El penúltimo raulista vivo

Veo el Abierto de Estados Unidos y recuerdo por qué me gusta tanto Wimbledon

Si me gusta tanto Wimbledon es porque en el All England Lawn Tennis and Croquet Club (me gusta decir el nombre completo) se respetan las esencias de un deporte que se originó en Europa a finales del siglo XVIII y que, por lo tanto, tiene acreditados más de dos siglos de existencia. Eso, a lo de que que se respeten las esencias me refiero, es bueno y es malo. Es malo porque, desde fuera y debido a la vulgarización generalizada existente, Wimbledon puede difundir la falsa idea de ser un torneo marimandón y trasnochado, y también es bueno porque en el torneo de tenis más prestigioso del mundo jamás sucederá por ejemplo lo que desfafortunadamente ha ocurrido en la semana negra del Abierto de Estados Unidos. Por otro lado, Wimbledon archiva todas las quejas en el cubo de la papelera porque, como en Guerra Mundial Z, ha levantado un muro entre él y los zombies. Y me parece bien.

Del calor sofocante, que entre otras cosas eliminó al mejor jugador del torneo, Roger Federer, no diré nada puesto que el clima no es controlable, ni tampoco es nuevo que se pase mucho calor en Nueva York durante esta época del año. Los tenistas saben a lo que van, a sudar la gota gorda y, luego, a tratar de jugar al tenis en unas condiciones terribles. Pero durante esta semana hemos visto a los espectadores pasearse entre punto y punto con botes de Coca Cola y perritos calientes, lo que llevó a nuestra Carla Suárez a protestar en varias ocasiones sin demasiado éxito. En el tenis no es irrelevante la concentración del tenista, que es el artista, de ahí que se guarde un respetuoso silencio y que el ruido, el provocado adrede o aquel que es fruto de la simple mala educación o la incomprensión del espectáculo, sea tan mal visto.

Esta semana hemos visto cómo Serena Williams, que hace un año estaba luchando por su vida debido a un complicadísimo embarazo, ha embarrado su enorme prestigio al insultar al juez árbitro, y como éste, acusado de ser un ladrón por la tenista, le quitaba un punto. Y hemos visto a la adorable Naomi Osaka, a la que dan ganas de adoptar, llorando tras ganar a la (ahora) heorína local al ser abucheada por el público tras cometer dicha tropelía. Y, por último, hemos visto a los espectadores argentinos asistentes a la final entre Djokovic y Del Potro vitoreando al tandilense Juan Martín con menos respeto hacia su rival del que se tendría por Maradona en el campo de River Plate. Por todas estas cosas me gusta tanto Wimbledon y por eso Wimbledon sigue siendo el campeonato del mundo del tenis. Lo otro, una horterada.

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