El penúltimo raulista vivo

Verle la carita a Cristiano

El otro día oí que Ary Barroso, el compositor de la famosísima Aquarela do Brasil, que pasa por ser algo así como el himno nacional extraoficial del país, empezó trabajando como locutor deportivo. Eran otros tiempos desde luego, la radio no tenía los medios que tiene ahora y, cuando transmitía los partidos, Barroso acompañaba los goles con un sonido de armónica. Como eran fan declarado de Flamengo, el sonido de la armónica duraba mucho más tiempo cuando marcaba su equipo que cuando lo hacían el Botafogo, el Santos o el Cruzeiro. Dicen que en una ocasión el Flamengo iba perdiendo por 6-0 y Barroso estaba ese día en la cabina narrando el partido; faltarían cuatro o cinco minutos para el final cuando de repente apareció un caballero en las taquillas y pidió que le vendieran una entrada. "No sé si sabe usted que el partido está a punto de acabar", le dijo el taquillero, a lo que el aficionado respondió: "Lo sé, a mí no me interesa el partido, yo sólo quiero ver la cara que se le ha quedado a Ary Barroso".

Sirva esta pequeña anécdota para ilustrar el papel relevante que en todo esto del fútbol juega el "factor emocional". Nos gusta que nuestro equipo gane y juegue bien, pero también disfrutamos con el hecho de que el máximo rival de los nuestros haga el ridículo y se estrelle una y otra vez. Recuerdo el caso de un periodista deportivo cuyo nombre responde a las iniciales J.M.R. al que colapsaron de mensajes el teléfono móvil cuando el Barcelona le ganó al Madrid por 5-0. Como le sucedió a Ary Barroso, a mí también quería verme la carita a la mañana siguiente. En el fútbol no se hacen prisioneros, todo el mundo le pilla la matrícula a todo el mundo y, como la risa va por barrios, siempre hay algún recibo suelto que pagar. Puede que aquel aficionado fuera de Vasco da Gama o de Fluminense, y estoy convencido de que alguna vez le tocaría aguantar más tiempo del prudencial la armónica de Barroso. Aquel día pagó una entrada para vengarse.

A Cristiano, que es uno de los dos o tres mejores futbolistas del planeta y que pasa también por ser probablemente el número uno en lo que a la publicidad se refiere, le gritan muchas cosas por los estadios, le apuntan con el puñetero láser, le provocan dentro y fuera, le hacen la vida imposible y son jaleados aquellos defensas del equipo rival que, cual cazadores de un safari, se cobran sus tobillos o sus rodillas y los exhiben al final de la montería. En definitiva: la gente, que en el fondo tampoco ha cambiado demasiado, sigue queriendo sangre como en la época de Vero y Prisco. Parece ser que ahora se ha puesto de moda eso de gritarle "¡Messi, Messi, Messi!", tratando de hacerle ver al portugués que el argentino sigue estando un escaloncito por encima. La gente quiere verle la cara de sufrimiento a Ronaldo, pero éste pone dientes y, como me gustaría pensar que pasó también con Ary Barroso en aquella tarde del 6-0 de hace más de cincuenta años, él responde con eso tan famoso de "Brasil, meu Brasil Brasileiro"...

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