La discreta vida amorosa de Gabino Diego, padre de una hija veinteañera

Soltero a sus 51 años, tuvo una hija con una novia catalana seis años menor que él.

Manuel Román

A pesar de su aspecto juvenil, incluso con rostro y aire adolescente, Gabino Diego cuenta ya cincuenta y un años y es padre soltero de Sara, que tiene 21, fruto de las relaciones del actor madrileño con la catalana Rosa Boladeras, seis años más joven que él. Se conocieron en el reparto de un espectáculo musical, congeniaron y vivieron un tiempo entre Madrid y Tarrasa, la ciudad donde ella nació en 1972. Una actriz de mediana estatura, rubia, conocida por sus frecuentes apariciones en la televisión catalana y en funciones teatrales. Pero su convivencia se fue al traste y Gabino, que es muy celoso de su intimidad, llevó casi en secreto sus relaciones con otra joven llamada Ana, en tanto "la Boladeras" encontró otro amor, con quien hoy tiene tres hijos. Gabino no suele hablar de sus conquistas. Ya se sabe que si quieres adentrarte en su vida privada te remite a su manera a ese programa de las tardes en Telecinco: Pasapalabra.

Lo conocí de modo casual y divertido. Fue en el Casino de Madrid, en la Gran Vía, una tarde de 1982, el primer día de rodaje de Las bicicletas son para el verano. Anecdóticamente, se filmaba lo que iba a ser el final de la película, porque en el cine las cosas funcionan así, que parece al revés. En un par de salones había sacos de arena, milicianos por todas partes y toda la parafernalia que recordase la contienda civil. Hablaba yo con no sé qué actor cuando de pronto asomó las narices un chico rubiasco, con la boca abierta, haciendo muecas, estuvo unos minutos escuchándonos y se marchó prácticamente sin decirnos nada. Tamaña intromisión, la verdad, nos hizo gracia. Era Gabino Diego, al que el director Jaime Chávarri había dicho que lo contrataran tras descubrirlo en un instituto. Buscaba un chaval desgarbado que pudiera personificar al protagonista de la historia, que no era otro que Fernando Fernán-Gómez, autor de la novela en la que se basaba el argumento de Las bicletas son para el verano.

Este chico era hijo de un matrimonio de cubanos que tuvieron que dejar sus negocios en La Habana tras la llegada de Fidel Castro; se instalaron en Madrid donde Gabino nació no el 18 de septiembre de 1966, como figura en enciclopedias y textos periodísticos, sino que ha confesado que el error se debe a que su progenitor lo inscribió ocho días después. Conservó la nacionalidad cubana once años hasta adoptar también la española, naturalmente. Y en el colegio ya despertó su afición a imitar a sus profesores y compañeros. También se aficionó a cantar y con doce años, acompañándose a la guitarra, recreaba a su manera canciones de Elvis Presley a las puertas de El Corte Inglés, en plena calle de Preciados, o en los pasillos del Metro de Sol y Ópera. Dejaba su gorra en el suelo e iba sacándose un dinerito. A veces era su propia madre quien le arrojaba algunas monedas. Eso lo había aprendido el tiempo que pasó en Londres, donde vivió una temporada porque a su padre le salió allí un trabajo. Ya con dieciséis años es cuando debutó en el cine. Pero como tuvo malas críticas y no volvieron a llamarlo se marchó a Australia, donde tuvo que vivir como camarero. Hasta que un día lo reclamaron, de parte de Fernán-Gómez, que lo llamaba "El Zangolotino", para El viaje a ninguna parte. A partir de entonces, Gabino Diego ya se enroló en el mundo del cine, mostrando una personalidad propia.

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Unos jovencísimos Jorge Sanz y Gabino Diego en 1990

Su carrera se disparó en unos años, finales de los 80 y los 90. Hasta hoy. Hagamos constar de su filmografía sus hitos más celebrados: el personaje del mudo Gustavete, papel bombón que bordaría en 1990, proporcionándole un Goya; un año después, fue un acertado Felipe IV en El rey pasmado, con caracterización y parecido razonables, al punto que cuando don Juan Carlos de Borbón recibió al equipo de la película, le dijo a nuestro actor que parecía de la familia; y en Los peores años de nuestra vida le hizo recordar en una secuencia aquel lejano tiempo de cantante callejero. Completemos esa biografía fundamental con los títulos de Two much, Belle époque, La hora de los valientes, parte de la serie de la saga Torrente… Ya no era el patoso de sus inicios y, aunque limitado por su físico y su condición de actor genérico o característico, reconozcamos que es un actor diferente a cuantos hoy se dedican en España a esta profesión. "Lo que hace este chico no es fácil. Hacer de tonto lo es, pero de semitonto, que es lo suyo, no". La frase se la dedicó Tony Leblanc. Como un regalo recibió la noticia de que en Socovos, un pueblo de la sierra albacetense donde rodó Amanece que no es poco, le habían dedicado una calle con su nombre.

Suele decir Gabino Diego que es un tipo afortunado. Ha tenido entre sus brazos a las más guapas del cine español: Penélope Cruz, Ariadna Gil, Maribel Verdú, Amaia Salamanca… Nada que ver cuando en su primera juventud las chicas le daban calabazas. Por "feo", por el aire de tontaina que le acompañaba. Y cuando obtuvo merecidamente la popularidad como actor resulta que llegó una chica y… "por poco me viola, la muy loca".

Posee una comicidad natural; gracia para hacer monólogos, de ahí sus espectáculos teatrales como Una noche con Gabino. Reparte chistes de su autoría, como éste que cuenta a propósito de que le gusta beber vino: "Cuando Dios llamó a Gabino lo que dijo fue "¡Venga… vino!". O éste otro: "Si fuera catalán me llamaría Gavioto".

En temporadas de soledad, sabe adaptarse sin ninguna chica al lado, acompañándose de sus perros, con los que da largos paseos para estar en plena forma física. Tanto ama a los canes, que se ocupa da hacer campañas, como Ricardo Darín, en pro de los animales abandonados. Practica yoga. Antes de cada función se toma un plátano y una manzana. Que es lo que hace ahora en plena temporada teatral madrileña, cuando representa la función El intercambio. Una comedia en la que entre otras cosas se suceden las alternancias de parejas. Algo que jamás haría en su vida Gabino Diego, que defiende la fidelidad. Aunque siga siendo muy cauto y no nos diga si ahora hay o no una mujer en su vida. Seguro que sí, pero se calla como cuando era mudo en ¡Ay, Carmela!.

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