Al Pacino llega a los 80 años sin haberse casado nunca

Al Pacino, legendario como es, no concede muchas entrevistas y mucho menos habla de su vida personal.

Manuel Román

Ha llegado Al Pacino, uno de los últimos mitos del cine norteamericano, a la edad de ochenta años, cumplidos este sábado, 25 de abril, en plena forma, física e intelectual, empalmando varios trabajos: El irlandés, película que le unió de nuevo a su gran amigo y compatriota, Scorsese; Érase una vez en Hollywood, a las órdenes de Tarantino, y la serie Hunters, donde interpreta a un superviviente del Holocausto que dedica fortuna y esfuerzos para cazar a cuantos nazis supervivientes contemporáneos se le pongan a tiro. Esta continua actividad de Al Pacino lo convierten en uno de los pocos casos actuales de veteranos del cine que están en activo a tan provecta edad. Que interesan al público.

No es amigo Al Pacino de conceder entrevistas fuera de sus obligaciones cuando ha de cumplir con sus giras de promoción, como ha sido su caso últimamente, en función de los títulos antes mencionados. Y de esas comparecencias ante la prensa hemos recogido algunas de las pocas confesiones acerca de su vida personal, aunque nos deje igual que estábamos; esto es, sin saber, por ejemplo, por qué no se ha casado nunca. Sabiéndolo un mujeriego compulsivo, desde luego.

"Es una historia muy larga de contar - dice el admirado actor - y yo suelo expresarme con frases muy largas, lo que hace imposible que pudiera relatar lo que me preguntan en una sola entrevista. Me han propuesto escribir mi autobiografía. Tengo incluso un posible escritor al que dictarla. Podría contar ahí todo eso, pero sinceramente es algo de lo que siempre me escapo cuando me preguntan por qué no me he casado". Y así, con su irónica respuesta, Al Pacino ha respondido al interés periodístico acerca de su vida sentimental y su insobornable soltería. A mi memoria viene por ejemplo el caso de algún otro popular actor, renuente a pasar por la vicaría o un juzgado, el italiano Alberto Sordi. Habrá otros. ¿Miedo a ese compromiso? ¿Egoísmo? ¿Incapacidad de compartir su vida con alguien que le despierte amor?

Al Pacino ha tenido suficientes experiencias con mujeres como para haber elegido a alguna para convertirla en consorte. Y no lo ha hecho. En 1967, con veintisiete años, Al Pacino se enrolló con la actriz Jill Clayburgh, conviviendo con ella cinco años. Fue su primer romance conocido. En 1988 tuvo otro con la profesora de interpretación Jan Tarrant, fruto del cual nació su hija Julie Marie. Entre 1997 y 2003 estuvo líado con la actriz Beverly D´Angelo, madre de sus dos hijos Anton James y Olivia. A sus tres retoños apenas les dedicó atención Al Pacino. En su lista de amores figuran entre las actrices más conocidas, Diane Keaton (a la que conquistó en el rodaje de El Padrino), Marthe Keller, Kathleen Quinlan... En 2007 pareció haber encontrado a su "media naranja", una actriz argentina hija de padre dedicado a la política, Lucila Polak. Parecían compenetrarse muy bien, con la salvedad que nunca vivieron bajo el mismo techo, cada uno en su casa, y reuniéndose de vez en cuando. Así discutían menos. Transcurrieron diez años y, en perfecta armonía, se dijeron adiós. Quizás los treinta y cinco años que les separaban, significaron una barrera difícil de superar. Fue cuando el actor de mirada inquietante se prendó de una actriz-cantante israelí, Meital Dohan, cuarentona, que tiene justo la mitad de edad que Al Pacino. Han estado un año compartiendo cama y confidencias para hace pocos meses romper de manera definitiva tras una rotunda pelea. Meital se fue de casa de Pacino, declarando a un periódico que su ex compañero era un viejo y encima, colgándole el sambenito de tacaño: "Sólo me regalaba flores de vez en cuando".

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Con Meital Dohan | Archivo

Solo y con escasos amigos, Al Pacino es un tipo huidizo y solitario, que comparte su habitual residencia neoyorquina con otra en Beverly Hills cuando va a rodar a Los Ángeles. Viviendas muy protegidas por vigilantes bien pagados para preservarse del acoso de los frecuentes "paparazzi" que lo acechan. No usa móvil, no comparte las redes sociales. ¿A qué obedece su carácter impenetrable, hosco? Mucha gente lo ha comparado con su colega de generación Robert de Niro, confundiéndolos a veces, a pesar de que físicamente no se parecen en rasgo alguno. Podría suponerse que son amigos, han coincidido en algunos repartos. "Sí, hemos llevado vidas paralelas, así es que no viéndonos casi nunca, tenemos un vínculo especial", destaca Al Pacino.

Su fobia al matrimonio pienso que se debe a un recuerdo nada baladí. Alfredo James Pacino, que así se llama, nacido en Nueva York en el seno de una modestísima familia el 25 de abril de 1940, hijo de pobres emigrantes italianos, tuvo una infancia triste, en un hogar deshecho: sus progenitores se divorciaron teniendo él sólo dos años. Vivió con unos familiares maternos. Y esa ausencia de calor afectivo marcó en Alfredo la obsesión de no casarse nunca. Su adolescencia y juventud transcurrieron en la calle, entre pandilleros que robaban y se peleaban. Cuando ya procuró forjarse una existencia honrada hubo de recurrir a trabajos eventuales: camarero, mensajero, empleado en una oficina postal, portero… Se salvó gracias a un repentino deseo de ser actor. Le costaría ingresar en la célebre academia "del método", el Actor´s Studio, donde lo aleccionaron Lee Strasberg y Charles Laughton, debutando en el cine hace medio siglo. La saga de El Padrino, en el personaje de Michael Corleone, fue su trampolín para triunfar. Se sometió a unas pruebas para ese papel, lo mismo que Jack Nicholson, Warren Beatty, Robert Redford y Robert de Niro. Y Francis Ford Coppola lo eligió a él. Con una filmografía abundante de la que destacan títulos que a menudo se reponen en los canales televisivos de todo el mundo: Serpico, El espantapájaros, Tarde de perros, Justicia para todos, Scarface… "La fama que obtuve con El Padrino, me cambió, no supe controlarla, tuve que empezar una terapia, cinco días a la semana a lo largo de muchos años, en una clínica. Así es que en los años 80 únicamente rodé cinco películas, lo que me vino muy bien, tranquilizándome. Pero claro, el dinero se acababa...". Y tuvo que reemprender su ritmo, que mantiene, aceptando películas y series para seguir en candelero y con unas saneadas cuentas corrientes. Ya se ha dicho que lo han calificado de avaro. No lo ha desmentido.

Se había desenganchado de las drogas, cuando su época callejera. Pero en años no muy lejanos, alguna vez tuvo la tentación de recurrir al polvo blanco. Así le ocurrió en una fiesta de los "Óscar" cuando estaba nominado y siguió la larga ceremonia completamente bajo los efectos de una dosis de droga. No es muy asiduo a esos eventos de premios y reuniones entre gentes de Hollywood. Le fastidia vestirse de etiqueta, se le ve más fotografiado con ropa corriente. Huye de todo convencionalismo social. Viene a ser como un irredento rebelde que apenas soporta a nadie, sólo a sí mismo, y a veces ni eso. Pero es un grande del cine, que ha alcanzado los ochenta años sin ver mermada su categoría de ídolo de la pantalla.

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