El penúltimo raulista vivo

Una transfusión del gran Juan Gómez

El día posterior a la madrugada en la que el coche conducido por Manuel Angel Giménez, masajista del Mérida, se estrelló contra un camión portugués, produciendo en el acto la muerte de Juanito, que iba durmiendo en el asiento delantero, yo presentaba en la desaparecida Radio España un programa que se llamaba Match Parrado. Han pasado dieciséis años desde entonces y todavía recuerdo que empecé el programa sin creerme del todo que aquella noticia fuera cierta. No sé por qué, o sí lo sé y ahora pasaré a relatárselo, pero pensé que Juanito saldría indemne de aquel amasijo de tornillos y metal que aparecía volcado en la N-V, sano y salvo, cepillándose el traje como si nada. Sé por qué no daba crédito a la noticia que tenía que contar, y era por la sencilla razón de que, aunque bastante tiempo atrás, de chico yo tuve dos ídolos deportivos: uno, Juan Gómez, futbolista y torero, y otro Björn Borg, tenista y bloque de hielo.

No se me olvidará jamás el día que mi amigo Paulino me dijo un verano que en su piso de la Sierra se encontraba jugando al mus el gran Juanito. Ni olvidaré tampoco la noche en que, siendo yo todavía estudiante de Periodismo, le entrevisté en el hotel Monterreal, antiguo lugar de concentración del equipo, para la revista de una compañía eléctrica. Conservo una foto de aquella entrevista y, confuso todavía en cuanto a si era fan o informador, recuerdo también que, mientras yo preguntaba y él respondía, pensaba que Juanito estaba allí, hablando conmigo, como si yo fuera un periodista importante, como si yo fuera José María García, Juan Manuel Gozalo o Pedro Pablo Parrado. Desafortunadamente, Juan Gómez moriría aquel 2 de abril del 92, mientras regresaba a Mérida, equipo al que estaba entrenando, después de haber presenciado un partido entre su Madrid y el Torino. Sólo tenía 37 años y la gente empezaba a hablar de él como futuro entrenador del Real.

Probablemente Juanito fuera un bala perdida, no lo sé; lo que sí sé, porque le vi en acción innnumerables ocasiones, es que era un jugador genial, imprevisible, un futbolista de raza, un tipo único que, de no haber salido tantas y tantas veces por la puerta grande del estadio Santiago Bernabéu, lo habría hecho por la de Las Ventas. A Juan se le recuerda por su gesto en el pequeño Maracaná o por el pisotón que le pegó, y que luego pagaría con creces, al alemán Mattahus. Yo, sin embargo, le recuerdo por su velocidad y por sus goles, y por su sangre, esa que echamos hoy tantas veces en falta. Una transfusión de Juanito serviría para convertir a un equipo mediocre en un equipo campeón. Tanto tiempo después, a Juan continúan recordándole todos los domingos y coreando su nombre en uno de los estadio de fútbol más grandes del mundo, y no es porque muriera jóven sino porque supo vivir y contagiar vida a quienes le rodeaban. Hace dieciséis años que se fue y ya sé que no es una cifra redonda, ni falta que hace tampoco para recordar a uno de los mejores futbolistas españoles de los últimos cuarenta años.   
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