El penúltimo raulista vivo

Somos tan modernos y tan guays

El próximo 2 de octubre el Comité Olímpico Internacional decidirá qué ciudad organiza los Juegos Olímpicos del verano de 2016. Y yo, salvo que alguien me demuestre lo contrario e incluso demostrándomelo, sostengo que Madrid es la candidata ideal. Mucho mejor candidata que Chicago. Infinitamente mejor candidata que Tokio. Mil veces mejor candidata que Río de Janeiro. Habrá quien piense que yo digo esto porque soy español y nacido en Madrid; pues bien: quien piense eso está en lo cierto. Ya tendrán tiempo de ser objetivos los miembros del COI, si es que alguna vez lo fueron que lo dudo, pero yo no me puedo permitir ese lujo. Sé que Madrid es una candidata magnífica y que sus tres rivales no la superan en nada. Sé que Madrid está en condiciones de organizar maravillosamente esos Juegos. Sé que se lo merece y sé que, para apoyar a Chicago, ya está el inquilino del ala oeste de la Casa Blanca.

¿Se imaginan que el 1 de octubre, veinticuatro horas antes de que empezaran las votaciones decisivas, apareciesen el Rey, el alcalde de Madrid o alguno de los componentes más relevantes de la delegación española y dijeran que Chicago era la mejor candidata?... Es inimaginable, ¿verdad?... Y es inimaginable porque los españoles apoyarán a Madrid, los estadounidenses a Chicago, los japoneses a Tokio y los brasileños a Río. Lo contrario sería demasiado moderno. Aunque los españoles nos hemos convertido últimamente en los reyes de la modernidad mundial. Y ahí está, sin ir más lejos, el caso de Natalia Rodríguez. Uno pensaba, en su ingenuidad, que el jefe del equipo nacional español en los Mundiales de atletismo de Berlín estaba allí para defender los intereses de los atletas españoles, pero no. Somos tan modernos y tan guays que hemos ido allí a defender a los deportistas etíopes.

No dudo que el director general de la federación española de atletismo sepa un montón de lo suyo. Seguro que es el que más sabe. Una eminencia de los 1.500. Pero, ¿en qué cabeza humana cabe que salga diciendo que la decisión de arrebatarle la medalla de oro a la catalana es justa? ¿Alguien lo hace? ¿Alguien sale diciendo que es justo que le quiten algo a uno de los suyos?... Nadie. Para eso estamos los españoles. Pongamos por caso que Natalia empuja efectivamente a Gelete Burka. Si los jueces lo tienen tan claro, ¿a santo de qué viene que nosotros además les demos la razón? ¿En aras del espíritu olímpico que se ha cargado el COI?... Yo, que no soy un especialista, también he visto la carrera por delante, por detrás, por arriba, por abajo y a cámara lenta, y lo que veo es que Natalia es una locomotora muy superior al resto y que Burka le cierra el paso cuando ve que la va a superar. Y cuando Burka le cierra el paso, Natalia, por supuesto, empuja. Porque, aunque somos muy modernos, los españoles aún no podemos volatilizarnos en el aire berlinés.

Declaraciones tan desafortunadas como las del señor De Carlos han contribuido decisivamente a que ya circulen vídeos por la red en los que se compara a Natalia con un toro bravo que arrasa con los cuernos a todo aquel que osa ponerse por delante. Hubo una cornada, sí, pero se la dieron a ella. Y por el flanco más inesperado. Se la dio en concreto el mozo de espadas. En España somos tan modernos que cuando un ciclista nuestro gana el Tour de Francia y para celebrarlo le tocan el himno danés nos vamos tan felices a casa: ha sido un error sin importancia. Somos tan guays que cuando nuestro equipo de Copa Davis va a jugar la final en Australia y un trompetista aborda con pasión e interés inusitados la interpretación del himno de Riego, la historia nos suena a guasa. Somos un ejemplo para el mundo, los defensores de Etiopía, los embajadores de aquello que no huela a español. Animo, Natalia, tú eres la campeona del mundo. Aunque no hayan sabido defenderte.

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