La Primera Guerra Mundial

El Este en 1914

Emilio Campmany

Por lo general, los historiadores han prestado escasa atención al frente oriental. Suele justificarse el tratamiento superficial diciendo que verdaderamente decisivo sólo fue el occidental. Moltke, el jefe del Estado Mayor alemán y responsable de aplicar el Plan Schlieffen, consistente en atacar primero a Francia, derrotarla en seis semanas y luego volcar el ejército contra Rusia, creía lo mismo. Por eso desdeñaba la inquietud que en los militares austriacos levantaba el plan diciendo que el destino de Austria-Hungría se decidiría en el Sena, no en el Bug. En Viena no estaban de acuerdo y se hallaban aterrorizados ante la idea de tener que hacer frente solos, sin ayuda alemana, al enorme ejército ruso durante las primeras semanas de combates.

Y sin embargo es posible que lo que ocurrió en el Este durante aquellas primeras semanas fuera decisivo para lo que luego sucedió en el Oeste. Los rusos, desafiando su tradicional modo de hacer la guerra, adoptaron inmediatamente una actitud ferozmente agresiva y lograron cruzar la frontera alemana mucho antes de que transcurrieran las seis semanas que se habían dado los alemanes para vencer a Francia, el 16 de agosto. El arrojo ruso hizo que Moltke vacilara. Finalmente, prefirió debilitar las fuerzas que tenían encomendada la hercúlea tarea de rodear y envolver París en el cortísimo plazo fijado antes que arriesgarse a que los rusos hollaran el suelo patrio. En consecuencia, extrajo dos cuerpos que estaban combatiendo en Bélgica y los envió en ayuda del 8º Ejército, que tenía encomendada la defensa de Prusia Oriental. El debilitamiento subsiguiente del ataque alemán en el frente occidental pudo ser decisivo para las tablas que allí se alcanzaron. Y eso fue indirectamente causado por la agresividad rusa en el Este y, por supuesto, por la falta de nervio de Moltke.

¿Cómo fue posible que Rusia abandonara su tradicional cautela y se comportara durante los primeros meses de hostilidades con tanta temeridad? La pregunta es especialmente pertinente si se tiene en cuenta que el saliente polaco, esa franja amplia de territorio que se introducía como una cuña entre Alemania y Austria-Hungría, planteaba a Rusia un complicado dilema estratégico. El saliente, fruto del último reparto de Polonia en el siglo XIX, constituía para Rusia una oportunidad estratégica para una enérgica ofensiva, pues el extremo más occidental de la frontera ruso-alemana distaba tan sólo 300 kilómetros en línea recta de Berlín. Pero, al mismo tiempo que constituía una oportunidad, también conllevaba una grave debilidad. Al norte del saliente estaba la Prusia Oriental y al sur se hallaba la Galicia austriaca. Un ataque hacia el interior de Alemania descuidando la retaguardia corría el riesgo de dejar aisladas y rodeadas a las tropas que lo intentaran si, por detrás, austriacos y alemanes convergían en un movimiento Norte-Sur. Eso podría crear una enorme bolsa en la que quedarían atrapados los regimientos rusos del distrito de Varsovia. Es más, el peligro de verse rodeados y aislados del resto del ejército subsistía incluso en el caso de que no se desatara ofensiva alguna contra el corazón de Alemania. Desde el mismo momento del inicio de las hostilidades, las tropas acantonadas y movilizadas en aquel distrito estaban rodeadas de enemigos por tres lados. Si hubieran sido éstos capaces de cerrar el cuarto lado, el Este, todas ellas habrían quedado aisladas y rodeadas.

Para evitar este peligro, el primer plan fue el que cabía esperar de un Estado Mayor tan prudente como era el ruso. La inicial idea fue abandonar el saliente si estallaba el conflicto y hacerse fuerte en una línea que fuera desde el extremo sureste de la frontera con Alemania hasta el extremo noreste de la frontera con Austria. Se creyó con buen sentido que sería mucho más fácil de defender que un territorio rodeado de enemigos por tres puntos cardinales.

Sin embargo, este plan fue abandonado, se supone que por presión francesa. París deseaba que en caso de conflicto los rusos presionaran en el este para que Alemania se viera obligada a ablandar su ofensiva en el oeste. El compromiso de una actitud más ofensiva obligaba a los rusos a conservar el saliente. Eso exigía resolver el problema de tener que combatir en dos frentes simultáneos, contra los alemanes en el norte y el oeste y contra los austriacos en el sur. En tales casos, la estrategia correcta es concentrarse primero en un frente, manteniéndose a la defensiva en el otro, para, una vez alcanzada la victoria en el primero, volcarse en el segundo. Pero sucedió que la inteligencia militar rusa se hizo con el detalle de los planes de despliegue austriacos, lo que incluía todo lo que Viena sabía del Plan Schlieffen, que era cuando menos su idea básica, atacar primero a Francia y, sólo después de derrotarla, a Rusia.

El plan austriaco, por su parte, se basaba en que la guerra sería probablemente contra Rusia y Serbia a la vez. El ejército fue dividido en tres grupos. El más grueso sería el del norte, para hacer frente a los rusos. Otro, no tan numeroso en el sur, se ocuparía de los serbios. Y las doce divisiones del centro acudirían al sur contra Serbia si los rusos permanecían quietos o al norte contra Rusia si ésta decidía intervenir. El inconveniente estratégico de este plan era que si Rusia intervenía para ayudar a Serbia pasados cinco días de iniciada la guerra entre Serbia y Austria, ya no habría tiempo de enviar el ejército del centro al norte y lo más que podrían hacer los austriacos sería tratar de defenderse del asalto ruso sin poder pensar en montar una ofensiva, que era lo que a los alemanes les hubiera gustado que hicieran.

Conscientes de que durante las primeras semanas encontrarían en Prusia Oriental tan sólo una pequeña fuerza desplegada a la defensiva y que el grueso del ejército austriaco se dirigiría contra Serbia si conseguía aparentar una actitud ambigua durante unos días, el alto mando ruso, en un exceso de confianza, tomó la peor de las decisiones posibles, esto es, atacar en los dos frentes a la vez. Por si fuera poco, la ofensiva en Prusia Oriental, con sus poderosos 1º y 2º Ejércitos, se planeó en la peor forma, dividiendo las fuerzas para que cada uno atacara desde lugares diferentes. Al 8º Ejército alemán, que tenía encomendada la defensa del territorio, le bastó dirigirse primero contra el 2º ruso, que estaba en el sur, derrotarlo tras envolverlo en una enorme bolsa en lo que fue la famosa batalla de Tannenberg y luego enfrentarse al 1º para también vencerlo. Cuando llegaron los refuerzos del frente occidental enviados por el medroso Moltke todo había terminado.

En el sur, los austriacos no pudieron montar la ofensiva que habían prometido a los alemanes, empeñados como estaban en derrotar a los serbios, a fin de cuentas la razón por la que se habían metido en esa guerra. Al final se hicieron fuertes en la línea de los Cárpatos, dejando a los rusos la Galicia que quedaba al norte de la cadena montañosa.

Al terminar el año el frente estaba más o menos fijado a lo largo de las fronteras iniciales. Ni siquiera la relativamente débil Serbia había sido derrotada. Como en el oeste, la situación no era más que de tablas tras un pavoroso número de bajas por parte de ambos bandos. La temeridad con la que actuaron los rusos les hizo perder una oportunidad de oro de ganar la guerra. A cambio, esa agresividad obligó a Moltke a privar su flanco derecho de tropas que necesitaba para derrotar a Francia. Lo que privó a Rusia de la victoria en el Este evitó la derrota de Francia en el Oeste.


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