El penúltimo raulista vivo

Treinta y ocho match balls

Hay mil ejemplos de que un entrenador de fútbol es capaz de transmitir el ardor guerrero a sus jugadores. De todos los que están en activo, probablemente Fabio Capello sea el más claro de esto que digo. Otra cosa no tendrán los equipos del italiano, y probablemente la ausencia de fútbol se prolongue más tiempo del que desearían los aficionados que pagan una entrada por ver un espectáculo, pero es innegable que sus jugadores forman en tortuga y se toman cada partido como si de la batalla de Alesia se tratara. El juego, como decía, es escaso, pero las visceras también tienen su clientela. Capello ganó de esa forma su segunda Liga con el Real Madrid, y hasta yo, que no soy devoto de Fabio, he de reconocer que goza de cierto prestigio entre la masa social merengue. Siempre que hay problemas, el demagogo de turno salta a la palestra para decir eso de "¡esto con Capello no pasaba!".

Sé que encontrar la combinación exacta puede llevarnos mucho tiempo, pero a una institución de la grandeza que tiene el Real Madrid hay que demandarle lo más difícil. El Madrid está en la obligación de jugar bien al fútbol y tener ese puntito de ambición y agresividad que poseen los equipos dirigidos por Capello. El historiador inglés Thomas Carlyle decía que el hombre ha nacido para luchar y que su vida no es sino una batalla desde el principio al fin; precisamente eso mismo le pasa al Madrid, un club que está permanentemente en el punto de mira de muchos y que, debido al nivel de exigencia que cabe pedirle, es raro que no se encuentre en el ojo de algún huracán. Y no resulta tampoco baladí el que desde Barcelona estén poniendo toda la carne en el asador a la hora de intentar desprestigiar a Cristiano Ronaldo contraponiendo su actitud diablesca con la del beato Lionel: de ahí que me guste tanto CR9.

A lo que iba: la jornada 20 de la Liga se me antoja esencial. Si el Barcelona gana en Gijón y el Madrid pierde o empata en La Coruña, la distancia entre ambos equipos se irá a los 7 u 8 puntos. Si, por el contrario, el Barcelona pierde o empata en El Molinón y luego el Madrid es capaz de romper un maleficio que dura casi veinte años, la distancia entre el primero y el segundo se rebajará a los 2 ó 3 puntos. Quiero decir con todo esto que a mí, a diferencia de don Manuel Pellegrini, que es un auténtico caballero, un verdadero gentleman y que habla siempre con muchísima educación y muy bajito y muy despacito, sí me parece que el de hoy es un match ball. Y voy más allá: independientemente de lo que ocurra este último sábado del mes de enero, yo creo que la actitud del entrenador de un Real Madrid que va por detrás de un Barcelona que ha acabado la primera vuelta de la Liga sin perder ni un partido (oiganme bien: ni uno) debe estar encaminada a  transmitirles a sus futbolistas que este club tiene en la Liga treinta y ocho match balls. A cambio, más autocomplacencia exenta del menor atisbo de crítica. Ojalá le salga al Madrid la jugada.
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