El penúltimo raulista vivo

Un equipo que gana finales

Las finales no se juegan, las finales se ganan. Yo creo que Di Stéfano, el ganador por excelencia, un futbolista con una vena competitiva que a buen seguro acabará expuesta en algún museo como pasó con la garganta de Julián Gayarre, se refería a que nadie se acuerda del subcampeón. Él mismo, en una de sus etapas como entrenador del Real Madrid, fue cinco veces segundo en una misma temporada. ¿Alguien se acuerda de aquel equipo? Seguramente jugaría muy bien al fútbol, pero lo cierto y verdad es que acabó cinco veces por detrás del primero y eso, para qué nos vamos a engañar, resulta ciertamente humillante. Puede que en los telefilmes americanos no sea así, pero en la vida real sí lo es.

Quitémonos las caretas. Estoy convencido de que si hoy, ahora mismo, le preguntáramos a cualquiera de los futbolistas del Atlético de Madrid que jugaron aquella final de la Copa de Europa de 1974 si, conociendo lo que iba a pasar luego, no habrían preferido caer, por ejemplo, en semifinales, dirían rotundamente que sí. Públicamente afirmarán una y mil veces que no, que aquellos partidos contra el Bayern de Munich forman parte de su historia, que si patatín, que si patatán... Nada de nada. El Atlético fue segundo. Lo fue, por cierto, de una forma dramática y dolorosísima, la peor que puede haber. Han pasado treinta años y al pobre Miguel Reina seguimos atormentándole con aquel gol que Swarzenbeck le marcó desde Cuenca capital, y eso no hay ser humano que lo aguante. Que le pregunten a Schuster si, visto lo visto, él no habría preferido no pasar por Sevilla aquel infausto 6 de mayo del 86. El rejonazo que le metió el Steaua aquel día al barcelonismo está grabado a sangre y fuego. Y el fútbol no está hecho para sufrir sino para disfrutar.

La gente del Espanyol llevaba cuatro días diciendo que la Copa de la UEFA les debía algo. Mentira. En el 88, el Espanyol llegó a Alemania para jugar contra el Bayer Leverkusen con un 3-0 a favor obtenido quince días antes en el viejo Sarriá. Al descanso de aquel partido se llegó con empate a cero en el marcador, y en 45 minutos los alemanes igualaron la eliminatoria. El 3-0 lo marcó un tal Bum-Kun-Cha, que también tiene delito la cosa. Luego, en los penaltis, el equipo de Ribbeck se llevó la Copa. Han pasado casi veinte años desde entonces y aquella final continúa formando parte de la historia negra del espanyolismo. ¿Por qué? Muy sencillo, porque las finales no se juegan, las finales, como solía decir don Alfredo, se ganan.

Este Sevilla es un equipo que gana finales, un equipo que no deja que le deban nada y que si no pagas cuando es debido, te manda sin diplomacias a Javi Navarro con el recibito a casa. Hoy hablamos del partidazo de Riera, el oportunismo de Jonatas, la clase de Iván de la Peña, lo bueno que es Luis García y lo listo que sigue siendo Tamudo. Hablamos de eso y del fair play de todos, periquitos y sevillistas, a la conclusión de una final excepcional. Pero dentro de un año sólo hablaremos del Sevilla que ganaba finales. Porque este equipo las juega y las gana. Del Nido va presumiendo por ahí de que tiene pendientes otro par de recibos, uno de la Copa del Rey y otro perteneciente a la Liga, su última obsesión. Empiezo a creer que sea verdad lo que dice. Pueden estar satisfechos en Sevilla porque tienen un equipo que se cobra en el acto todo lo que le deben.

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