Antonio Molina, adorado por miles de mujeres, pero siempre fiel a su mujer

Antonio Molina murió en estas fechas en 1992. Ahora cumpliría 90 años. 

Manuel Román

Fue Antonio Molina un cancionero de masas. Dotado para el arte flamenco desarrolló más el género de la copla, dejando la impronta de su estilo irrepetible, difícil de imitar: alargaba las frases de sus estribillos en un verdadero alarde vocal, llegando a unas notas que nadie igualaba, sabiendo manejar sabiamente la garganta. Porque en realidad ya lo hizo en sus comienzos, cuando apenas era conocido fuera de su Málaga natal, donde nació en un hogar muy humilde, el 9 de marzo de 1928. No tuvo estudios musicales, salvo los que llegado a Madrid le impartió el maestro Legaza, en su academia. Entre los primeros años 50 y la década de los 60 fue uno de los grandes en su género. Su voz, a fuerza de no cuidarla lo suficiente al entregarse tanto al público y actuar a ratos sin micrófono, empezó a fallarle en los setenta. Y ya una década después, vivió a base de las rentas del pasado. Como una vieja gloria. Y aun así, por la excelencia de su arte y su bonhomía personal lo siguen recordando muchos de sus fieles admiradores. En su familia, donde depositó también regueros de su talento artístico, no han dejado nunca de honrarle: Angelita, su esposa, a la que siempre fue fiel y sus ocho hijos, entre los que han destacado sobre todo Ángela, en el cine, también Micky, y en la canción, Olivia y, hace tiempo, fugazmente, asimismo Paula.

Había dejado de cantar Antonio Molina en 1989 cuando representaba su espectáculo "Andalucía en vivo", con el que recurrió muchos pueblos españoles. En Madrid, ya se había despedido tres años atrás, con otro de título premonitorio: "El adiós a España". Lo retiró una enfermedad propia de los mineros, fibrosis pulmonar. Pero él, como me dijo con voz entrecortada en la última entrevista, sólo había bajado a una mina, en Puertollano, cuando rodó Esa voz es una mina. Sus excesos vocales le habían pasado factura. Y también que en los años postreros no tuvo precaución alguna, trasnochando, fumando o bebiendo alguna copa de más, cuando él en sus mejores tiempos confesaba ser abstemio. En esos meses precarios de su existencia ya apenas salía de su vivienda, en Fuencarral, calle de Nuestra Señora de Valverde, 120, de lo que antes fue pueblo y luego distrito madrileño. Angelita, su abnegada esposa, filtraba las llamadas telefónicas –él me confesó que muy pocos de sus compañeros se interesaban por su estado– y sobre todo las visitas, a cuentagotas para los más íntimos. Se disculpaba ante los periodistas. Tuve yo más suerte al ser recibido. Me causó una extraña impresión al verlo con luengas barbas cenicientas y los cabellos, antes negros y ensortijados, ahora también albos. El cantante estaba abrazado a una botella de oxígeno. Y durante la hora y media que permanecí entrevistándolo la conversación –que conservo grabada, difundida luego por YouTube– se interrumpió media docena de veces: tenía que llevar aire a sus maltrechos pulmones. Sabía que su muerte se acercaba: "No la temo. ¡Que le den por c…! Lo único que siento es que ya no podrá cantar más". Por sus mejillas comenzaron a correr unas indisimuladas lágrimas. Y yo le di un abrazo, con el corazón partido, sabedor de que ya no volveríamos a vernos.

hqdefault.jpg


A las cinco de la madrugada del 18 de marzo, cuando aún las claras del día no habían aparecido, Antonio Molina, hombre muy piadoso, entregaba su alma a Dios, tranquilo, muy sereno, tras despedirse de los suyos con estas palabras: "Os amo profundamente".

Una muchedumbre, un par de miles de cuantos lo admiraron, siguieron a la comitiva mortuoria desde la casa del cantante hasta dos kilómetros más arriba, el cementerio de Fuencarral. Entre los presentes, Lola Flores, Rocío Jurado, Joan Manuel Serrat, Carmen Sevilla, Marujita Díaz, Lolita Sevilla, José Sacristán… Y esas gentes del pueblo que se veían representadas en las coplas del artista malagueño.

Tenía unos apellidos a primera vista con ínfulas aristocráticas, aparentemente decimos: Antonio Molina de Hoces Castillo. Pero procedía de una familia que pasó muchas fatigas, nombre por el que también se conocía el barrio. Desde repartidor de leche a lomos de un burro –producto que manipuló más de una vez, aguándolo, lo que le costó ir a la cárcel y ser multado- hasta camarero y cuidador de cerdos y conejos. Trabajando en un restaurante malagueño se enamoró de la dueña, que le doblaba la edad, él apenas un mozo quinceañero. Siendo correspondido, Antonio y su amante se instalaron en Madrid en casa de unos familiares de ésta. Como no quería ser mantenido por dicha mujer, se puso a trabajar de tapicero y rompió sus relaciones al cabo de un par de años. Cumplido el servicio militar sería a partir de los primeros años 50 cuando fue naciendo el mito. Con su primera película, "El pescador de coplas", que lo emparejó con una juvenil Marujita Diaz, se convirtió en un galán canoro de la pantalla. Y en la radio fue popularizando una serie de canciones que lo llevaron a recorrer España entera con sus taquilleros espectáculos. Tanto es así que los teatros se le hicieron pequeños para albergar a tantos seguidores, por lo que fue de los primeros cancioneros en actuar en plazas de toros. "Adiós a España", "Marblanca", "Soy minero", "María de los Remedios", "Acacia de Madrid", "La hija de Juan Simón", "El Cristo de los Faroles"… Títulos que corrían de boca en boca. Se hizo millonario. Tiempos en los que era difícil tener un coche, los llamados "haigas". Se atrevió en una recepción a pedirle a Franco que le facilitara un permiso de importación. El Jefe del Estado lo remitió al Ministro de Industria de entonces, Arburúa, que complació al recipiendario, el que iba a los pueblos subido en un llamativo automóvil de fabricación extranjera. Pero no fue un coche regalado por el Caudillo, como se asegura en la biografía del cantante escrita por Gallego y Aixaalá.

hqdefault.jpg


En 1952 contrajo matrimonio con Ángela Tejedor, que era hija del alcalde del entonces ya mentado pueblo de Fuencarral. "De penalti", me subrayó, sonriendo, el buenazo de Antonio. Un matrimonio dichoso. Él era feliz con aquella familia numerosa. Y no se le conocieron "ligues" que pusieran en peligro aquella unión. Si los tuvo (los ídolos como él eran constantemente asediados por mujeres que lo admiraban) supo ser tan discreto que los periodistas no se enteraron. Porque siempre proclamó que a la mujer que más había querido en su vida era Angelita. ¿Cómo iba a engañarla?

No tuvo otras veleidades fuera de su profesión. Quiso hacer negocios y fuera de su mundillo no le fue bien, por ejemplo, la cafetería que llevaba su nombre en la calle madrileña de Guzmán el Bueno. Así es que para él cantar fue siempre su vida. Cuando la copla estaba decaída, y ya no era empresario de sus propios espectáculos, aceptó ser contratado por Juanita Valderrama y el actor Pepe Sancho, que montaron un circo con el que recorrieron un sinfín de pueblos. Eso ya en la década de los 80. Antonio Molina cobraba entonces 50.000 pesetas diarias. Pero ya en esos años era sólo una pálida imagen de lo grande que fue tiempo atrás. Un nombre que en letras de oro figura con todo honor en la historia de la canción popular española.

A continuación