Luces y sombras en la vida de Lina Morgan, que cumpliría 80 años

Este lunes 20 de marzo Lina Morgan hubiera cumplido 80 años. Una cruel enfermedad se la llevó a la tumba el 19 de agosto de 2015.

Manuel Román

Nació María de los Ángeles López Segovia en un castizo barrio madrileño, aledaño a las típicas Vistillas el 20 de marzo de 1937. Quien luego adoptó para el mundo artístico el sobrenombre de Lina Morgan festejaría ahora su ochenta cumpleaños. Una cruel enfermedad, se la llevó a la tumba el 19 de agosto de 2015. Querida, admirada en toda España, podría asegurarse que fue uno de los personajes más populares de la vida española, entre la década de los 60 hasta el final de sus días. Un mito cercano al pueblo, que la adoraba. ¿En virtud de qué? Obviamente de su manera de actuar, de sus espectáculos, mezcla de sainetes y algo de vodeviles, con argumentos de finales previsibles que en su caso recurrían siempre más o menos a lo mismo: aparición en escena de la tonta, la ingenua, la paleta, la cenicienta que al final de esas revistas teatrales triunfaba por su bondad, desenmascaraba si venía a cuento al villano o la mala de la función y además se iba con el galán que al principio no le hacía maldito caso por su aparente fealdad. A ello contribuía la actriz con un sello infalible, marca de la casa: patizamba, que cruzaba las piernas en un divertido juego y multiplicaba los gestos, con los ojos que parecían salirse de sus órbitas haciéndole chiribitas y una sonrisa tontorrona de oreja a oreja. Se peinaba con coletas más de una vez.

Todo ello no era nuevo, porque ya Pilar Millán Astray en los años 40 había estrenado su enternecedora comedia La Tonta del Bote. Pero es que, mucho antes, Carlos Arniches llevó al escenario La chica del gato, ambos títulos con parecidos mimbres. ¿Quiero esto decir que no hemos de reconocerle su vis cómica? Todo lo contrario. Creó un personaje, como Charles Chaplin el suyo (exagerado fue que Emilio Romero la comparara con Charlot); como a su vez lo habían hecho, ¡qué sé yo!, Buster Keaton, Jerry Lewis, Cantinflas… Y llegó a triunfar en el género a base de su gracia personal, su picardía, su complicidad con públicos sencillos. que iban a verla sin importarles que cada función tuviera semejantes argumentos. Tomás Zorí, veterano cómico, que la conoció en sus comienzos, me contaba cómo se las componía para "robarle" protagonismo, colocándose inadecuadamente delante de él para que el respetable se fijara en ella. Ése y otros recursos los fue utilizando para sobresalir, dejar de ser chica de conjunto y alcanzar la figura de estrella. Eso se lo proporcionó el avezado productor Matías Colsada, el más sagaz empresario de revistas, quien la convirtió efectivamente en "supervedette" cómica, empezando por cambiarle el nombre. De acuerdo con el hermano de ella, José Luis, sería Lina (apócope de Angelina) y lo de Morgan recordando un banco americano. Ambos se juramentaron triunfar por todo lo alto, hasta comprarle a Colsada uno de sus feudos más queridos, el teatro de La Latina. Sólo a trescientos metros de él estaba la modesta casa, en la calle de Don Pedro, donde habían vivido estrechamente los López Segovia, con el pobre sueldo que ganaba el padre, don Emilio, oficial de sastrería. La cifra se ha podido alterar en su día, pero creemos que lo que pagaron Lina y José Luis por aquel soñado teatro fue la de ciento dieciocho millones de pesetas, a finales de los años 70. A partir de ahí, puede decirse que Lina Morgan llegó a la cumbre. Y hasta su definitiva retirada de los escenarios en la década de los 90 y de la televisión en los primeros años del nuevo siglo. Repetir aquí títulos de películas, revistas musicales o series en la pequeña pantalla nos parece ya ocioso y repetitivo, por conocido. Sí evocaremos de nuevo su personalidad fuera de su condición profesional.

Hasta muy avanzados los años 60 y comienzos de la nueva década sobre Lina Morgan publicaban poco o nada las revistas del corazón. Interesaba poco su nombre en ese sentido. Su primer novio cuando siendo quinceañera iba con Los Chavalillos de España fue el entonces bailarín y cantante Manolo Zarzo (luego un magnífico actor), pero ese romance sólo se conocería hasta hace unos años. Su siguiente capítulo amoroso lo vivió con José Luis, hijo de una próspera familia, dueña de una cadena de electrodomésticos, con elegante tienda en la Gran Vía madrileña. Familia que rompió aquella relación porque…" ¿cómo una corista pretende casarse con nuestro hijo, sin ser de nuestra clase?". Aquel rechazo le llegó al alma a la entonces sólo llamada Angelines López Segovia, y acaso marcó en adelante otros noviazgos. Por ejemplo, con el hijo de uno de los más grandes tenores catalanes de los años 30, de nombre Emilio. Que quiso compartir su vida con ella, abandonando a su esposa. La siguió a todas partes, pero Lina se desilusionó al haberse enamorado otra vez… de quien no debía: un hombre casado.

Bien calló sus posteriores relaciones con un jugador rojiblanco, internacional por más señas sin que reportero alguno los descubriera. Un hombre tímido, introvertido que en el campo se transformaba por su desenfado y su capacidad goleadora. Lina Morgan albergaba la ilusión de ser madre y con aquel deportista creyó iba a conseguirlo. Él le daba largas cuando ella le hablaba de casarse. La situación llegó al límite en el que el as –nunca mejor dicho- puso las cartas sobre la mesa, pues ya no tenía otra opción: iba a contraer matrimonio con otra. Un nuevo jarro de agua fría cayó de nuevo sobre aquella mujer menuda, obligada a hacer reir a la gente, tarde y noche, cuando por dentro llevaba la pena de su desazón sentimental. La mancha de mora, con otra verde se quita. Y eso creyó ella al intimar con un empresario taurino, perteneciente a un conocido linaje norteño de ganaderos y empresarios. De nombre compuesto, cabellos algo cenicientos, alto, apuesto y robusto, que apoderaba entre otros a Paco Camino, se convirtió en el nuevo príncipe azul de Lina Morgan. Era finales de los 60 y a ella se la veía a menudo en barrera de varios cosos taurinos. Pero, ¡maldita sea!, aquel empresario también tenía esposa e hijos. Otra decepción que sumar a su álbum íntimo. Y entonces rompió por lo sano y no quiso saber más de ningún hombre. Sólo aparecía en público junto a su hermano José Luis, al que más de un despistado reportero tomó por su nuevo novio.

El corazón de Lina Morgan seguía desocupado. Un mañico apellidado Martín "le tiró los tejos", pero ella le hizo caso omiso, aunque él insistiera colmándola de costosos obsequios. Tan terco se puso que su patrimonio se vio seriamente amenazado, quedándose en Zaragoza sin haberla podido conquistar. El último amor que llamó a su puerta era un conocido productor cinematográfico llamado Julián Esteban. Durante la década de los 70 él y su socio, Luis Méndez tuvieron contratada a Lina Morgan, que protagonizó siete largometrajes para su productora, Lotus Films. Y del trato profesional, la estrella y Julián pasaron al íntimo. Algunos periodistas trataron de conseguir declaraciones de la pareja, sin resultado. Y fotos, imposible. Los descubrí de madrugada en una sala de fiestas; el compañero gráfico que venía conmigo quiso captarlos juntos, como estaban, en actitud cariñosa. Y al advertir su presencia, él vino hacia mí y me pidió, por favor, que no publicara nada de ese encuentro. "Está mi matrimonio en juego", me susurró. La ocasión volvió a repetirse durante un almuerzo, al cabo de unos meses. Y de nuevo: "Te agradeceré que no nos cites ." Le complací. Me consta que él estuvo a punto de separarse, e irse a vivir con ella. Pero Lina Morgan no quiso al final dar ese paso, por mucho que Julián insistiera, le regalara valiosos objetos y hasta un automóvil último modelo.

Se volvió cada vez más arisca con los reporteros. Y también más alejada de sus amigos. Cuando murió Julián Esteban ella no quiso acudir a su entierro. Y dejó escapar ese último tranvía de su vida. Pasados los años, sin nombrarlo, dejó caer que había sido su verdadero gran amor. No se atrevió a abandonar su dorada soltería. Continuaba poco a poco más sola, ya fallecidos sus hermanos José Luis y Julia, únicos familiares directos que le quedaban.

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Imagen de su capilla ardiente | Efe

Una vida que se apagó el 19 de agosto de 2015 en su casa de Samaria, 12, frente al Retiro madrileño después de una larga estancia en la UCI del Hospital Beata María Ana y una más breve en la residencia Los Nogales. Fue incinerada en el crematorio de la Paz. No se tiene la certeza, por extraño y misterioso que parezca, si sus restos estaban dentro del féretro, o sus cenizas, que estuvo expuesto muchas horas en el centro del escenario del teatro La Latina, por el que desfilaron miles de personas para despedirse de la admirada actriz, En octubre de 2013 parece fue la vez que redactó su último testamento, modificando los anteriores, donde dejaba a Daniel Pontes, su asistente, como su heredero universal, al que le correspondían el depósito en las cuentas corrientes de la actriz, acciones bancarias, la propiedad de varios inmuebles, una colección de caros abrigos de piel y multitud de valiosas joyas. Ahora bien: la mitad de su herencia era para su chófer durante cuarenta años Abelardo González, que debería cobrarla en metálico. ¿A cuánto podía ascender esa herencia? Se ha especulado con la cifra de cuarenta millones de euros como tope máximo y un mínimo de diez. La diferencia es grande, desde luego. Pero es que ninguno de los beneficiados ha querido hablar al respecto. Simplemente adujeron que Lina Morgan murió en paz y que ellos dos la habían cuidado día y noche durante mucho tiempo.

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