El penúltimo raulista vivo

Un diez para la afición española

Vaya por delante que, en mi modesta opinión, este Mundial lo ha ganado la afición española por goleada. Simplemente invadieron Alemania para ver, en vivo y en directo, a su equipo, a sus jugadores, a su seleccionador. El pago a tanto esfuerzo por parte de la Federación española fue, como ya relaté en su día, el desprecio más total y absoluto. Y supongo que debería funcionar justo al revés. Me explico: si algún equipo podría permitirse el lujo de pasar de su gente, ése tendría que ser Brasil, que lo ha ganado absolutamente todo. El argumento sería el siguiente: "¿Queréis que ganemos otro Mundial, queréis celebrar otro título? Pues dejadnos trabajar tranquilitos y no nos deis la monserga pidiéndonos autógrafos y fotos a cada instante". Pero son precisamente los jugadores brasileños, que tienen todos los títulos repes varias veces, quienes se preocupan más de sus seguidores. La Federación no quiso solucionar lo que pasó en Kamen, y la impresión que vuelvo a llevarme es que la afición rayó a un nivel muy alto y los jugadores a uno alucinantemente bajo.

Luis (que tendría que haber dimitido ya a estas horas) parece que no podrá quitarse jamás el sambenito de racista que le colgaron en su día tras el desafortunado incidente protagonizado con Reyes. Pero es que, no contentos con ello, parece que ahora quieren endilgárnoslo también al resto de compatriotas suyos. Raymond Domenech, ese hombre que desconoce que Cataluña es y seguirá siendo por siempre española, acusa a nuestra afición porque un grupo de tarados, estratégicamente instalados a la llegada del autobús galo al estadio de Hannover donde iba a disputarse el partido, se pusieron a imitar a los monos. Y Franz Beckenbauer (¡qué tremenda decepción!) calificó de antideportiva la actitud de la afición española por silbar a la "Marsellesa". Lo ideal, seguro, sería que, por ejemplo en el España-Francia del otro día, Raúl, Puyol, Cesc y Villa se hubieran puesto a cantar el himno francés, y luego, en justa compensación, Zidane, Thuram, Makelele y Barthez, se hubieran puesto a "lalear" o "tatear" el nuestro. Eso sería lo ideal. Y que no hubiera hambre en el mundo. Y que todos viviéramos como hermanos. Y que no hubiera guerras. Pero, ¿pedir perdón por silbar la "Marsellesa"? ¿A quién? ¿Y por qué? ¿Pidió públicamente perdón, por ejemplo, Angela Merkel cuando se liaron a mamporros los hooligans alemanes y polacos en Dortmund?

Vuelvo a explicarlo. El racismo es un problema. La violencia también. En un estadio de fútbol conviven muchas personas, altas y bajas, flacas y gordas, listas y tontas, amantes del fútbol y gente de relleno. Quienes el otro día, tras ver a Thuram, Vieira o Makelele, se pusieron a imitar a un mono, no es que no representen a España, no, es que no pueden representarse a sí mismos. Y sucede igual con aquellos aficionados alemanes que, en el año 1998, apalearon al policía francés Daniel Nivel, produciéndole un coma de seis semanas. Aquellos criminales no representaban a nadie, y mucho menos a la cordial, respetuosa y amable afición alemana. El sitio de aquellos que imitaron a los monos debería ser el zoológico, y el de esos que golpearon a Nivel la cárcel. Solucionemos antes eso y luego iremos con lo de los himnos. Pero que Domenech y Beckenbauer no quieran ver sólo la paja en el ojo ajeno.

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