El marqués de Griñón, todo un caballero que conquistó a muchas mujeres

Seductor hasta su última etapa amorosa, culminada con una cuarta boda, tras un sinfín de idilios.

Manuel Román

Carlos Falcó, marqués de Griñón y de Castel Moncayo, Grande de España, tiene una biografía sentimental con nutridas citas sentimentales. Al margen de su tesonera e importante faceta de empresario vitivinícola, ha sido todo un caballero, seductor hasta su última etapa amorosa, culminada con una cuarta boda, tras un sinfín de idilios con muy respetables, bellas y adineradas damas, aunque jamás en sus conquistas antepuso la necesidad de fijarse en ninguna de ellas por su fortuna. Es más: al menos se conocen sus dificultades económicas cuando estuvo casado con Isabel Preysler y ella lo ayudó a salir adelante, mediante un generoso préstamo.

Perteneciente a una aristocrática familia, los marqueses de Montellano, vivía en un palacete del madrileño paseo de la Castellana junto a sus padres y hermanos. Durante una larga temporada allí se alojó don Juan Carlos de Borbón y Borbón (Juanito en su entorno familiar y en aquella residencia, hoy sede de una compañía de seguros) El futuro Rey de España fue compañero de juegos con los hermanos Falcó, Carlos y Fernando. Los tres serían, ya en su primera juventud, admiradores del sexo femenino. Y cuando Carlos decidió estudiar la carrera de Ingeniero Agrónomo en la Universidad belga de Lovaina, aconsejado por su abuelo materno, tuvo tiempo de vivir tempranos amores con bastantes jovencitas, compañeras o no de estudios, aunque sin comprometerse con ninguna. El primer gran amor de esa época lo vivió el marqués de Griñón con una rusa, lo que en aquella época constituía una novedad, al menos en España.

Carlos Falcó, nacido en Madrid el 3 de febrero de 1937, heredó el marquesado de Griñón, título que la reina Isabel II otorgó a su familia en 1862. Su amor por el campo, la agricultura en general, fue siempre su pasión, junto a la de tener siempre a su lado una bella mujer. Y así era Jeannine Giraud con quien contrajo matrimonio en 1963 en la madrileña iglesia de San Fermín de los Navarros. La novia contaba veinte años; el novio, veintiséis. Aquella pareja brilló entre la buena sociedad de la época. Jeannine, elegante, rubia, de fuerte carácter, descendía de una familia de joyeros suizos, instalados al principio de la Gran Vía. En los siete años que duró su unión tuvieron dos hijos, Manuel y Alejandra. Un buen día, Jeannine abandonó a Carlos Falcó, marchándose con José Enrique Varela, hijo del bilaureado general y luego cuñado del guitarrista Paco de Lucía. Fue un escándalo en la alta sociedad, con el añadido de que el mentado Varela tuvo algunos problemas con la Justicia.

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Fue sin duda un golpe que el marqués de Griñón no esperaba, o al menos disimulaba si le llegaban rumores de que su esposa "le ponía los cuernos". Su dignidad siempre estuvo por encima de cualquier contingencia. Y logró que un juez le otorgara la custodia de sus dos hijos. Como quiera que la soledad no iba con su carácter, pronto tuvo nuevas amigas a su lado, como Naty Abascal, Sandra Gamazo y una anticuaria francesa, Christina Reiff, con la que simpatizó mucho hasta el punto de que se barajó la posibilidad de que se casaran. No ocurrió tal cosa. Entre medias de algún que otro ligero romance, Carlos Falcó, que hizo un viaje a California para ampliar sus conocimientos sobre el vino y las nuevas técnicas para lograr unos buenos caldos que iban a llevar la etiqueta de su título nobiliario, conoció a una mujer por la que muchos cazafortunas suspiraban: Cristina, la hija del multimillonario armador griego Aristóteles Onassis. El encuentro de ambos suscitó en ella un repentino y acalorado amor hacia el marqués, muy sorprendido del arrebato que ella le mostró, sin disimulo. Cristina Onassis, invitada por Carlos Falcó, vino a España, se instaló en una finca de su anfitrión y hasta viajó a su lado por algunos lugares de la Mancha. Pero el marqués de Griñón ni siquiera sopesó por un momento la posibilidad de matrimoniar con aquella mujer, con apellido ligado a una enorme fortuna. Utilizó la diplomacia para despedirse de ella. Comenzaría a partir de entonces su rosario de desdichas sentimentales, que la abocaron a una temprana desaparición.

Unos años después, Carlos Falcó acudió a un pase privado de la película "Fiebre del sábado noche", en la sala de proyecciones de una distribuidora cinematográfica, invitado por un buen amigo, Vicuña, dirigente de esa empresa. Veinte personas estaban en la pequeña sala, en lo que entre profesionales de la crítica se conoce como un visionado. Y entre ellas, Isabel Preysler. No se conocían, o al menos es lo que trascendió después. Por esa época, "la reina de corazones" estaba muy mosqueada con su marido, Julio Iglesias, que se pasaba diez meses al año fuera del hogar conyugal y además, siéndole infiel. Carlos Falcó llegó a la vida de Isabel en ese momento en el que una mujer engañada necesita un hombre con el que olvidarse de quien no la respeta. Así es que ella aceptó salir con el marqués de Griñón a cenar una noche, que fue el principio de lo que iba a ser un amor tempestuoso. Porque en sucesivos encuentros, sobre todo en el Safari Park del que era propietario el marqués, Isabel se dio cuenta que se estaba enamorando, al tiempo que olvidaba a Julio. "Descubrí que me gustaba su sentido del humor, su refinada educación, su cortesía. Empezamos a vernos con más frecuencia. Un buen día, al llegar a casa, comprendí que entre los dos había nacido una atracción mayor. Entonces le dije a Carlos que deberíamos ir con cuidado porque a mí me seguían los periodistas a todas partes". La pareja se veía, a escondidas, en un apartamento situado en el número 45 de la calle del marqués Pico de Velasco. Poco a poco fueron circulando rumores sobre aquella historia. La recién fallecida duquesa de Sevilla, enterada del asunto, le facilitó a Jaime Peñafiel la noticia. Y el veterano y acreditado colega no dudó en publicarlo en ¡Hola! no sin antes consultárselo a Isabel. El 21 de julio de 1978, a través de un comunicado que se publicó en dicho semanario, Julio Iglesias e Isabel Preysler anunciaban su separación. Como quiera que al año siguiente el Tribunal Eclesiástico de Brooklin concedió la nulidad matrimonial a la pareja, de ese modo pudo casarse por la Iglesia con Carlos Falcó, quien a su vez ya consiguió asimismo la nulidad del suyo con Jeannine Giraud. Ceremonia que tuvo lugar en la ermita de Casa de Vacas, en la provincia de Toledo, de la que era dueño el marqués. Celebrada en la intimidad.

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El 20 de noviembre de 1981 los felices marqueses de Griñón daban a conocer el nacimiento de su hija Tamara, la única que tuvieron. Isabel Preysler, según confesiones de una sirvienta, Humildad Rodríguez, ordenó que todos los sirvientes de la casa, en Arga 1, le dieran tratamiento de marquesa al dirigirse a ella.

No habían transcurrido dos años de aquella boda, con la que las revistas del corazón "se pusieron las botas", cuando en una de "las lentejas de Mona Jiménez", reuniones que esta señora sudamericana ofrecía a gentes de la "beautiful people", los marqueses de Griñón coincidieron animadamente con Miguel Boyer y su esposa ginecóloga. Volvieron a verse en unas vacaciones en Ibiza. Y para no alargar más lo que podría ser el capítulo de un culebrón televisivo, el 14 de julio de 1985 los marqueses daban por finiquitada su unión matrimonial. Lo que luego ocurrió entre el Ministro de Hacienda e Isabel Preysler, ya es harto sabido. Añadamos como colofón al deshecho matrimonio de los marqueses que, necesitando Carlos dinero contante y sonante recibió un préstamo registrado documentalmente por valor de veintiún millones de pesetas, con un interés, "módico", al catorce por ciento. Que el marqués pagó religiosamente cuando le fue posible y se lo permitió la venta al extranjero de sus vinos, de muy alta calidad.

Siempre sin perder el ánimo, Carlos Falcó, repuesto del tremendo mazazo que le supuso separarse de Isabel Preysler, se aplicó a la tarea de encontrar a otra mujer que lo hiciera feliz, sin exponerse a que lo abandonaran por segunda vez, que ya es una desgracia. Y así fue como se desposó por tercera vez ya sólo civilmente en el consulado español de Bayona en 1993. Con Fátima de la Cierva, bisnieta del duque del Infantado veintidós años más joven que Carlos, antropóloga de carrera. Dos niños alegraron su vida, Duarte y Aldara. Fátima, al contrario de Isabel, prefería vivir en el campo, lejos del mundanal ruido y las fiestas de sociedad. Así es que se fueron a vivir a la finca El Rincón. Pero tampoco aquello de "a la tercera va la vencida" acompañó en la suerte al marqués, quien ya a los tres años de casarse con Fátima acusó, quizás la gran diferencia de edad, y los primeros síntomas de desavenencia. Definitivamente la ruptura de la pareja se produjo de modo oficial en 2011.

Carlos Falcó estaba ya por entonces muy ocupado con sus negocios, pero no desistía de probar fortuna nuevamente en el amor. Y en una fiesta conoció a una modelo malagueña, cuarenta y dos años menor. Se encandiló muy pronto con ella, sin importarle lo más mínimo el pasado sentimental de su recién conocida amiga, que se había divorciado ya dos veces. Su nombre, Esther Doña. Eso sucedía en 2015. En poco tiempo el marqués la convenció para casarse. Ella no se lo pensó mucho. Vivía gracias a un pequeño negocio relacionado con productos de belleza. Los hijos del marqués pusieron el grito en el cielo: él no les hizo el más mínimo caso. Se fueron a vivir juntos, sin importarles "el qué dirán". En 2016 se inscribieron en el Registro Civil como "pareja de hecho". Y al día siguiente de obtener el divorcio de Fátima de la Cierva, Carlos y Esther se dieron el "sí, quiero" en ceremonia civil celebrada en julio de 2017.

La pareja se había paseado ya en toda clase de eventos sociales, y puntualmente, aparecían asidos de la mano en las páginas de las revistas, como si fueran dos adolescentes. El marqués parecía estrenar una segunda juventud. Pero más adelante, se supo que Esther y Carlos comenzaban a tener alguna escaramuza. La más sonada cierta noche que alojados en un hotel madrileño (ignoramos por qué, teniendo otras residencias propias) armaron un pequeño escándalo, de tal guisa que los vecinos de habitación se quejaron a la recepción del establecimiento. Llegó la policía y el marqués de Griñón dio con sus huesos, por unas pocas horas, en la cárcel. Sin cargo alguno salió al día siguiente, un tanto desmejorada su imagen, que así apareció publicada en los semanarios del corazón. Los marqueses enviaron una nota a los medios, en la que decían haber pasado un mal momento pero que seguían muy enamorados. En semanas siguientes y hasta hace no muchas semanas, se les veía retratados, como siempre, cogidos de la mano, muy elegantes siempre, bien de etiqueta, bien con ropa deportiva o de uso diario. Carlos Falcó, pese a sus años, ochenta y tres cumplidos en el pasado febrero, aparecía con buen aspecto, media sonrisa en él habitual, con ese estilo que nunca le abandonó, consecuente con su rango de nobleza. Lo entrevisté en tres ocasiones y en todas ellas fue cortés y hasta exquisito, aunque me decía que no le gustaban las entrevistas de tipo personal y mucho menos para hablar de asuntos íntimos; en cambio, era más explícito contándome sus éxitos como experto bodeguero de alcurnia.

Nadie de su entorno esperaba este triste final del caballeroso marqués de Griñón, una víctima más del drama que toda España vive, soporta y resiste. Nos cuesta mucho escribir sobre alguien tan respetable desaparecido en tan trágicas circunstancias.

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