de los Cárpatos a los Alpes.

El debilitamiento del frente austriaco dio a Brusilov la oportunidad de emprender una ofensiva en el sur. A la Stavka, el Estado mayor ruso, no le entusiasmó la idea. Frente a los austriacos, las fuerzas estaban mucho más igualadas que en el norte, y si allí la superioridad no había sido suficiente para conseguir una victoria, menos lo sería la ausencia de ella en el sur. Luego, los territorios potencialmente conquistables eran de escaso interés económico. Sin embargo, un brillante general, Alexei Brusilov, insistió para que se le permitiera atacar, convencido de poder lograr con menos hombres la victoria que se les había negado a sus compañeros del norte. La Svatka autorizó la ofensiva debido a la necesidad de cumplir con sus compromisos de Chantilly, que exigían emprender una ofensiva contra los austriacos ahora que estaban éstos atacando a los italianos. Pero no tenía ninguna esperanza de que tuviera éxito. Hasta tal punto era así que advirtió de que no habría refuerzos en caso de solicitarlos. Y sin embargo la ofensiva, emprendida el 4 de junio de 1916, fue un éxito y permitió a los rusos conquistar una amplia franja de terreno de 300 kilómetros de largo por 60 de ancho. La relativa debilidad de los austriacos desde luego influyó, pero también lo hicieron las novedosas tácticas del inteligente general ruso. Desde que la guerra se convirtió a finales de 1914 en guerra de trincheras, lo que solía hacer el atacante era llevar a cabo un largo y concentrado bombardeo de las líneas enemigas allí donde se pensara atacar. El bombardeo solía ser poco eficaz si las trincheras estaban bien construidas y ofrecía al defensor información precisa de la inmediatez de la ofensiva y del lugar donde tendría lugar. Brusilov decidió que la preparación artillera fuera muy breve para conservar el factor sorpresa y, en vez de concentrar su ataque en un lugar del frente adónde acudirían las tropas de reservas, avanzó en muchos puntos a la vez a lo largo de 300 kilómetros. Además, lo hizo después de haber entrenado concienzudamente a sus soldados en trincheras construidas con las técnicas que empleaban los austriacos para que, cuando llegaran a ellas, estuvieran familiarizados con sus estructuras. Además, adelantó sus propias trincheras, acortando el ancho de la tierra de nadie desde la milla y media que normalmente tenía hasta unos 50-60 metros. Redujo así radicalmente el número de bajas por sufrir durante el tiempo que se tardara en llegar a las trincheras enemigas.

Fue una lástima que tan brillante ofensiva no pudiera ser explotada suficientemente por falta de tropas con las que hacerlo. Y sin embargo la ofensiva Brusilov tuvo una gran importancia estratégica. Para empezar, obligó a los austriacos a renunciar a su ofensiva en el Tirol, salvando a los italianos. Alivió a los franceses al obligar a los alemanes a acudir en ayuda de su aliado. El éxito convenció a Rumanía para que entrara en guerra. Y, por último y más importante, obligó moralmente a todos los firmantes del acuerdo de Chantilly a corresponder al esfuerzo ruso. Así, los ingleses atacaron en el Somme a primeros de julio, los italianos desencadenaron la sexta batalla del Isonzo en agosto y las tropas acampadas en Salónica emprendieron una ofensiva en septiembre. No puede decirse que hubiera en esos ataques una exacta simultaneidad, pero sirvieron para poner en jaque a las potencias centrales y deshacer la impresión de que estaban ganando la guerra.


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