El penúltimo raulista vivo

Sobre la ausencia del Sevilla en la final de Copa

Acerca de la no comparecencia del Sevilla en la final de Copa del otro día en el estadio Metropolitano circulan por ahí muchos rumores: que si los futbolistas equivocaron el día del partido, que si quisieron tributarle un merecido homenaje a Andrés Iniesta, que si pensaban que era una eliminatoria a ida y vuelta... El caso es que el Sevilla no se presentó a la final y al Barça no le quedó otra que conquistar su cuarta Copa del Rey consecutiva, que se dice pronto. El caso es que sólo el Real Madrid, y cuando se toma en serio una competición que, dicho sea con todo el respeto del mundo, es menor en comparación con Liga y Champions, parece capaz de frenar al equipo azulgrana: cuando el Madrid llega a la final, y con el Barça, la gana, y ahí está la hemeroteca para quien quiera consultarla.

Pero volvamos al Sevilla. Hacía mucho tiempo que no veía unas imagenes como las que se produjeron en la estación de Santa Justa, a la llegada del equipo a la capital andaluza. Insultos, jugadores revolviéndose contra sus propios aficionados, el presidente, humillado, pidiendo perdón... También hacía mucho tiempo que no veía a un jugador, en este caso N'Zonzi, pillado in fraganti la noche posterior al 5-0 de juerga en un famoso local madrileño: la familia como excusa. Entiendo a los aficionados, aunque no justifique en absoluto que se insulte a nadie, porque, tal y como yo lo veo, no es el "qué" sino el "cómo". El Barcelona era claro favorito para alzarse con el título pero es que el Sevilla de Montella ni pudo ni quiso ni ninguna de las dos. Y si, a ese nivel o a cualquier otro, hay uno que no quiere competir... el desastre está asegurado.

A Montella, por cierto, le queda lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Si, como aseguró Pepe Castro después de la eliminación del United en la Champions, el italiano era su hombre, no puede ser que ahora haya dejado de serlo por un partido. Sin Monchi, ahora en la semifinalista Roma, el proyecto del Sevilla parece deshacerse como un azucarillo en un vaso de agua. El Sevilla, que viene de protagonizar una década prodigiosa, está ahora mismo en una complicada encrucijada y de lo que se trata en este momento es de ver en las brumas, como hace el Adambsberg de Fred Vargas. Descolgado en la Liga, fuera de la Champions y ridiculizado en la final de Copa, con el Betis jugando de dulce al fútbol y por encima en la clasificación, el club andaluz, del que hasta ayer decían sus responsables y aficionados que era el único que estaba vivo en todas las competiciones, tiene que decidir si "tira" otra temporada a la basura para apostarlo todo al asalto al trono de los más grandes o si se queda en su Europa League, la Copa del Rey de Europa. Difícil.

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