El penúltimo raulista vivo

Verbruggen: ¿el tonto nace o se hace?

El Comité Olímpico Internacional no podría estar más desprestigiado de lo que ya está, ni tampoco más alejado del sueño personal e intransferible que Pierre de Coubertain levantó en 1894. Cualquier coincidencia entre aquel ideario de paz, hermandad, unión y ausencia total y absoluta del ánimo de lucro y el actual movimiento olímpico es una simple casualidad. Sin duda que la idea del Barón era buena e idealista, y poseía un fondo evidente de nobleza pero, más de un siglo después, lo importante no es participar sino llenarse los bolsillos a manos llenas y el negocio, en muchas ocasiones ilícito, ha eliminado hasta el último vestigio del cristianismo muscular que tanto llamara la atención del fundador de los Juegos Olímpicos modernos. Los Juegos, tal y como demostró un documental de la BBC, se venden al mejor postor, y los casos de Slavkov, Takac, Smirnov, Kim Un Yong, Mahmood El Farnawani o Bob Hassan, pillados todos y cada uno de ellos con lo que aquí conocemos coloquialmente como el carrito del helado, ya no sorprenden a nadie ni llaman tampoco la atención. De hecho, en su día, la cadena de televisión británica decidió omitir la declaración de un miembro del COI en la que enumeraba, con nombres y apellidos, hasta treinta colegas suyos que recibían dinero a cambio de votar a una u otra candidatura.

Por eso, porque el COI no podría estar más desprestigiado de lo que ya está, las declaraciones de Hein Verbruggen, ni más ni menos que presidente de la Comisión de Coordinación, comparando las situaciones del Tíbet y del País Vasco, no pueden echarle más tierra encima a la imagen del máximo organismo olímpico. El 7 de julio de 2005, tan sólo dos semanas después de que la banda terrorista ETA colocara una bomba junto al estadio olímpico de La Peineta, un bon vivant de cuyo nombre prefiero no acordarme, miembro destacado del COI, tuvo la desfachatez de interrogar al presidente del Gobierno acerca de las medidas de seguridad en España. Lo correcto, desde mi punto de vista, habría sido levantarse y dejar con la palabra en la boca al heredero de Francisco el astuto, conocido así por asaltar, junto a su primo Rainiero, el Palacio del Príncipe de Mónaco disfrazado como un monje franciscano. Aquello habría sido lo correcto pero en su lugar el Gobierno se mostró estupefacto, que es exactamente como permanecen las vacas cuando ven pasar un tren.

Lo dicho por Verbruggen, mezclando al Tíbet con el País Vasco y con Guantánamo, dejará sin duda estupefacto a Jaime Lissavetzky. Si existe en el diccionario una palabra que defina a la perfección la gestión de nuestro secretario de lo que nos queda de Estado para lo que nos queda de Deporte esa es justamente la de estupefacción. Aún no se ha repuesto el estupefacto Lissavetzky de la paliza que le dio el otro día Angel Villar, que no es precisamente Albert Einstein, y ahora le llegan estas declaraciones del coordinador del COI. Por cierto que Verbruggen se hace la siguiente pregunta: "¿Debería el COI estar obligado a hablar, porque Madrid es candidata, de las pretensiones del País Vasco de ser independiente de España?". Y yo me hago otra: ¿el tonto nace o se hace? Porque si el tonto no naciera así, tonto, sino que se hiciera a base de mucho esfuerzo y dedicación, servidor albergaría pocas dudas acerca de que el castillo de Vidy fuera, de largo, el mejor centro de especialización mundial en la materia.
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