El penúltimo raulista vivo

Sobre la entrevista de Cristiano en CNN

El cuento chino del "Messi, niño bueno; Cristiano, chico malo" ya no se lo traga en realidad nadie. Aún así, y como los Tattaglia no cejan en el empeño, me he obligado a mí mismo a ver completa la secuencia de la entrevista que Andrés Oppenheimer le hizo en CNN a Cristiano Ronaldo, la que provocó su famoso enfado. Lo primero que conviene decir, al objeto de ser lo más justo y preciso posible, es que Cristiano le concedió unos minutos de su tiempo al multipremiado periodista argentino al objeto de promocionar unos auriculares deportivos. Lo de Cristiano, pues, no era una entrevista en el sentido estricto del término sino un negocio, puro business, de modo que no es cierto que el futbolista del Madrid no hable en España y sí lo haga fuera de ella porque aquí, y cuando acude a alguno de estos actos promocionales, también abre la boca. Otra cosa distinta es que en su día, hace ya demasiado tiempo, tanto que ni me acuerdo, cuando empezó esta moda, los profesionales de la información no deberíamos haber pasado por el aro de que un deportista sólo nos prestara atención cuando se trata de presentar unas zapatillas, un reloj o unos calzoncillos, pero el caso es que lo hicimos, transigimos, pasamos por el trágala y ahora debemos conformarnos... o no tener a la estrella de turno.

Oppenheimer decidió tener a Cristiano para que hablara de sus auriculares deportivos y, aún así, comenzó preguntándole por el escándalo de corrupción de la FIFA. Si yo hubiera sido él, si yo hubiera ganado el Premio Pulitzer, no habría cedido: "¿Cristiano sólo quiere hablar de los auriculares?... Por ahí no paso. No hay entrevista". Pero puede que esa orgullosa (y probablemente también justa) decisión del periodista hubiera sentado muy mal a su empresa, la todopoderosa CNN, que habría perdido la ocasión de contar en sus estudios con la presencia del futbolista más mediático del planeta. El multipremiado dijo "sí" pero luego, en plena grabación, cambió el paso. Pese a todo, pese a que Cristiano iba a hablar de sus auriculares, el portugués respondió una, dos, tres, cuatro veces a las preguntas de Oppenheimer. Y como quedaba claro, también por sus gestos, que la respuesta de Cristiano no era más que una larguísima cambiada ("en el vestuario hablamos de mujeres, moda, peinados y joyas") aquello no satisfizo del todo al colega argentino que, entonces sí, fue francamente maleducado al decir que no le creía. ¿Es realmente posible que en un vestuario de fútbol profesional no hablaran del escándalo de corrupción de la FIFA?... Yo, sinceramente, pienso que no. Pero quedó meridianamente claro que Cristiano no quería responder a aquello, que no le interesaba, y la insistencia del entrevistador provocó su monumental enfado.

La sensación que queda es que el periodista es un gran profesional por haber enfadado tanto a Cristiano como para que éste se levantara con cajas destempladas, yo sin embargo creo que es todo lo contrario. Un buen periodista habría empezado preguntándole a Cristiano por los auriculares, tal y como estaba inicialmente pactado, y habría acabado arrancándole alguna declaración sobre la FIFA. Oppenheimer, que después del show la ha gozado convirtiéndose en protagonista, dice que es posible que Cristiano tuviera un mal día; yo pienso que el mal día lo tuvo él y eso acabó pagándolo la CNN, que no necesita ese tipo de publicidad. Tras el enjuage de la prensa deportiva española, siempre dispuesta a asesinar editorialmente al portugués sin que queden huellas, el colega argentino ha pasado de ser entrevistador a entrevistado, explicando algo que no interesa en absoluto al telespectador.

Han pasado tantos años desde aquello que ahora sí puedo hacer pública una anécdota personal. En el año 2001, el director de Deportes de la Cadena Cope, José Antonio Abellán, envió durante toda una semana a Argentina a un redactor con la misión de conseguir que Juan Román Riquelme, que aún no había fichado por el Barça, estuviera en el programa El Tirachinas. El lunes no fue posible, el martes tampoco, el miércoles pasó de largo, también el jueves y el viernes... y, justo cuando el periodista se volvía para España porque tenía billetes para regresar el domingo, Riquelme dijo sí... un sábado. Yo presentaba el programa los sábados y me tocó decidir si entrevistaba a Riquelme con sus condiciones (no hablar nada del Barça ni de aspectos personales) o no lo hacía; decidí que Cope no iba a tirar el dinero a la basura... y transigí. La entrevista fue mala porque el entrevistador estaba atado de pies y manos, y el subdirector del programa, Alfonso Azuara, fue muy crítico conmigo por no haberle preguntado a Riquelme por el Barcelona, que era sin duda lo mollar. Luego Azuara, que tenía fama de Victorino, manseó cuando fui a pedirle explicaciones, pero lo cierto es que yo, y para seguir con el argot taurino, quedé aquel sábado como Cagancho en Almagro. Hoy no volvería a hacerlo. Es más, no volví a hacerlo jamás. Pero el culpable de que aquel día Riquelme, que era más raro que un perro azul, no hablara del Barça no fue el jugador, fue el periodista, fui yo. Cristiano no tuvo un mal día, lo tuvo Oppenheimer. Y lo pagaron los telespectadores de CNN.

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