¿Hay alguien que caiga bien a todo el mundo?

Rosa Belmonte

La del ¡Hola! de la semana pasada (salvo por la duquesa de Suárez) es una portada que me provoca rechazo. También son manías mías, claro. Rociíto, Megan Markle, Malú, Merlos, Eugenia Silva. Pero si sólo faltaban Ronan Farrow y el padre Ángel. Aunque hay gente a la que le cae bien el padre Ángel. O no le cae mal, no sé. Y gente a la que le cae bien Ronan Farrow. Menuda sorpresa que un artículo de The New York Times cuestione la solidez de sus trabajos de investigación. No dicen que mienta sino que se deja llevar por "narrativas cinematográficas" y por algo peor, el ambiente periodístico de ataque a los malos en el que "las viejas reglas de la imparcialidad y la mente abierta" son cosa de otros tiempos.

En sus memorias, A propósito de nada (Alianza), Woody Allen habla del asunto de siempre, del abuso a la hija Dylan. "Estoy convencido de que cree lo que le fue sugerido machaconamente durante tantos años. Ella y su hermano Satchel eran niños inocentes". Satchel es Ronan. También dice que a este le operaron de las piernas para ser más alto porque Mia Farrow pensaba que "ser alto es fundamental para la política". Y sobre todo, esto sobre lo que supuestamente pasó el 4 de agosto de 1992: "¿Qué sentido tiene que un hombre de cincuenta y siete años que nunca ha sido acusado de ninguna indecencia en su vida, en medio de la lucha pública por la custodia, se presente en casa de la mujer que más le odia y elija ese momento y ese lugar para convertirse en acosador sexual y abusar de su hija de siete años?".

Muchos críticos estadounidenses han puesto verde el libro simplemente porque es Woody Allen. Les cae mal. No puedes no odiarle. Supongo que a esos, por las mismas razones, les cae bien Ronan Farrow. Ellen DeGeneres dice estar abrumada y "contra las cuerdas" por una ola de antipatía contra ella, que empezó cuando el cómico Kevin T. Porter empezó un hilo en Twitter en que invitaba a contar cosas locas sobre el comportamiento de Ellen DeGeneres, "una de las personas vivas más malvadas del mundo". Y salieron hasta historias terelulianas. ¿Se acuerdan de cuando se decía que Terelu abrían los dedos índice y corazón y le ponían un cigarro encendido? En el caso de la cómica americana contaron que es tan déspota que cuando alguien se acerca a ella debe estar mascando chicle porque no soporta ningún mal aliento. Encima, durante el confinamiento se exhibió en su casoplón de Santa Bárbara. "Me siento como en una cárcel", soltó antes de que se le echaran encima. Tampoco parece haber sido la mejor jefa con la suspensión de trabajos durante el confinamiento (Warner dice que mantienen los salarios adaptados a una reducción de jornada). Pero Jimmy Kimmel pagó los salarios de sus empleados de su fortuna. Es verdad que ella donó un millón a los más vulnerables. Pero no debían de ser sus empleados. Y un antiguo guardaespaldas fue a la Fox a decir que lo trababa de forma humillante. El caso es que, según todo lo revelado, es una especie de Cruella de Vil. Cruel, grosera. Elige a un empleado para odiarlo durante un día, no mira a los ojos a los becarios y no deja que los empleados se relacionen con sus invitados. Una joya, vaya. Hoy no se quema a las brujas, pero lo de Ellen es parecido. El dedo acusador no deja de ser una turba. Es verdad que Ellen no ha quedado como Cleopatra en Freaks, pero más vale que nadie se fije en ti. La locarrias de Mia Farrow o unos empleados enfadados.

A veces hay gente que le cae bien a todo el mundo. Quizá Paco Rabal. Y tampoco estoy muy segura. Dicen que Jiménez Fraud, el histórico director de la Residencia de Estudiantes, le caía bien a todo el mundo. "El único español de aquel tiempo cuyas virtudes fueron indiscutidas y ponderadas por todos" (Trapiello). Y eso que cuando llegó 1936 aquello se convirtió en un manicomio. La izquierda consideraba a la institución un foco reaccionario y la derecha, un tinglado de izquierdas. En julio del 36 se oían los fusilamientos por las noches y por las mañanas, a las criadas contándolo. "El de hoy era un señorito fascista, tenía zapatos de charol y estaba envuelto en una bandera monárquica" (¡un Cayetano!) y otro día "un pobre de alpargatas". Según Moreno Villa, se fijaban mucho en los zapatos y en las manos. Los odios de la guerra son sangrientos, los de ahora casi nunca son sangrientos pero sí igual idiotas. Y como diría Paquita Salas, yo no los llamo haters, los llamo hijos de puta.

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