El penúltimo raulista vivo

Zizou, gran corazón, enorme cabeza

Fue José de San Martín quien dijo que una derrota peleada valía más que una victoria casual. La derrota de Alemania en su propio Mundial, una derrota notablemente peleada ante Italia, a la postre selección campeona del torneo, es fiel reflejo de que la afirmación del militar y político argentino tenía mucho sentido. La victoria del equipo entrenado por Lippi no fue, al menos en ese partido, en absoluto casual. Fue una victoria tan peleada como la derrota de su rival, y el público que acudió a Dortmund, consciente de que había asistido al mejor partido de todo el campeonato, así supo premiárselo a los perdedores. Alemania cayó con tanta dignidad, lo hizo luchando tanto y jugando tan bien al fútbol que, de repente, se produjo una imparable ola de nacionalismo germánico, un arreón final del que, curiosamente, Jürgen Klinsmann, cuestionado por todos antes del 9 de julio, ha sido el principal beneficiario.

En el caso del bailarín Zidane, elegido con justicia por la FIFA como el mejor jugador del campeonato, todo iba razonablemente bien hasta que Marco Materazzi, o por mejor decir la lengua viperina de Marco Materazzi, se interpuso en el expedito camino del genial francés cuando discurría el minuto 110 de partido. A Zizou, que de ángel custodio había pasado a convertirse en demonio y luego de nuevo en ángel de la guarda gracias a su celestial actuación contra España, Brasil y Portugal, se le cruzaron los cables, arremetiendo cual toro de Vitorino contra el susodicho italiano que, como buen italiano que es, cayó al sueldo desmayado, deshinchado, desplomado en suma. El "chivato" fue el árbitro español Medina Cantalejo, pero Medina, que acertó, no pasará a la historia del fútbol y Zidane sí lo hará.

Francia, al igual que Alemania, perdió peleando. Cualquier observador objetivo diría que el equipo de Doménech jugó incluso mejor que el de Lippi. Pero Materazzi, que, al igual que Cantalejo, tampoco pasará a la historia del fútbol, llamó prostituta a la hermana de Zidane y éste cayó ingenuamente en la trampa tendida por el italiano. El presidente de la República en persona le ha llamado hoy para animarle y decirle que Francia le quiere por su gran corazón. Y yo añado que también por su gran cabeza.
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