Segunda Guerra Mundial

La desgracia de Polonia

Emilio Campmany

Si ahora, al cumplirse el 75º aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial, repasamos los libros más autorizados sobre el conflicto, encontraremos más o menos la misma narración. Hitler quería la revancha por la derrota de su país en la Guerra del 14 y apoderarse en el este de Europa de tanto territorio como fuera capaz para proporcionar a su pueblo espacio vital, el Lebensraum del que hablaba en Mein Kampf. En su afán expansionista, Hitler anexionó Austria, los Sudetes y Chequia. Las democracias occidentales, para su vergüenza, lo consintieron, pero decidieron que no tolerarían una más. De forma que, cuando Hitler invadió Polonia, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra, y así fue cómo empezó el conflicto. Naturalmente, todo esto sucedió así. Pero el caso de Polonia es peculiar porque la idea inicial de Hitler no era invadirla.

Hitler esperaba ganar la futura guerra evitando cometer las equivocaciones de los alemanes en la anterior. Según Hitler, éstas fueron dar lugar a tener a Gran Bretaña como enemigo y permitirse combatir una guerra en dos frentes. A su juicio, Alemania y Gran Bretaña no tenían intereses contrapuestos. Lo que los convirtió en enemigos en 1914 fueron dos torpezas de la Alemania guillermina, el empeño en poseer una armada que pudiera rivalizar con la británica y el querer hacerse con un imperio colonial equivalente al inglés. Había que evitar repetirlas. En 1935, Hitler firmó un acuerdo con los ingleses según el cual Alemania se comprometía a mantener su flota por debajo del 35 por ciento de la británica. Luego reconoció franca y abiertamente no tener ningún interés en los territorios de ultramar y estar tan sólo interesado en el continente. Estaba convencido de que no había nada en sus planes que fuera abiertamente contrario a los intereses británicos y que por lo tanto podría evitar el enfrentamiento. Y es posible que tuviera algo de razón porque una parte considerable del establishment británico era partidario de entenderse con Hitler por motivos estratégicos, no ideológicos. Lord Halifax, por ejemplo, estaba seguro de que Gran Bretaña no ganaría esa guerra y que intentarlo acabaría costándole el imperio.

En cuanto a la necesidad de evitar combatir en dos frentes a la vez, los arreglos territoriales del final de la Primera Guerra Mundial proporcionaron a Hitler la ventaja de la resurrección de Polonia, que ahora se interponía entre su país y la Unión Soviética. Desde luego, Rusia era el objetivo estratégico de Hitler. El orden futuro que vislumbraba incluía una gran potencia continental, Alemania, y un gran imperio marítimo, Gran Bretaña. Renunciar al dominio de los océanos implicaba que la independencia de Alemania sólo podría perdurar si disponía de recursos naturales suficientes sin necesidad de ir a buscarlos a ultramar; es decir, tenía que apoderarse del trigo de Ucrania y del petróleo del Cáucaso.

Para dirigirse contra Rusia, era necesario sujetar a Francia, a la que Hitler consideraba su más acérrimo enemigo. Sin embargo, creía infundadamente que podría neutralizarla sin tener que derrotarla militarmente a base de romper la amistad franco-británica. El líder nazi había observado las fricciones que durante los años veinte y treinta habían surgido entre Londres y París por causa de Alemania. Londres creía que un cierto resurgimiento económico alemán favorecería a la economía europea. En cambio, París pensaba que, cuanto más postrada estuviera, mejor para todos. Los ingleses impusieron al final su punto de vista y Hitler dedujo que podría tenerlos poco más o menos de su lado. Mientras, en cualquier caso, era necesario que hubiera tranquilidad en el Este. De modo que buscó el entendimiento con Polonia. En 1934 firmó el pacto de no agresión con Varsovia, en lo que fue un gran golpe al sistema de alianzas antialemán montado por Francia. Desde el punto de vista polaco, por otro lado, el pacto era perfectamente razonable. Incapaces Gran Bretaña o Francia de socorrerla y encerrada entre dos colosos, a Polonia no le quedó otro remedio que buscar la protección de uno de sus dos poderosos vecinos.

Sin embargo, a principios de 1939, Hitler exigió una solución para Danzig. El pasillo con ese mismo nombre era lo que en 1919 se había dado a Polonia para que tuviera acceso al mar. Danzig, mayoritariamente de población alemana, era ciudad libre, pero resultaba económicamente dependiente de Polonia. En cualquier caso, la existencia del pasillo era hiriente porque hacía de Alemania un país discontinuo en el que Prusia Oriental estaba desconectada del resto. Éste es el momento crucial. Hitler decidió abandonar su política de aislar diplomáticamente a Francia y resolvió acosar al peón más importante de esa política de aislamiento.

¿Qué había pasado? Es difícil decirlo. Puede simplemente que la sucesión de triunfos diplomáticos envalentonara a Hitler y creyera que podría de nuevo vencer. Puede que el fuerte sentimiento nacionalista bajo el que vivía el país y que él mismo había alimentado no le dejara alternativa. Pero también es posible que se convenciera de la imposibilidad de conseguir que Gran Bretaña se separara de Francia y dejara a Alemania mangonear en el continente. De hecho, en Munich, en 1938, Daladier apoyó la política de apaciguamiento no porque creyera en ella sino para evitar que Hitler envenenara su amistad con Chamberlain. El caso es que, en marzo de 1939, Ribbentrop exigió al Gobierno polaco la entrega de Danzig y la concesión de un corredor con derecho de extraterritorialidad que comunicara Prusia Oriental con el resto de Alemania. El Gobierno polaco rechazó tan humillante exigencia.

Había algo de temerario en la decisión polaca, pero parecía evidente que, en caso de ceder, vendrían nuevas exigencias y no tenía sentido agachar la cabeza para al final tener que hacer frente de igual modo a Hitler. Por otra parte, desde el punto de vista alemán, propinar un correctivo a Polonia no era algo carente de riesgos. Cabía la posibilidad de que la URSS se opusiera a que Alemania se extendiera hasta sus fronteras. Cabía igualmente que Francia aprovechara que el ejército alemán estaba ocupado en Polonia para atacar desde el otro lado. Y cabía, por último, que las dos circunstancias se dieran a la vez. Para evitarlo, Hitler envió a Ribbentrop a Moscú a negociar un pacto con Stalin. Si Ribbentrop tenía éxito, Hitler podría aplastar a Polonia en pocas semanas mientras contenía a loa galos en el Rin, y luego, el entendimiento con Stalin le daría todo el tiempo del mundo para derrotar a Francia.

Lo chocante del pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939 no es que Hitler lo ofreciera, pues era la única forma que tenía de dar su merecido a Polonia sin arriesgarse a combatir en dos frentes. Lo sorprendente es que Stalin se aviniera a firmarlo. El problema del georgiano es que llevaba al menos desde 1936 intentando formar una alianza antinazi con las democracias occidentales y había fracasado. No sólo, sino que vio cómo en 1938 esas mismas democracias se ponían de acuerdo con Hitler para que éste se apoderara de cuanto quisiera. No era descabellado que esas potencias, abiertamente anticomunistas, acabaran azuzando a la Alemania nazi contra la URSS. El pacto evitaba esa posibilidad. Pero, además, ofrecía otras ventajas. Daba ocasión de castigar a los polacos por su agresión de 1919, desplazar hacia Occidente las fronteras de la URSS y apoderarse de las repúblicas bálticas. Pero, sobre todo, ofrecía la perspectiva de que las potencias capitalistas se mataran entre sí, lo que daría grandes oportunidades de expansión al comunismo soviético. El destino de Polonia quedó, pues, sentenciado. Fue invadida por sus dos agresivos vecinos y repartida entre ellos sin que Francia ni Gran Bretaña hicieran nada para impedirlo. No sólo, sino que, terminada, la guerra, tampoco fueron capaces de librarla de las garras de Stalin, con lo que no recuperó su plena independencia sino 40 años después de haber sido invadida.

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