La delirante y peligrosa vida del doctor Rosado: el médico de la tele que acabó en la droga

Manuel Rosado se hizo famoso en TVE por sus controvertidos métodos.

Manuel Román

Transcurría el año 1979 cuando en la tarde de los domingos Televisión Española estrenó el programa Fantástico, presentado por José María Íñigo. Uno de sus espacios estaba dedicado a la Medicina. Pero no a la convencional, de ahí que llevara por título, de acuerdo con el genérico mencionado, "Medicina fantástica". Lo comandaba un doctor llamado Manuel Rosado, quien en pocas semanas se hizo tan popular como controvertido. Hacía gala de unos sorprendentes consejos de salud. Partiendo de sus proclamados conocimientos de acupuntura sostenía que los dolores de cabeza, o de muelas, por ejemplo, podrían desaparecer en un santiamén con sólo frotar determinados dedos o ciertas partes de uno de los brazos.

Su momento de gloria, si así puede denominarse, fue aquel día que aseguró seriamente que una persona ahogada podía recobrar la vida aplicando un cigarrillo encendido en una parte concreta de la cabeza. Ese mismo día ocurrió que una niña cayó al agua en una piscina de Alicante y fueron inútiles los esfuerzos por salvarla hasta que intervino un sanitario que había visto el programa del doctor Rosado, siguió sus indicaciones y la pequeña volvió en sí. Puede decirse que estaba muerta, expulsó el agua que había entrado en sus pulmones y se reanimó totalmente. El episodio, que en la semana siguiente volvió a recordarse con la presencia en el estudio de los padres de "la resucitada", elevó la cuota de pantalla del programa pero en el Colegio de Médicos elevaron un expediente disciplinario al doctor y por decisión del entonces Ministro de Sanidad, Juan José Rovira, aquella "Medicina fantástica" dejó de emitirse.

Sostuvo Rosado que él tenía experiencia en casos parecidos cuando ejercía su trabajo en un servicio de socorro de la Cruz Roja, asegurando que de diez ahogados lograban salvar a dos. Interesado por la medicina china averiguaría que aplicando sus métodos, los resultados eran al revés: se salvaban ocho. Para entonces, Manuel Rosado González, natural de Salamanca, donde había nacido el 21 de febrero de 1939, criado en Extremadura, ya era suficientemente popular decidiendo aprovecharse de ello en su vida profesional.

Así es que montó en Barcelona una clínica con un socio conocida como Definitiva Depilación Therapy, muy publicitada en las páginas de prensa y en la radio, con el eslogan de que el doctor Rosado "te garantiza, mujer, de por vida la eliminación definitiva del vello". Al reclamo del anuncio acudieron muchas féminas, abonando según las sesiones contratadas entre diez mil y doscientas cuarenta mil pesetas. Al cabo de unas semanas pudieron comprobar no sólo que su vello no decrecía: es que la pilosidad había aumentado considerablemente. Digamos que "la medicina" del doctor Rosado producía efectos totalmente contrarios a los que pregonaba sanar. Se produjeron las denuncias de setenta y tres clientes y en consecuencia sus dos responsables tuvieron que vérselas con la Justicia, pero el doctor decidió solicitar el indulto. ¡Que ya es tener jeta! También fue condenado a devolver el dinero cobrado a las inocentes pacientes.

No acabó ahí la lista de negocios emprendidos por el osado facultativo que en contra de ciertas informaciones afirmaba no haber sido expulsado de la profesión, sino que la ejercía con toda propiedad, manteniendo su título, como colegiado en Madrid con el número 13044. En su ficha médica figuraba como profesor de Radiología y Cancerología, durante siete años, en la cátedra de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense.

Bueno, pues tras el fiasco de la clínica barcelonesa inauguró otra en Madrid, con parecidos resultados nefastos. Pero, siempre imaginativo y audaz abrió, no sé si ya llamar un chiringuito o continuar denominándolo clínica, esta vez en la especialidad de adelgazamiento. Los problemas que venía arrastrando con sus empresas y sus cuitas judiciales y carcelarias lo llevaron a una salida que ni el mejor guionista hubiera imaginado llegado a este punto del itinerario profesional del doctor Rosado.

Enterado de la muerte de un curandero muy popular que ejercía como tal en una chabola situada a las afueras del pueblo madrileño de Móstoles se ofreció, solícito, a reemplazarlo. Para lo cual, y siempre teniendo en cuenta la naturaleza de su nueva clientela, hubo de disfrazarse con un adecuado vestuario, nada pretencioso, dado que él solía vestir con elegancia. Y así comenzó a ejercer su nuevo cometido, previamente elegida también una decoración a tono con su papel: rodeado de velones, algunas imágenes de santos de identidad desconocida, rosarios, estampitas y devocionarios. La fama del nuevo curandero Rosado creció como la espuma por los alrededores. Y lo cierto es que él curaba a sus enfermos. Naturalmente utilizando sus conocimientos de Medicina general; dejando a un lado algunas estrafalarias medidas de su pasado televisivo. Mas para que nadie dudara de sus poderes taumatúrgicos, de su historial curandero, acompañaba sus diagnósticos con la entrega de unos fármacos a cuyos frascos previamente había quitado sus etiquetas, dando a entender que se trataba de ungüentos y pócimas de su cacumen, amén de que empujara a sus visitantes a pronunciar imaginarios cánticos, imprecisas oraciones o elevadas plegarias al cielo.

Pasaron unos años e imaginamos que sus prácticas curanderas le reportarían sus buenas limosnas. Hasta que un día apareció de nuevo en los medios informativos que tanto echaba de menos de su época televisiva. Sólo que esta vez, año 2003, lo vincularon a una organización clandestina dedicada al tráfico de drogas: unos narcos colombianos le enviaban a su casa de Villanueva del Pardillo, a las afueras de Madrid, paquetes con pasta base de cocaína camuflada, una especie de barro terapéutico que Rosado, al ser detenido, dijo necesitar para tratar a sus pacientes acuciados de dolores musculares. Para lo que disponía de una autorización de la Asociación Española de Medicina Natural y Terapéutica Física, de la que era director médico.

La realidad es que disponía de un laboratorio para la elaboración definitiva de la droga. Su aparente salvoconducto no le privó de ser detenido y llevado ante un juez. Parece que al final salió airoso del trance, tras pagar una fianza. Y así llegamos a tiempos cercanos, ya cuando su nombre fue difuminándose, en tanto su antaño figura de galán iba perdiendo atractivo, ya casi octogenario en la actualidad, con pocos cabellos, éstos encanecidos y luengas barbas que llevó una temporada. No era el mismo donjuán que yo conocí en los años 70 y 80, la época de su popularidad, cuando nos reuníamos un grupo de periodistas en la discoteca "Long-Play", y él no perdía ocasión de ligarse a alguna moza conocida de las revistas del corazón. Siempre, como decía, bien vestido, con ternos de buen corte. Alguien creyó que era una especie de "doctor Gannon a la española", aquel médico de una serie de televisión norteamericana.

Manuel Rosado | Mandala Ediciones

Hasta que de ser conocido como "el médico de la tele" pasó a engrosar las páginas de sucesos, condenado en más de una ocasión por estafa. Lo último que directamente supe de él es que había grabado un disco de villancicos, que me envió en las Navidades de hace pocos años. Tratando de averiguar algo sobre su vida actual supe que había publicado unos libros sobre sus experiencias médicas basadas en conocimientos místico- orientales, y que dirigía unos cursos a razón de ciento cincuenta euros la inscripción. A la hora de poner punto final a este escrito, pienso que el doctor Rosado precisaría, tal vez, de un buen biógrafo, o guionista que llevara su vida a una de esas series llamadas "de situación". Con un poco de aderezos sentimentales, la cosa podría dar juego. Tipos así no se ven todos los días y como éste, menos. "Es un buen tío", dejó escrito José María Íñigo. Divertido y "bon vivant", siempre me lo pareció cuando lo traté. Aunque algo peligroso también, por qué ocultarlo.

A continuación