Pepe Isbert, el abuelo entrañable del cine español

Se cumplen 50 años de la muerte de Pepe Isbert.

Manuel Román

El tiempo borra inexorablemente de los recuerdos a personajes que un día destacaron en sus actividades. Algunos, afortunadamente, permanecen aún más cercanos en la memoria. Es el caso de Pepe Isbert, de quien este lunes 28 de noviembre se cumple medio siglo de su desaparición. Fue uno de los más grandes actores de la pantalla, aunque pasara por ser el eterno secundario. Le rindieron, no obstante, honores de protagonista en las crónicas, las críticas y sobre todo gozó del cariño de millones de espectadores. En los repartos figuraba como José Isbert. En familia, ese apellido se escribió siempre con y griega. En busca siempre del rigor observo una vez más –debidamente contrastados- un par de datos erróneos, en enciclopedias y en la propia Wikipedia. Porque nuestro personaje vino al mundo en 1885 (y no un año después) como bien contó el aludido en Mi vida artística, su libro de recuerdos, pero en la reedición; y falleció el día 28 (siendo erróneo como se cita muchas veces el día siguiente). Tendrán poca importancia para algunos esas correcciones, mas así las consigno con toda seguridad.

Ciento dieciséis filmes son los que he contabilizado en los que intervino, desde 1912 (la reconstrucción del asesinato de Canalejas) hasta el último, Lo que cuesta vivir, que rodó pocos meses antes de fallecer en 1966 a los ochenta y un años como quedó dicho. Su faceta de actor teatral la desarrolló a partir de la segunda decena de los años 20, concluyéndola con la llegada de la guerra civil. Pero es en la pantalla donde obtendría su definitiva notoriedad, convirtiéndose en el abuelo más entrañable del cine español, con su breve estatura, caminando deprisa, algo encorvado encima, y convirtiendo en familiar su voz quebrada, rota, inconfundible. Las pocas veces que se la doblaron nos pareció que su personaje quedaba disminuido. Elegir cuál de ellos sería el símbolo de su prolongada y densa filmografía nos lleva directamente al del alcalde sordo de ¡Bienvenido, míster Marshall!, lo que no invalida otros trabajos inolvidables, como el falso santo de Los jueves, milagro, o el protagonista de El verdugo, las tres cintas de Luis García Berlanga, quien tanto lo estimaba. Seguramente para otros predominará el tierno recuerdo de otro papel de abuelo en La gran familia buscando desesperadamente a su nieto Chencho perdido en la marabunta del gentío en una víspera navideña en los mercadillos de la navideña Plaza Mayor. Y así un sinfín de papeles de taxista, cura, apoderado taurino o de artistas folclóricas. Vestido de esquimal para presentarse a un concurso en Historias de la radio, o fingiendo ser medio paralítico en El cochecito para acceder a un vehículo motorizado con el que desplazarse con unos amigos de su provecta edad.

Nos extenderíamos en páginas y páginas repasando cada una de sus películas, en general de corte costumbrista, comedias donde desarrollaba su vis cómica e irresistible simpatía. Ni siquiera ese siniestro tipo de El verdugo, antes mencionado, le quitó un ápice de su tremenda humanidad. Lo que nunca logró fue interpretar un personaje con el que siempre soñó: Sancho Panza. A propósito de El verdugo: concluida la película quedaba doblarla, y por esos días lo operaron de un cáncer de garganta. Temió Berlanga no poder contar con el concurso de Pepe Isbert, e hizo gestiones con otro actor, Pepe Alfayate, mas afortunadamente aquel pudo terminar su trabajo. Pero ya no le fue posible utilizar su voz para sus tres últimas películas.

Se comportaba Pepe Isbert en los rodajes con absoluta afabilidad, que extendía a todo el mundo, compañeros y técnicos. Era especialmente generoso con los actores que debutaban, a quienes les endilgaba por lo común este consejo: "En el cine nos pagan por esperar". Y es que los que hemos contemplado cientos de rodajes aprendimos lo lentos e interminables que resultan por muy diversas razones. Con respecto a la supuesta calidad de los filmes en que intervino, sabedor de que no siempre le convenía decir no a un contrato, comentaba a su interlocutor de turno en los propios estudios: "Aquellas películas que nos gustan menos hacer son las que yo llamo cine alimenticio. No serán lo buenas que quisiéramos, pero nos ayudan a comer".

Tenía fama de pellizcarles el trasero a todas las actrices jóvenes que pasaban por su lado, como me confió un día la gran y veterana estrella Ana Mariscal. Pero como lo hacía con gracia y desenfado, ninguna lo abroncaba, salvo que le tacharan sin acritud de ser un viejo verde. En cierta ocasión tuvo oportunidad de acudir a un cóctel en el que le presentaron a Sofía Loren, que rodaba en los alrededores de Madrid Orgullo y pasión. Sonó una música y no sabemos de quién partió la invitación, pero lo cierto es que Pepe Isbert acabó en la pista del local bailando con la exuberante actriz italiana, ante una nube de fotógrafos, que posiblemente habían sido los instigadores de aquel momento. Cuando acabó la pieza, un reportero solicitó del querido actor su opinión sobre Sofía: "Hasta donde yo alcanzo a su lado… ¡la leche!"

En épocas de vacas flacas, cuando no trabajaba, se iba con su mujer a Tarazona de la Mancha, población albaceteña donde a trece kilómetros de distancia poseía una finca de medidas considerables, herencia de su familia. Allí, amén de descansar, se interesaba por las faenas agrícolas que desarrollaban la cuadrilla de trabajadores contratados. Y al respecto, comentaba de vez en cuando: "Ése tractor lo compré gracias a tal película, y la máquina segadora, con otra". Tenía fama de tacaño, a lo que él retrucaba con sorna que lo que en realidad era es un buen administrador de sus bienes. En efecto, tenía esa finca que le proporcionaba buenos dividendos, el chalé madrileño de la zona de Arturo Soria y además era delegado de ventas en su zona de la conocida marca de cervezas El Águila. Tal vez muchos de sus admiradores lo creyeran hombre sencillo, que lo era desde luego, juzgándolo por la apariencia en algunas de sus películas, vestido de labriego o de paleto con boina. Naturalmente en su vida ajena al cine era muy cuidadoso a la hora de elegir sus trajes, pulcro en todo momento, luciendo corbata, y respetuoso si se le rogaba ir de etiqueta a algún evento, para lo que tenía un esmoquin en su armario. Su cordialidad presidía el trato que dispensaba a cualquiera que se le acercara, lo que extendía a la hora de responder a la numerosa correspondencia que llegaba a su poder. Conservo una carta suya, acusando recibo a la que le envié, de la que recuerdo aunque no la tenga ahora mismo delante su caligrafía clara, de bellos trazos, sin altibajos. Un hombre culto, que no hacía alusiones pedantes en ningún momento.

Dotado de gran memoria, era un regocijo escucharlo al evocar con infinito humor una larga retahíla de anécdotas. Por ejemplo, cuando tenía compañía teatral y representando la comedia Cuidado con la Paca decía en escena que el lorito que allí aparecía le había costado cuatro pesetas pero que lo habían engañado ya que no hablaba. Y un día el lorito, soltó: "¡Sí hablo, sí hablo!" No le gustaba verse en la pantalla como espectador: "Realmente lo que me hace gracia es verme de espaldas". En un cine de Albacete, se quedó dormido durante la proyección de una película donde "lo mataban". Se produjo un corte de luz en la sala y al encenderse los focos una señora que estaba a su lado pegó un grito al verlo realmente "muerto… de sueño". En los rodajes también dormitaba. Y en cierta ocasión, en ese trance, notó que alguien le acariciaba el rostro, despertándose increpando a aquel desconocido… que resultó ser un ministro del Gobierno de Franco, de visita a los estudios. Decíamos que hizo de cura en el cine. Varias veces. Con solvencia. Y él relataba que había estudiado, siendo niño, en un colegio religioso del Sacromonte granadino. También repitió el papel de taxista, como en Los ángeles del volante. La Agrupación de ese gremio de Madrid le ofreció un homenaje. Y más de una vez no quisieron cobrarle la carrera, creyéndolo un compañero de fatigas.

En el mes de diciembre de 1963 le practicaron una traqueotomía. No perdió todavía la voz afónica que le había caracterizado siempre. Pero ya comenzó el declinar de su vida, aunque rodara tres películas más, como apuntábamos. Echaba de menos las cuatro cajetillas de cigarrillos que fumaba diariamente. Y la compañía de sus amigos de tertulia en los cafés a los que iba a menudo. Se pasó más de un año sentado en un sillón, comunicándose con sus familiares a base de un cuaderno y un lapicero. Y el 28 de diciembre de 1966 se fue al cielo. Sus restos recibieron sepultura en el cementerio de Tarazona de la Mancha, en un panteón que él mismo había diseñado nueve años atrás.

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