El penúltimo raulista vivo

Vuelve Alonso y, de repente, la Fórmula Uno recobra un color especial

Próximo a cumplir los 39 años, la misma edad con la que el británico Nigel Mansell consiguiera su único Mundial de la Fórmula Uno, Fernando Alonso ha deshojado hoy una margarita a la que ya le iban quedando pocos pétalos y, los pocos que le quedaban, llevaban todos grabado el nombre de Renault, la escudería con la que el español ganó sus dos Mundiales. El Mundial de resistencia está bien, las 24 horas de Le Mans son prestigiosísimas, las de Daytona son muy reconocidas por los buenos aficionados, las 500 millas de Indianápolis son muy divertidas y el Rally Dakar resulta apasionante, muy entretenido, pero Fernando siempre ha sabido que los pilotos que corren en Le Mans, en Indianápolis, en Daytona o el Dakar lo hacen en realidad porque no pueden hacerlo en la Fórmula Uno. La Fórmula Uno es al automovilismo lo que Wimbledon al tenis o el Open Británico al golf, el Monte Parnaso, la patria simbólica de los artistas, un lugar de culto en el que, de haber podido, habría corrido el mismísimo Apolo. Aún tras renunciar voluntariamente a seguir empadronado en el circo, de cuyo sistema competitivo renegó, Fernando siempre se supo perteneciente a él, uno de sus miembros más selectos, de modo que al anunciar hoy que ya está aquí otra vez se puede decir que se ha confirmado el regreso del hijo pródigo.

La catarata de reacciones ha sido similar a la que se produciría si, llegado el hipotético caso, Rafa Nadal anunciara su retirada para regresar un par de años después. El terremoto, que ha sido mitigado por las filtraciones de la víspera, ha alcanzado pese a todo el grado 10 en la escala de Richter. Porque Fernando Alonso no es un deportista normal, no es un piloto de élite convencional sino que posee una personalidad magnética y arrolladora, una de esas que hacen que todo gire a su alrededor convirtiéndolo en el epicentro. De repente, la Fórmula Uno se regenera, cobra más vida, recupera su color habitual, nos da a todos (también a los que somos profanos en la materia) otro motivo más de felicidad. Y, por si todo ello fuera poco, los nacidos en España que queremos a nuestra nación (porque también hay quien la desprecia, y en el deporte más de uno y más de dos) tenemos la firme convicción de que no vuelve a ser portada un equidistante, uno de esos que tanto se prodigan últimamente y que ponen una vela a Dios y otras dos al diablo por si gana, sino que lo hace un asturiano de Oviedo orgulloso de ser español. Y eso, ahora mismo, hoy por hoy, es un valor añadido.

Fernando Alonso vuelve al Mundial con el cubo de Rubik desordenado y el color azul de Renault muy abajo. Parece que 2021 será para él un año de calentamiento y que tiene la vista en el año 22. Alonso vuelve porque es difícil, si fuera sencillo probablemente no lo haría. Y, dicen los que le conocen bien, vuelve porque necesita competir... contra Fernando Alonso. Necesita demostrarse a sí mismo que puede volver a ganar y, en un deporte tan estresante como el automovilismo, que puede volver a hacerlo al máximo nivel, contra los mejores y cuando está más cerca de cumplir los 40 que los 35. También vuelve porque la Fórmula Uno se está rehabilitando, se está humanizado y es probable que en un futuro inmediato el piloto recobre su protagonismo perdido. Hoy la Fórmula Uno es más española que ayer y a la presencia de Carlos Sainz se suma ahora la de Alonso. Fernando es nuestro Judá Ben-Hur y Lewis Hamilton es su Messala. Sin pretender, por supuesto, que el británico acabe como el romano, sí soñamos (o al menos lo sueño yo) con el día que el campeón español le demuestre al inglés sobre el asfalto que aquí los niños no crecen aprendiendo a torturar sino a amar la luz del sol y a disfrutar de la vida en un país fantástico al que, por cierto, continúan viajando muchos compatriotas suyos. Regresa Alonso, retorna el hijo pródigo, vuelve a escalar el artista al monte Parnaso, su casa y, desde hace unas horas y aunque sea como okupas, también un poco la nuestra, la de todos. Felicidades.

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