Primera Guerra Mundial

Jutlandia

Emilio Campmany

Paul Kennedy se pregunta cómo es posible que, habiendo sido el dominio de los océanos tan decisivo en el resultado de las guerras napoleónicas y en la Segunda Guerra Mundial (sobre lo decisivo del mar en este último conflicto ha escrito Eduardo Fungairiño un interesante artículo) apenas tuviera el dominio de los océanos relevancia en la derrota de Alemania en 1918. El mismo Paul Kennedy termina contestándose que lo cierto es que la tuvo, por supuesto. Tan sólo ocurre que la gran batalla naval de la Primera Guerra Mundial, Jutlandia, a diferencia de Trafalgar o Midway, aparentemente no decidió nada.

Sin embargo, nadie discute lo mucho que influyó en el estallido del conflicto la carrera naval entre Gran Bretaña y Alemania. Una carrera dominada por la llegada de un nuevo tipo de barco, el Dreadnaught, un enorme acorazado, con un espeso blindaje y armado con cañones de un calibre brutal que le permitían bombardear objetivos a más de diez millas de distancia. Como ocurrió con las tácticas en tierra, los marinos de principios del siglo XX creyeron que el futuro de la guerra en el mar se basaría en la capacidad ofensiva y, en consecuencia, en los impresionantes acorazados. Y, tal y como ocurrió en tierra, las nuevas tácticas defensivas acabaron siendo a la postre tanto o más poderosas que las ofensivas. Del mismo modo que unas trincheras bien construidas y unas cuantas ametralladoras se demostraron suficientes para rechazar casi cualquier ofensiva si eran capaces de concentrar la suficiente cantidad de fuego, los acorazados resultaron ser extremadamente vulnerables no sólo a los cañones de sus homólogos del otro bando, sino a las nuevas armas, los torpedos de submarinos y destructores y las minas. Precisamente, al principio de la guerra, el 27 de octubre de 1914, el moderno acorazado Audacious se hundió irremisiblemente al entrar en contacto con una mina alemana frente a las costas de Irlanda.

Una de las muchas y terribles inmoralidades de la Primera Guerra Mundial es que, mientras en tierra la doctrina de primar las tácticas ofensivas se puso una y otra vez en práctica, asumiéndose su abrumador coste en vidas humanas a pesar de la evidencia de su inutilidad, en el mar los altos mandos, a partir del momento en que se dieron cuenta de sus debilidades, fueron extremadamente cautos a la hora de exponer sus costosísimos acorazados a la eventualidad de un hundimiento. Ante el enorme riesgo que suponía acercar sus joyas a las costas alemanas, infestadas de submarinos y minas, el Almirantazgo inglés ideó un nuevo tipo de bloqueo, completamente diferente al puesto en práctica contra Napoleón. En tiempos de Nelson, los barcos ingleses rodeaban los puertos donde los franceses podrían recibir suministros. Ahora, en 1914, aprovechando que algunos golpes de suerte habían proporcionado a los ingleses los códigos de los cifrados alemanes, lo que les permitía saber cuándo se hacían a la mar, el grueso de la flota británica decidió mantenerse a salvo en sus puertos de Scapa Flow y Rosyth durante todo el tiempo que la flota alemana se quedara en casa. A los barcos de inferior valor, prescindibles y más o menos a salvo mientras los acorazados alemanes no se atrevieran a salir de sus guaridas, se les encomendó la misión de patrullar y abordar a los mercantes. Con el fin de facilitar esta supervisión, se minó el acceso al Mar del Norte desde el Canal, dejando libre un estrecho paso fácil de controlar. Esta estrategia se completó con la renuncia a desembarcar en las costas alemanas o bombardearlas, por los riesgos que conllevaba acercarse a ellas. Curiosamente, quienes sí se atrevieron a emprender una operación de esta naturaleza fueron los alemanes a poco de empezar la guerra. El 16 de diciembre de 1914 arrasaron desde el mar las ciudades de Scarborough, Hartlepool y Whitby. Luego no se atrevieron a volver a hacerlo por miedo a enfrentarse a la más poderosa flota inglesa. Sólo hubo una pequeña escaramuza en los peligrosos bajíos de Dogger (enero de 1915), que terminó por convencer a los alemanes de la inferioridad de su armada y ya no se atrevieron a desafiar a la inglesa hasta Jutlandia.

A principios de 1916 se produjo un importante cambio en la cabeza del alto mando naval alemán, pues el más agresivo almirante Reinhard Scheer sustituyó al cauto Phol. El nuevo jefe compartía con Flkenhayn, jefe del Estado Mayor del ejército alemán, la convicción de que la guerra no se ganaría hasta derrotar a Gran Bretaña y que las islas no estarían vencidas hasta que hubieran perdido el control de los mares. Scheer creyó que el modo de conseguirlo sería salir con toda la flota propia y emplearla como anzuelo, obligar a la inglesa a abandonar sus refugios, atraerla y luego destruirla con submarinos y destructores. Así fue como la Gran Flota inglesa y la Flota de Alta Mar alemana se encontraron el 31 de mayo de 1916 en Jutlandia, dando lugar a la batalla naval más destructiva de todos los tiempos. Tras los primeros cañonazos, ocurrió algo sorprendente y desalentador para los ingleses: los alemanes consiguieron hundirles dos modernos cruceros de batalla, el Indefatigable y el Queen Mary. Las razones de este inicial revés estriban en que los blindajes ingleses no eran tan espesos como los alemanes, pues en la construcción británica se puso más acento en la elevada capacidad defensiva que proporcionaba la velocidad (27 nudos frente a los 22 de los alemanes), lo que sólo podía conseguirse con un blindaje menos pesado. Más influencia debió de tener en la práctica el que los barcos ingleses llevaran más munición de la que podían almacenar, en parte amontonada descuidadamente en la cubierta para tenerla más cerca de las tripulaciones que manejaban los cañones e incrementar así la cadencia de tiro. De esta forma, es probable que los impactos alemanes hicieran estallar la munición expuesta y provocaran el rápido hundimiento de los navíos. Es fácil imaginar el desconcierto de los almirantes británicos.

El caso es que ingleses y alemanes se estuvieron disparando recíprocamente y persiguiendo durante dos días, hasta que los germanos decidieron huir a sus puertos y los ingleses acordaron que no merecía la pena perseguirles y arriesgarse a ser torpedeados o dar con una mina. Gran Bretaña perdió 14 barcos, casi 115.000 toneladas y algo menos de 7.000 hombres. A los alemanes, infligir estas pérdidas a sus enemigos les costó sólo 11 barcos, más de 60.000 toneladas y alrededor de 3.000 hombres. Cualquiera podría afirmar que Alemania había vencido en la batalla, pero el almirante inglés Jellicoe estaba en lo cierto cuando se proclamó vencedor, a pesar de las dudas y críticas de sus compatriotas. Según Jellicoe, Jutlandia fue una victoria porque los alemanes no habían conseguido su objetivo de eliminar la superioridad de la armada británica y el consiguiente levantamiento del bloqueo. Tan en lo cierto estaba que la Flota de Alta Mar alemana ya no volvió a aventurarse en el Mar del Norte. Berlín, a partir de ese momento, con la aprobación del mismo Scheer, decidió que el mejor recurso para doblegar a los ingleses no eran los cañones de sus acorazados sino los torpedos de sus sumergibles. La guerra submarina significaría a la larga la entrada en guerra de Estados Unidos y la derrota de Alemania. De modo que claro que el mar tuvo mucha importancia en el desenlace de la guerra. Lo único que ocurre es que Jutlandia no fue tan obviamente decisiva como lo fueron Trafalgar o Midway.


LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL: Los orígenes - Los bloques - El Plan Schlieffen - El asesinato de Francisco Fernando - La crisis de julio de 1914 - La neutralidad de España en 1914 - De Lieja al Marne - El Este en 1914 - Turquía entra en guerra - Alemania vuelve la mirada al Este - La guerra se extiende a Extremo Oriente - Galípoli - El sagrado egoísmo de Italia - La inicial derrota de Serbia - Verdún.

Pinche aquí para adquirir un ejemplar de la obra de Emilio Campmany Verano del 14. (Disponible también en inglés).

A continuación