Catherine Deneuve prepara su regreso seis meses después de sufrir un infarto cerebral

Repuesta de su medio año de reposo en su casa cercana a los Jardines de Luxemburgo, en París, la actriz prepara su vuelta al cine.

Manuel Román

Catherine Deneuve ha vuelto a los estudios cinematográficos después de un largo calvario, el de su recuperación lenta tras sufrir un infarto cerebral mientras rodaba en París la película De son vivant. Rodaje al que se ha reincorporado estos días, ya recuperada. El susto no se lo quitará nadie, desde luego. Pero ella tuvo parte de culpa: llevaba una vida desordenada, con un desenfrenado ritmo de trabajo (tres o cuatro películas anuales) y, lo que es peor, consumo de alcohol, tabaco y otros excesos. Era otra Catherine distinta, a la que todos antes creían como mujer de moderada existencia, de recto comportamiento siempre, desde luego con un rasgo común que a quiénes la hemos conocido nos servía de coincidencia al definirla: fría como un témpano. No en vano la prensa francesa ya le adjudicó hace tiempo la etiqueta de la rubia de hielo.

Cumplirá setenta y siete años en octubre próximo. No ha perdido elegancia, si la juzgamos por sus últimas fotografías aparecidas en París-Match, que la ha destacado en portada en un reciente número. Las arrugas ya no puede disimularlas totalmente en su bello rostro. Lógico, dada su edad. Pero es maravilloso que una actriz que ha rodado más de ciento veinticinco películas, que es una de las estrellas más destacadas del cine europeo, continúe en activo con el mismo o parecido entusiasmo de cuando en 1957 debutó en la pantalla. No era ese su objetivo juvenil entonces: pensaba ser arqueóloga, o en su defecto diseñadora de interiores. Pero su hermana, Françoise Dorleac, la convenció para asistir a unas pruebas cinematográficas. Y la eligieron. La muerte de Françoise en 1967, con quien había coprotagonizado Las señoritas de Rochefort, supuso para Catherine (que había optado por elegir un apellido distinto al de su hermana) un golpe durísimo. Plasmó sus amargos recuerdos en un libro escrito junto a su vecino Patrick Modiano: Ella se llamaba Françoise.

Su biografía sentimental está asociada a hombres relacionados con su profesión, el primero de ellos Roger Vadim. El director que descubrió a Brigitte Bardot intimó con Catherine Deneuve mientras la dirigía en El vicio de la virtud. Su relación duró entre 1961 y 1964, siendo padres de un varón, Christian. Vadim era un encantador de serpientes cuando conocía a una nueva mujer y deseaba ardientemente convertirla en otra de sus musas. Y de pronto engañó a Catherine cuando con total descaro se paseaba en público, muy ufano, del brazo de Jane Fonda. Desconocía Roger que ella, cuando advirtió que su pareja la engañaba, también tenía sus roces amorosos con un ídolo del rock, Johnny Hallyday. Este romance lo mantuvieron ambos en total secreto y sólo se supo muchos años más tarde, cuando él publicó sus memorias, aunque disfrazó el nombre de Catherine Deneuve bajo el apelativo de Lady Lucille.

Se habían enamorado durante el rodaje de Parisiennes, película donde ella interpretaba una de las muchas románticas composiciones de Charles Aznavour, "Retiens la nuit". Johnny contaba por entonces sólo dieciocho años. Y a lo largo del tiempo recordaban aquellos primeros contactos, aunque no se vieran, aunque ni siquiera se telefonearan: él estaba con Sylvie Vartan, y ella vivía otros amores. Pero siempre sabían que, si se necesitaban, cualquiera de los dos acudiría a la cita. Un misterioso nudo afectivo los unió hasta la muerte de Johnny en 2017. Ella no se casó con él porque vislumbraba un desastre, a causa sobre todo del modo de vida del cantante, que no podía alejarse de las drogas. Pero esa historia que tantos años ocultaron, sobre todo a los franceses, sus compatriotas, que los adoraban, estuvo salpicada de ocasionales encuentros llenos de pasión. Sucedió, por ejemplo, en Tokio. Eran dos seres necesitados de cariño, que no lo encontraban en sus respectivas parejas. Cada cumpleaños, Johnny le enviaba un ramo de flores. Y cuando quiso suicidarse, una de las pocas mujeres que lo amaron, que era el caso de Catherine, se acercó hasta su cama en el hospital donde lo atendieron.

Con el fotógrafo británico David Bailey, Catherine se casó en 1965. Su primera boda. Una decepción. Por eso, al divorciarse en 1972, prometió no volver a tropezar en la misma piedra. Lo que no evitó liarse la manta a la cabeza cuando Marcello Mastroianni "le tiró los tejos" en 1971. Duraron hasta 1975. Padres de la hoy también actriz Chiara Mastroianni. Sorprendí al gran actor italiano una calurosa tarde en el aeropuerto de Barajas, donde esperaba su conexión con un vuelo a Almería, donde Catherine Deneuve estaba rodando una película de vaqueros. Fue inútil entrevistarlo. Marcello, fuera de su profesión, se negaba siempre a hablar de su vida privada. Y no es que fuera antipático, pero lo parecía, como comprobé en alguna otra ocasión.

La ruptura con Mastroianni dejó una huella importante en el corazón herido de la estrella francesa, que se mantuvo unos años ajena a cualquier otra complicación sentimental. Hasta que en 1982 se emparejó con un escritor inglés, Hugh Johnson, experto en vinos. Sólo estuvieron juntos un año, a partir de 1982. En 1984, Catherine probó suerte con un periodista galo muy conocido, Pierre Lescure, con quien convivió siete años, un periodo de estabilidad emocional que no disfrutaba desde hacía tiempo. Y a partir de 1991 ya se acabaron esas experiencias, al menos que se sepa. Ningún otro hombre aparece en su biografía sentimental.

Catherine Deneuve, con su dilatada vida de actriz, ya ha pasado hace tiempo a la historia del mejor cine francesa, siquiera con estos solos títulos: Los paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy, Repulsión, de Roman Polanski y sobre todo Belle de jour y Tristana, a las órdenes de nuestro Luis Buñuel (el aragonés furibundo que adoptó la nacionalidad mexicana sin olvidar su querencia española); ambos se adoraban y respetaban. Luego hay otro director en la filmografía de Catherine Deneuve, que no hemos de pasar por alto, François Truffaut, uno de los impulsores de "la nouvelle vague". Con él rodó La sirena del Mississippi, que citamos no porque fuera una de sus mejores películas. Los dos se amaron en su día, con la consciencia de que él, François, había siendo antes amante de la hermana de Catherine, Françoise Dorleac. Lo que algún indocto llamaría morbo. Puede que en su momento, en las revistas francesas del corazón, hicieran del asunto un folletín. Catherine abandonó a Truffaut y éste pasó un periodo depresivo por aquella ruptura, inesperada para él, que amaba a Catherin.

Otras aristas encontramos en Catherine Deneuve: su vinculación con el modista Yves Saint-Laurent, (puramente profesional, por supuesto) de quien estrenó muchos modelos exclusivos. Hace unos años, al haber vendido una de sus propiedades, con gran dolor de su corazón Catherine hubo de deshacerse de esa colección de vestidos. No tenía ya sitio para albergarla. Promovió una subasta, de la que obtuvo casi un millón de euros. Otra cuestión relaciona a la actriz con la República Francesa cuando en el periodo comprendido entre 1985 y 1989 fue elegida como Marianne, su símbolo.

Y ahora, repuesta de su medio año de reposo en su casa cercana a los Jardines de Luxemburgo, en París, solitaria, puede verse a Catherine pasear a su perro "Jack", de raza japonesa cuando entre dos luces cae la tarde y la actriz da rienda suelta a sus pensamientos. Silenciosa, no es difícil imaginar que en adelante no desea vivir la odisea de aquel repentino infarto, sino tomársela con tranquilidad, sin recurrir a ningún estimulante. Aunque no tenga un hombre a su lado, aunque esté sola.

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