El penúltimo raulista vivo

Un campeón ignorado

En cualquier otro país del mundo, Javier Castillejo sería una especie de héroe nacional, mientras que aquí, en España, un país que tuvo hace bien poco una arraigadísima tradición boxística, el lince de Parla tiene que ir mendigando por ahí unos cuantos minutos de radio o de televisión. Dicen que los boxeadores sólo responden "sí" o "no" a las preguntas que les hacemos los periodistas deportivos, pero eso no es porque sean tímidos o estén sonados sino porque el periodismo deportivo español, exceptuando honrosísimas excepciones, adolece de un profundo y tenaz analfabetismo funcional que le impide traspasar la barrera psicológica de preguntas tan "ingeniosas" como "¿De qué color será tu calzón?" o "¿Haces el amor antes de una pelea?". Me parece lógico y normal que un púgil profesional que lleva preparándose tres largos meses para un combate y que lo único que reclama es un poco de respeto hacia su trabajo, conteste, profundamente aburrido, "sí" o "no" indistintamente. Yo, probablemente, colgaría el teléfono o le mandaría a paseo.

Castillejo, que ha sido nada más que ocho veces campeón del mundo, es un boxeador clásico en el sentido más profundo de la palabra, en la mejor tradición, por ejemplo, de Kid Gavilán, obligado por la mafia a enfrentarse con Bobo Olson con una sola mano. El 19 de junio de 1958, Gavilán disputó su última pelea. Eduardo Arroyo cuenta que "al final del décimo round, el campeón cubano se desplomó en su rincón. Estaba desfigurado e intentaba preguntarle a Yamil Chade, su último manager, para quién era el resultado. No veía, no oía. El sufrimiento era inmenso y sólo sentía que los sesos se le movían dentro del cráneo". Pero Gavilán nunca pidió perdón por ser lo que fue, ni tampoco se avergonzó de ello. Boxeó con una mano, boxeó sabiendo de antemano que iba a perder, ganó, perdió, sufrió de lo lindo, pero siempre lo hizo todo con la cabeza bien alta. Es sólo uno de los mil casos que circulan por ahí. Si hubieran entrevistado hoy a Kid Gavilán, seguro que habría respondido "sí" o "no", dependiendo de lo aburrido que estuviera en ese momento.

Yo creo que Castillejo sabía perfectamente que vencer por segunda vez en su casa a Felix Sturm, un hombre once años más joven que él, era una misión imposible. Aún así Javi peleó con arrojo, dando la cara y sin esconderse. Era consciente de que cada asalto que pasaba con Sturm en pie, la pelea se ponía más difícil, pero nunca cejó en el empeño. Arriesgó, como lo hizo en su último combate contra Mariano Carrera, pero Sturm se limitó a dejar que corriera el reloj. Perdió con dignidad porque antes supo ganar dignamente. Francisco Javier Castillejo Rodríguez, apodado el lince de Parla, sería un héroe nacional en cualquier país del mundo, pero aquí, en el nuestro, se ha convertido, como él mismo asegura con mucho dolor, en el campeón ignorado.

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