Ni con Wert ni sin Wert

Santiago Navajas

Maribel Verdú tiene poca paciencia. Si a la media hora no le gusta una película, se va del cine. Por ejemplo, se largó de Antes del anochecer. Con los libros también es exigente y a las 50 páginas, si no le atrapa la historia, adiós. Pues si no pudo con Antes del anochecer, imaginen con En busca del tiempo perdido o Moby Dick… También podemos deducir que, de acuerdo a su exquisito paladar cinematográfico, la Verdú no ha visto ninguna de las películas nominadas para los Goya 2014, empezando por el bodrio que interpreta, 15 años y un día, un melodrama dirigido por Gracia Querejeta y en el que protagoniza la peor secuencia del cine español de la pasada temporada, largando un sermón lloriqueante en un hospital.

El criterio Verdú, efectivamente, sería mortal para el cine español, posiblemente uno de los más aburridos, vulgares, mediocres, histriónicos y faltos de ideas y variantes formales del panorama internacional. Y no es que lo diga yo. La ya citada 15 años y un día fue la seleccionada por la academia del cine español para competir en los Óscar. Dado que los motivos cinematográficos eran inexistentes, podemos suponer que su selección se debió a esa endogamia que es una de las lacras de los más diversos gremios en España, en la que el amiguismo prima sobre el mérito. Por supuesto, no fue seleccionada por la academia de Hollywood.

Pero tampoco ha habido ninguna película española seleccionada para el cine de calidad de los grandes festivales europeos. Ni Berlín, ni Venecia ni Cannes seleccionaron película española alguna. Tampoco hay entre las nominadas a los premios Bafta, Donatello y César (bueno, sí, Blancanieves, del 2012). Puede ser, claro, que exista una conspiración universal contra el cine español. O puede que las películas españolas en general sean aburridas, vulgares... (v. supra). Y los españoles que triunfan en algunos de los alternativos, como El quinto evangelio de Kaspar Hauser, de Alberto Gracia, en Rotterdam, o Historia de mi muerte, de Albert Serra, en Locarno, están, por supuesto, desaparecidos en la competición para los Goya. En España hay talento cinematográfico, pero no lo busquen en la tan rimbombante como vacía Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, que, dado el tono político y la calaña (in)moral de los discursos habituales de los premiados, podría ser conocida, al igual que la Selección, como la Roja.

Si hay algo que caracteriza esta entrega peliculera del cine español es que parecen vídeos grabados por alumnos de instituto. Incluso Pedro Almodóvar ha vuelto, con Los amantes pasajeros, a sus orígenes chapuceros, cutres y cavernícolas: en su momento tenía la gracia del principiante ignorante pero atrevido y con estilo; ahora… Sin el estilo de Almodóvar y un taquillazo a lo Santiago Segura o Juan Antonio Bayona, el panorama del cine de la Roja es desolador. Es tal la diferencia entre el cine español y el cine de nuestro entorno que no hay más que comparar las nominadas a mejor película española (15 años y un día, Caníbal, La gran familia española, La herida, Vivir es fácil con los ojos cerrados) con las nominadas en la misma gala a mejor película europea (Amour, La gran belleza, La vida de Adéle, La caza). No hay más preguntas, señoría. Por cierto, hay otro premio a la mejor película iberoamericana, pero discriminan a las norteamericanas, asiáticas y africanas. Vete tú a saber la razón...

A pesar de este Bachillerato style, hay películas en España que se han rodado sin complejo de inferioridad y sin presupuesto, con muchas ganas y más ideas. Así, Gente en sitios, de Juan Cavestany. También es muy atractiva A puerta fría, un claustrofóbico retrato de un comercial en horas bajas cuyo guión podría haber firmado David Mamet. Y luego está la más atractiva visualmente, empezando por su lujoso cartel, Caníbal, un thriller sutil, terso y morboso firmado por Manuel Martín Cuenca. Sólo esta última estaba en alguna de las nominaciones importantes.

Dijo el presidente de la Roja, González Macho, que reclaman una bajada del IVA cultural. Y es que la izquierda está a favor de la bajada de impuestos siempre y cuando sea ella la única que se beneficie. Así, la marea blanca que ha desbaratado tras un golpe judicial la privatización de la sanidad madrileña se convierte en tsunami de aplausos durante la gala para Ignacio González porque pide que se baje el IVA al cine. Porque, claro, la sanidad pública es un derecho inalienable según los cineastas, pero que no se pague con su dinero, sino con el de los demás… Por otra parte, la debacle intelectual del presidente de la Academia llegó a su apogeo cuando se quejó del pirateo: ¿quién en sus cabales querría ver una película española, al menos el típico y tópico cine rancio que patrocina y apadrina González Macho? Por el contrario, el mejor, más auténtico y combativo cine español se exhibe online incluso de forma gratuita, como es el caso de Alegrías de Cádiz, de Gonzalo García Pelayo. Porque hay un cine español que sí merece la pena, como el que citaba antes, y que triunfa en festivales internacionales; pero tiene su peor enemigo en la casta de los incompetentes, reaccionarios y atrapasubvenciones que controla como una mafia la producción y la distribución en España.

En este sentido, tuvo razón Javier Bardem al aprovechar torticeramente la entrega del premio a la mejor actriz para sermonear –hipócritamente, como es su costumbre– que el pueblo español está por encima de políticos como Wert. El caso es que también está el público español por encima de actores como él mismo, un tipo sectario y ruin que ejemplifica como pocos el laberinto de miseria sin salida en que se ha convertido el cine español comercial. Ni con Wert ni sin Wert (que se convirtió en la gran estrella de la gala, frente a los estrellados cineastas) tienen remedio los males del cine español.

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