El penúltimo raulista vivo

Una pantera con aquellas gafitas redondas de Kirk Douglas

Me entero de que ha muerto Laurent Fignon, sin duda alguna el último gran ciclista francés de la historia. Lo ha hecho en París, la ciudad del Tour, su ciudad natal, a la edad de 50 años, demasiado jóven, víctima de un cáncer que él mismo reconoció tener hará ahora un año. Visto desde dentro de Francia, Fignon fue algo así como un héroe nacional, un campeonísimo que revolucionó la carrera por etapas más importante del mundo y que puso en cuarentena el dominio inquebrantable de Bernard Hinault. Visto desde fuera, Fignon fue un insoportable arrogante, un niño mal criado al que se le consentía todo porque había nacido con un don. Probablemente haya que unir las dos visiones, la del Fignon interno y la del externo, para acercarnos al retrato más exacto de este extraordinario ciclista con una clase dando pedales que agobiaba.

Yo creo que Fignon caía mal porque parecía que ganaba sin bajarse del autobús. Seguro que alguien habrá tenido a lo largo de su vida un compañero de clase al que se le quedaba todo grabado en la memoria con sólo leerlo un par de veces; ese estudiante era Fignon. Su forma de montar en bicicleta era sinfónica, redonda, estratosférica, sencillamente perfecta, esforzada y fácil a la vez, reposada y acelerada. Y si no hubiera sido por las lesiones y las sanciones, que le tuvieron apartado de la carretera bastante tiempo, estoy seguro de que habría ganado tantos Tours como Lance Armstrong. El primero lo ganó con 23 años, cuando únicamente llevaba uno como profesional, y el segundo, al año siguiente, con 24. Y eso con Hinault por allí dándole cera.

Todos, no sólo él, éramos jóvenes e inconscientes durante aquellos años. 50 años es una edad fatal para morirse. En su autobiografía, que levantó ampollas en el mundo del ciclismo, reconoció haber consumido de forma regular anfetaminas y cortisona siendo ahora inevitable que la gente relacione aquello con su mortal enfermedad. Indiscutiblemente acaba de irse uno de los más grandes, un ciclista irrepetible con un carácter innegociable, una pantera con las gafitas de Kirk Douglas en El día de los tramposos, el señor que a punto estuvo de echar abajo el Imperio Hinault. Es para mí un día triste porque nunca es agradable despedir a un hombre tan jóven y porque, a pesar de que no era mi ciclista preferido, sí me lo hizo pasar en grande. Descanse en paz.

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